ZAPATITOS I

 

 

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El pan nuestro de cada día, casi nunca era diario para mi familia en Chile.

No había suficiente comida, ni mucho menos para cubrir otras necesidades diarias

como medicinas o vestuario.

Usar zapatos, era por tanto, algo exótico y anormal entre nosotros.

 

Éramos, sin embargo niños felices, normales y felices niños, que

como bandada de alegres gorriones comían disfrutando los verdes brotes

de la primavera.

A menudo jugábamos al fútbol con una pelota hecha por nosotros mismos

con una media vieja rellena con  papel.

Pero debíamos ir todos los días a la escuela: "al templo del saber",

como decía nuestra ya anciana profesora, doña Luisa Díaz,

quién nos contaba a menudo por que la bandera chilena

era la más linda del mundo y por que los chilenos eran el pueblo más

valiente del mundo, mientras nosotros jugábamos indiferentes con alguna lagartija

o una culebra del cerro cazada por nosotros mismos.

 

Mi tía Doralisa se río mucho cuando le dije que no quería ir más a la escuela

porque ya lo sabía todo.

 

Si! Éramos felices. Pero la felicidad nunca es eterna, pues mi tía me regaló

un par de zapatos nuevecitos.

 

Nosotros, la llamábamos la "tía rica", porque era menos pobre que nosotros,

pero con un tremendo corazón. No sabía leer ni escribir, pero siempre estaba

dispuesta a dejarnos algún dinero en casa con cualquier pretexto.

Era la menor de todos los hermanos de mi padre y la primera de los siete hermanos que abandonó la miseria del campo para emigrar a Santiago.

En Santiago trabajó como empleada en la casa de una familia rica y como

siempre suele ocurrir, el patrón la dejo embarazada y entonces la echaron.

No conozco toda la historia, pero no es difícil imaginar el destino de

una joven campesina, analfabeta, embarazada y lejos de su familia y de toda

la vergüenza y humillación que tuvo que pasar a temprana edad. Su recuerdo

siempre me emociona y evoca un profundo orgullo y respeto hacia todas las

mujeres que por un motivo u otro siguieron el mismo camino que mi tía. Tienen más

valor que cien mil generales con todas sus mierdas de medallas y sus chatarras

dispuestas a matar.

 

También debo confesar que nuestra escuela tenía número.

Había escuelas privadas que no lo tenían. Usaban la terminación de School or College después del nombre del propietario y se producían raras combinaciones como "Gonzáles School" o "Zapata College".

También había dos tipos de alumnos. Los alumnos de las escuelas sin número

usaban zapatos, camisa blanca y corbata. Y sus padres no les permitían

jugar con nosotros, los de las escuelas con número.

Claro es que nosotros podíamos jugar más libre y alegremente que todos ellos.

Pero los niños no reparábamos en las estupideces de los mayores.

Yo tenía un gran amigo, mi vecino, del González School, que podía hablar

inglés.

El decía "I am a boy". Y cuando sus padres salían, jugábamos a escondidas sin que ellos se impusieran. También manteníamos largas y profundas discusiones acerca de como se conciben los niños. Y yo tenía una teoría de una lógica infalible: "los niños, aseguraba yo, doctoralmente, son el producto del beso entre un hombre y una mujer". Había visto, a escondidas, en una película, una escena similar y luego que la pantalla se obscureció, la mujer apareció con un baby. No había por donde perderse.

Pero un día la familia de mi amigo se cambió a un mejor barrio y yo extrañaba mucho a mi amigo Claudio.

 

Mucho años más tarde, me encontré con el casualmente.

Yo daba una pequeña fiesta con motivo de mi graduación en la U. de Chile.

Y cuando quise dar una propina a uno de los mozos que se acercó a despedirse, este no quiso aceptarla.

Era mi viejo amigo Claudio del González School y en lugar de la propina le di un fuerte abrazo.

-Así es la vida he?- le dije. Algo tenía que decir.

-Así es la vida, me respondió, como un espejo.

-Y agregó: yo nunca fui bueno para el estudio.

- Tarzán, Boy y los Indios, no necesitan estudiar, dije yo. Somos todos

iguales. Y tuvimos que reír.

 

Bueno!

Yo había recibido un par de zapatos nuevecitos de mi tía Doralisa, y los mantuve toda la noche junto a mi cabecera, pensando en mil cosas, en la impresión que causaría al día siguiente y en alguna estrategia para escapar al bautizo tradicional.

 

Pero muy pronto, al día siguiente, no quería saber ya mas de mis zapatitos.

En los años '50, los zapatos eran tiesos y duros y yo Tarzán, nunca antes los había usado.

Mis dedos y juanetes me dolían a más no poder y para colmo de males, según yo, los zapatos no eran iguales.

El zapato derecho era mas chico que el izquierdo o bien mi pie derecho era mas grande que mi pie izquierdo.

Sea como fuere, no podía hacer nada. "Tarzan", no puede llorar, me repetía a mi mismo.

No podía jugar, no podía caminar y apenas podía estar de pié. Mi corazón ya no latía en su lugar, sino en mis pies y a cualquier movimiento veía estrellas.

 

Esa misma noche tuve que ir con mi padre anarquista y otras gentes a pegar propaganda clandestina contra el gobierno de G. González Videla, lo que era naturalmente prohibido.

Yo no tenía mis zapatos, porque a menudo teníamos que huir de los pacos y de los perros.

Los perros no eran un gran problema porque siempre llevábamos una perra en celo que los mantenía ocupados por largo tiempo, pero los pacos, esos si que eran peligrosos porque disparaban contra nosotros.

Naturalmente no había electricidad ni alumbrado público. Sólo la luz de la luna llena y un mundo de perros con sus propios problemas existenciales.

De pronto una voz en la obscuridad advirtió: "la polecía" y apretamos a correr en un abrir y cerrar de ojos. Después de un tremendo trecho, una tremenda acequia freno mi corrida:

"Salta guevón", gritó mi padre dulcemente, y yo fui a dar al medio de la acequia con el barro hasta las rodillas.

Mi padre extendió una varilla de mimbre para ayudarme a salir. Y con la misma varilla me dio de varillazos por mi fallido intento. Felizmente que no tenía mis zapatos puestos, pensaba yo para consolarme a mi mismo, sin llorar, pues los hombres no lloran.

Al día siguiente, mi profesora del templo del saber, me pidió los zapatos prestados para otro alumno que debía ir al entierro de su madre.

Yo estaba feliz!

El niño no volvió nunca más a la escuela.

Mis zapatitos tampoco.

 

 

(c) 1998 r.p. cáceres vidal

 

 

 

 

 

 

 

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