
ZAPATITOS
III
La algarabía de los niños
jugando durante el recreo en el patio de alguna
escuela, llegaba a mí desde
lejos.
Y yo podía imaginarme muy
bien lo que allí pasaba. Mejor dicho sentía en lo
más profundo de mi ser la
alegría y la inocencia de los niños, corriendo despreocupadamente, por el patio
de la escuela.
Ellos eran libres y podían
correr, saltar, bailar, jugar a la pelota. Ellos
podían hacer todo lo que yo
no podía. Y yo me transportaba hacia ellos. Es
decir, ellos lo hacían por
mí.
Estaba recluido esta vez en
la celda de castigo número 72, en la galería
del segundo piso, de la
cárcel más austral, de la última cárcel del mundo
en la ciudad de Punta
Arenas, "ciudad de leyenda como esporvoreada con
azúcal flol", la
definiría más tarde un conocido personaje de triste recuerdo.
Y esta era mi tercera vez.
Bonito prontuario. Una vez en Dawson y ésta, mi
segunda vez en la cárcel
pública. Era por tanto, reincidente y mi castigo iba
en aumento.
Ahora eran cinco días.
La razón? El paco Mell,
estaba de guardia y se había quedado dormido a eso
de las dos de la mañana, en
la garita que custodiaba a los políticos. Se
le escapó un tiro y ante el
escándolo, no le quedó otra cosa que decir:
"intento de fuga, mi
teniente!". Llegaron las patrullas corriendo para hacer un
allanamiento. Si parecía
película. Todos al patio central, tal como
estábamos, o sea medios en
pelotas, con las manos en la nuca y vueltos a la
muralla. El programa de
Radio Moscú, Escucha Chile, había terminado hacía mucho
rato, pero encontraron
varios ejemplares de "El Mercurio" que algún Cro., tenía
la costumbre de subrayar,
lo que a él le parecía que debía leerse.
Después de estar horas de
pié, medio en pelotas y acalambrados
por el frío en
el patio húmedo, fuimos
quedando algunos pocos para el final,
antes de
poder regresar a dormir.
Quedamos finalmente, yo, Mario G., Rubén M., hoy Obispo Mormón en EEUU y el
pelao Corte.
Como final de fiesta, el
Cdte. de guardia, un oficialillo más conocido como
"good night"
porque acostumbraba darnos las buenas noches en la lengua de
Christin Keller, nos mandó
hacer no sé cuántas flexiones. Antes de la orden activa,
el actual Obispo Mormón y
Mario G., estaban haciendo ya las flexiones para
el solaz del oficialillo de
marras. El pelao Corte ni yo, quisimos hacer las
flexiones. Consecuencia, al
chucho, o celda de castigo.
Mi celda era absolutamente
obscura, por supuesto y con una hediondez
insoportable. Más de 70
años de miseria humana acumulada. Media 3,5 por
2,5 pasos. Y esto lo sé muy
bien, porque lo medí miles de veces.
En la obscuridad, hay que
intentar mantener el ritmo de vida y dormir de
noche si es que te dejan,
pero nunca dormir de día, pues pierdes entonces
la noción del tiempo y ya
no sabes que día es y si es de noche o de día claro.
Y así, puedes volverte
psicótico.
Por eso había contado
tantas veces mis pasos en la obscuridad de mi celda,
mi pequeño mundo, mi propio
sistema aislado, en tanto que las ratas
estaban ocupadas en un
pedazo de pan duro que les había dejado. Un pequeño
truco, para no ser
incomodado por estos animales más fieles que los perros al
hombre porque lo han
acompañado desde siempre en su evolución.
Así caminaba casi todo el
día para poder dormir de noche, pero se necesita
fuerza y voluntad para
mantener el sistema. Por las noches me tiraban los
restos de un colchón que
también era un ejemplo de la miseria humana y los
pacos esperaban a que uno
pudiera dormir para entrar intempestivamente a la
celda e impedir el
descanso.
En una celda contigua
habían metido a "La Chela", un pobre homosexual acusado
de hurto por el patrón para
evitar pagarle su salario y su desahucio.
Y todas las noches llegaban
los pacos a abusar de la pobre Chela.
Y La Checa era personaje
conocido, en la cárcel: "señor Sandez, señor Sandez,
llamaba a uno de nuestros
compañeros que le escribía a máquina algunas cartas
para el Servicio de Seguro
Social.
Pero esta vez, me había
despertado la música mas hermosa del mundo. Yo
soñaba con un paisaje
maravilloso, con un riachuelo y con un pequeño
bosque. Era la alegría de
los niños que jugaban ajenos a la desgracia
humana. Era por tanto,
cerca de las 10:00 de la mañana.
Y yo me sentía transportado
al patio de mi escuela de barrio pobre, “Al
Templo del Saber”, dónde
aprendí la maravilla más grande de
todos los
tiempos, a leer y a
escribir. Y ahora estaba recluido en la última cárcel
del mundo, en la calle
Waldo Seguel 622, cumpliendo un nuevo castigo.
Sobre la puerta había
barrotes, y un pedazo de madera con hoyos para el
aire, donde la luz
mortecina del patio del penal se filtraba refractada y
donde yo creía ver las
estrellas en la pampa del desierto de Atacama de mi
Chile Lindo.
También estaba castigado un
loco asesino y a pesar de que estábamos en las mismas terribles condiciones, yo
estimaba que éramos muy diferentes. Yo estaba preso por mis ideas y él por
asesino. Pero ahora pienso que todos los seres humanos somos únicos en la
Creación y todos pertenecemos al mismo cuerpo y junto con animales, flores,
árboles, piedras, basura, vida y muerte, bien y mal, formamos una unidad.
Desde luego nunca antes, ni
nunca después de cada uno de nosotros, existirá alguien con una constitución
genética idéntica. Por eso somos únicos en la
historia de la creación.
Tal vez nuestras huellas digitales son la expresión de
nuestro ADN. Y por ello,
tenemos derecho a pensar que somos únicos y que todo ser humano, independiente
de su condición es respetable.
Una vez cumplido mi
castigo, pude volver como discípulo de San Crispín, a mi puesto de zapatero
junto a los presos comunes.
Ese mismo día llegó una
cliente con un par de zapatos para ser reparados.
Nada extraordinario. A la
cárcel llegaba mucha gente pobre que no podía
pagar los precios de un
zapatero en libertad.
Cuando llegaba un cliente,
éramos llamados a la guardia con el apelativo de
"maestro" seguido
del apellido o del apodo. Y ello significaba todo un
status en el penal. Por
ello muchos presos comunes no querían la libertad.
En el penal tenían amigos,
trabajo y un grupo social al cual pertenecían.
Fuera, no tenían nada ni a
nadie.
"Maestro"
Gavilán, que gozaba de todo un status por tener cadena perpetua
fue el primero en ser
llamado a la guardia. Yo había aprendido
de él el oficio, aunque lo
llevo en la sangre, pues mi abuelo era zapatero remendón. Gavilán era una
persona simpática: había muerto a dos rivales en
defensa propia según él.
Una vez por "el amol de una mujel" y la otra por
defender a su familia.
Además tenía otra particularidad: los gatos del
penal formaban parte de su
cadena alimenticia. Sabido es que dónde hay ratas
hay gatos. Y dónde hay
ratas y gatos bajo un mismo techo con seres humanos,
es en la cárcel. Y Gavilán
los convertía lueguito en estofados. Incluso el gato regalón del Sr. Alcaide,
Víctor Pinto, fue a parar convertido en estofado en la
celda de Gavilán. Los malas
lenguas contaban que el mismo Alcaide fue
invitado por Gavilán a
comer parte de su gato, suponiendo que era liebre, enfermándose gravemente
cuando supo la verdad. Es claro, que el Alcaide, sentía más cariño por su gato
que por los presos, pues esa misma semana se ahorcó en su celda un preso común
y Víctor Pinto se restableció inmediatamente.
Cuando el
"Maestro" Gavilán volvió de la guardia, dijo: "hay una vieja con
un par de zapatos, que no
se pueden arreglar. Yo no lo tomo".
No comment. Sin comentario.
Después fueron pasando uno
por uno, todos los maestros, de acuerdo a la
antigüedad, hacia la sala
de guardia.
Maestro Vera: nada!
Maestro Mansilla: nada!
Maestro Cárdenas: nada!
Ninguno de ellos quería
tomar el trabajo, hasta que fue mi turno.
Maestro Charly7....?
Allí estaba una señora ya
mayor con una mirada de esperanza y un par de zapatitos de niño de los cuales
restaba sólo la parte superior. "Y Ud. tampoco los puede
reparar......?", me dijo
tímidamente.
Y entonces voló mi imaginación
hacia el patio del colegio, hacia la luz del
día, hacia la
libertad....hacia mi primer par de zapatos y entonces respondí
con la fuerza de la emoción
acumulada: "yo se los reparo!".
"El próximo Viernes,
estarán listos".
Abandoné precipitadamente
la sala de guardia sin saber lo que me pasaba.
Quería estar sólo con los
irreparables zapatitos de niño.
Cuando volví al taller era
yo otra persona. "Yo los voy a reparar cueste lo
que cueste", dije
desafiantemente.
Gavilán, no dijo nada, pero
me tiró un pedazo de suela y todos los comunes quisieron ayudar.
Vera con neoprén, Mansilla
con un par de hormas, Valenzuela con hilo y cerote. Y así juntos hicimos la
obra de arte más maravillosa del mundo: un nuevo par de zapatitos de niño.
El Jueves por la tarde los
llevé a mi celda con el pretexto de querer lustrarlos y los mantuve toda la
noche junto a mí en mi litera.
Esa noche alcancé las
estrellas y fui infinitamente libre.
(c) 1998 r.p. cáceres vidal
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