ZAPATITOS II

 

 

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El barrio dónde yo vivía era muy especial, no sólo por la falta de comodidades, 

sino principalmente por la gente que allí vivía.

Eran todos gente humilde y buena, pero con los problemas de la contaminación por miseria,  material y humana.

La madre de mi amigo Sergio, por ejemplo, era puta, y su conviviente, padre supuesto de mi amigo, alcohólico empedernido.

Mi amigo trabajaba en los micros como carterista y sin embargo, nunca me pareció ser un hijo de puta. Para mi era tan respetable como un abogado, un ministro, un presidente o algún general de ejército.

La única diferencia es que éstos últimos podían robar en un solo golpe más dinero que todos los carteristas del mundo al mismo tiempo.

Recuerdo mi calle pobre de Chile, en Santiago.

Una familia. Un paco, una mujer y varios niños.

Muñoz Gamero entre El Salto y Recoleta.

Justo en la punta de Diamantes y de amantes, dónde se bifurca la calle Raquel.

Apareció una mañana colgado de una viga del techo, el paco bonito.

Todos lo nombraban así. Era alto, rubio y de ojos verdes.

Yo encontraba bonita a su mujer y estaba enamorado de ella, como suelen enamorarse los niños a esa edad. Yo creía ver en ella a la Virgen María.

Imaginaba que la Virgen María era como ella, de mirada triste, humilde, santa y buena.

El día en que el Paco Bonito se ahorcó fue todo un espectáculo en el barrio

y yo comprendí a temprana edad, que cuando alguien muere ahorcado, lo primero que se relajan son los esfínteres y todos los subproductos del metabolismo siguen su camino natural hacia el exterior.

También me fijé que en los ahorcados se produce una erección del pene.

Al descolgarlo lo tiraron de los pantalones dejando su humanidad al desnudo

y todos lo vieron y lo comentaron. Para los funcionarios de la morgue era pan de todos los días y no se asombraban por este hecho. Pero todos hablaban de ese fenómeno.

Y yo asistía con mi amigo Sergio, con los ojos desorbitados al espectáculo.

 

Nunca supe porque el paco bonito se suicidó.

Su mujer bonita y sus niños se fueron a vivir a la población

callampa del Cerro Blanco, en Recoleta.

Y todo terminó de una forma simple. Vidas simples, que van y vienen.

Así era la vida en mi calle pobre de Chile, en Santiago.

Pero era el centro del mundo y del universo!

Allí vivía entonces el chófer de bus, el lanza, la prostituta, el alcohólico, el carpintero.

Éramos pobres pero la vía láctea giraba en torno a nosotros.

Y desde este lejano rincón del mundo, siempre recuerdo con cariño y emoción a mi sufrida gente.

 

Mi amigo Sergio, era mas conocido por su sobrenombre "Care'li­on", porque era chascón, ñato y cabezón.

Cuando hacíamos dibujos sobre el suelo o las murallas con carbón, tiza y tierra de color, nunca estabamos de acuerdo en los colores. El prefería siempre los colores obscuros y yo los colores claros y brillantes. La razón de ello, la vendría yo a comprender muchos años más tarde. "Care'lion" no era un niño feliz. Su padre alcohólico siempre lo maltrataba, también su madre y su hermano mayor.

Todos le pegaban con cualquier pretexto, ya por ñato, ya por cabezón, ya por chascón o porque no aportaba suficiente dinero para el pan o para el vino en casa.

Care'lion estaba siempre dispuesto a cubrir su enorme cabeza, ante el menor ruido o movimiento,  aunque siempre le faltaban brazos y le sobraba cabeza.

Yo lo conocía hacia ya mucho tiempo, pero no éramos amigos. Nos

encontrábamos sí, diariamente en los buses, ya que era nuestro lugar de trabajo común.

Pero yo era artista. Yo cantaba canciones mexicanas para ganarme unos centavos.

"Care'lion", era carterista. Y a pesar de que estábamos en ramas diferentes nuestros horario de trabajo era común. Cuando estaban repletos de gente.

En una ocasión, "Care'lion" estaba afanado en sacarle un reloj del bolsillo a un gordo pasajero. 

Era la época en que se usaba un reloj con cadena en el bolsillo.

Yo cantaba a voz en cuello: "de piedra ha de seeer la camaaa, de piedra la cabeceraaaaaa...",  pero no se me escapaba detalle alguno, del trabajo de "Care'li­on". Me desplazaba  cautelosamente, cantando, entre la sopa de gente que repletaba el micro del recorrido Portugal-El Salto: "la mujer que a mi me quieraaaaaaaa".

De pronto el gordo pasajero grito: "mi reloj!", "mi reloj" y agarró a "Care'lion" por 

el pescuezo.

Pero la "mercancía", ya estaba segura en mi bolsillo, mientras yo continuaba cantando como si nada: "la  mujer que a mi me quieraaaaaaaa, me haaa de querer de a de veras..Aaahyay..corazón porque no amaaas. El día en que a mí maten que sea de cinco balazos y  estar cerquita de tíiiiiiii, para caer en tus brazos, ay-ay, corazón por que no amas...".

Una semana más tarde volvió Care'lion ya libre de la casa correccional de menores, 

silencioso y pelado al cero, según la costumbre, a pedirme el reloj robado, 

que el podría vender o empeñar en Avda. La Paz, dónde había un montón 

de tiendas en manos de judíos ropavejeros. Y así surgió nuestra amistad.

En otra ocasión, el "come caca", un matón del barrio, mucho más grande quería cortarlo con una hoja de afeitar, no se porqué, y yo salí en su defensa y entre los dos, aunque más  pequeños, pusimos en fuga al grandote.

Le decían "come caca" porque tenía doble corrida de dientes. Nunca se había sacado los dientes de leche y encima de éstos le crecieron  los dientes definitivos, quedando así con una doble corrida. Y siempre andaba con la boca abierta.

 

Cuando pusimos en fuga al "come caca" descubrimos el hecho  mágico de que la unión hace la fuerza y desde entonces Care'lion, siempre peleó a mi lado. Aunque siempre temeroso,  comenzó a luchar siempre que yo luchaba.

Yo nunca me reía de él, cuando aparecía con un ojo en tinta o le hacía preguntas 

tontas como "qué te paso!, quien te pego!?".

No necesitábamos hablar.

Compartíamos todo en silencio.

Nuestro pan, nuestras bolitas, nuestros anhelos. Pero el se avergonzaba a menudo de ello y a menudo metía cualquier cosa que estimaba de valor en mi 

bolsillo y apretaba a correr.

Bastaba que estuviésemos siempre cerca. Así nos sentíamos unidos y fuertes. 

Y el estaba agradecido de cualquier forma conmigo.

  

También íbamos a comprar tomates a las chacras del barrio El Salto o a recoger 

flores silvestres en primavera (Huillis) en el cerro, producto que vendíamos de puerta  a puerta.

Éramos entonces empresarios. 

Y jugábamos como Gavroche, bajo las balas perdidas en las practicas de tiro al blanco del Rgto. Buin, cuya cancha de tiro daba los pies del cerro.

En aquella época descubrimos un lugar de ensueño escondido, dónde la primavera 

llegaba tempranamente. Era un lugar agreste, secreto, lleno de almendros en flor, 

los primeros en vestirse de gala cada año. Y paso a ser nuestro refugio.

 

El otro punto en común, aunque más abstracto, era el hecho de que sin expresarlo 

conscientemente, queríamos escapar a nuestro pequeño mundo miserable y violento.

 

Todos los días Lunes íbamos al cine "Teatro Chile" en Recoleta con Avda. México. 

Todavía existe, pero ya no es un cine. Ahora pertenece a los Mormones, Testigos 

de Jehová o los Adventistas.

Los días Lunes la entrada era mas barata y podíamos ver tres o cuatro películas 

de un tirón. También el noticiero "El Mundo al Instante" nos informaba del

acontecer mundial, leído por un gangoso Julian Benedett. En la radio 

estaba de moda la serie "Ojo de Aguila, el científico que lo dio todo por combatir al 

comunismo".

En aquel período vimos películas inolvidables en el Teatro Chile:  

"Nosotros los pobres", "Uds. los ricos", con muchas canciones bonitas y situaciones sociales parecidas a las que nosotros vivíamos. Por ello nos podíamos transportar fácilmente dentro de la pantalla e identificarnos con algunos personajes.

Después de seis o siete horas, nuestros ojos estaban rojos e hinchados pero ninguno de nosotros reconocía haber llorado de emoción. Era un tiempo feliz: aún podíamos llorar.

El punto culminante de nuestras excursiones cinematográficas, fue la película 

argentina: "El Sueño del Pibe", que trata de un muchacheo pobre que soñaba con 

convertirse en jugador de fútbol profesional para ganar mucho dinero y poder ayudar así a su pobre madre enferma. 

Y sus sueños de pobre se hicieron realidad. Sublime!

 

Care'lion y yo estabamos mudos de felicidad. Habíamos descubierto un nuevo mundo lleno de posibilidades y decidimos dejar los tomates y las flores para convertirnos en jugadores de  fútbol profesional. Una bonita profesión, bien pagada, y para la cual no necesitábamos ir a aburrirnos a "El Templo del Saber". 

Hicimos inmediatamente una lista de las cosas que compraríamos con el dinero que íbamos a ganar:

 

 Un kilo de galletas,

 Una cámara vieja de bicicleta para hacer nuevas hondas,

 Cien bolitas de cristal,

 Etc., etc.

 

"Hay un problema" -dijo Care'lion, que era más pragmático que yo. 

"No hay clus de jurgol". Y hasta allí llegaron nuestros sueños.

Pero tiempo después, la gente de mi barrio, quiso formar un club de fútbol y Don Julio,  portero de la Escuela El Salto,  "El Templo del Saber", trajo un busto de origen dudoso a la  primera reunión constitutiva.

Luego de limpiar el busto en cuestión, el recién nombrado secretario, Don José, 

el zapatero, quien era tartamudo, pero el único que sabía leer y escribir,

leyó trabajosamente: Jo-jo se-se Mi-mi guel-guel Ca-ca rre-rre ra-ra. 

Y fue así como nuestro club recibió el nombre de tal prócer.

De más está decir que no teníamos camisetas, ni zapatos, ni pelota, ni nada pero en 

motivación no había quien nos ganara.

El único club que aceptaba jugar con nosotros, era un club de huasos del barrio El Salto, cerca del cerro, que los Domingos conseguía un potrero destinado al pastoreo de las vacas.

La única condición que ponían era que todos jugaran "a pata pela", lo que aceptamos de  inmediato.

En el centro de la cancha de fútbol había un gran árbol de sombra y el resto estaba 

sembrado de abundantes subproductos digestivos de los nobles animales. Era como en la casa  del jabonero: el que no cae, resbala.

Tal vez resulte cómico ahora, pero en aquella altura era muy serio para nosotros.

Era una puerta para el futuro lleno de gloria y de dinero. Los huasos jugaban muy bien a  la pelota y eran duros como piedra. Empatamos a dos tantos por lado y siendo visitante,  nuestro debut fue muy auspicioso.

Al día siguiente, Lunes por la tarde, alguien golpeó la puerta de mi casa.

Fui abrir, pero no había nadie. Sólo un paquete con un par de zapatos de fútbol 

viejos, pero remendados.

Un regalo de mi amigo Care'lion, que trabajaba por entonces dónde un judío 

ropavejero de Avda. La Paz.

Care'lion mismo no tenia zapatos de fútbol.

 

Un par de años mas tarde, en un Domingo de gloria en el Estadio Recoleta repleto de  público, nuestro equipo juvenil de patipelados, venció al equipo juvenil del 

popular Colo-Colo en un partido amistoso por 4 a 2.

"Care'lion" ya no jugaba y nunca pudo concretar sus sueños ni su vida.

 

 

 (c) 1998 r.p.cáceres vidal

 

 

 

 

 

 

 

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