
LA VIGA
MAESTRA
Cuando siendo pequeño le
pregunté a mi padre anarquista si algún día
podría ser poeta o
astrónomo, el se rió y me dijo: "soi gueón o te hacís...?"
"Acaso no veís que no
se pueden declarar en huerga?"
"Tení que ser albañil
o estucador. Esos gallos sí! Están bien organizados y
pueden irse a la huerga en
cualquier momento".
"Y músico,
entonces?", pregunté yo, tímidamente, tratando de escapar a esos
oficios.
"Tampoco!",
"Sólo los ciegos son músicos", fue su respuesta fulminante, de
claridad meridiana.
Claro que yo tendría que
poner años más tarde, solito mi viril energía para salir adelante. "La
claridad meridiana y la viril energía" era una expresión usada por el Cro.
Pdte. De la República Salvador Allende!
Yo acompañaba a mi padre a
pegar propaganda clandestina, pero no entendía
eso de las huelgas.
Yo tendría entonces unos
seis o siete años y además de la propaganda nocturna,
tenía que ayudar en la casa
o ayudar a mi padre en sus "pololitos domingueros", o sea, en algunos
trabajos particulares.
Yo encontraba a G. González
un hombre muy amable: bailaba el zamba y a mí
me había hecho cariño.
Yo pensaba que era un
hombre bueno.
Pero no tengo muy claro que
fue lo que cambió mi destino.
Desde luego, todos mis
profesores de la Escuela "El Salto" Nr. 138, sin excepción, todos
buenos, todos comunistas y con un tremendo corazón.
Inteligentes, sin
sectarismos y dogmatismos tontos, como muchos otros buenos
comunistas que he conocido.
Y por sobre todo honestos y
leales con una vocación de servicio público sin
comparación.
Uno de ellos, Alejandro
Mur, que estudiaba Psicología en la Uuuuuh, me hizo
todos los tests de
inteligencia conocidos y me dijo que estudiara lo que yo quisiera,
pero que estudiara, porque
tenía inteligencia para ello.
Sin embargo, el factor
determinante, que me obligó a continuar estudiando, fue una
viga maestra que resbaló de
mis manos sudorosas cuando trabajaba como aprendiz de albañil, para darle gusto
a mi padre, a los 16 años.
Naturalmente trabajaba
descalzo, con el torso desnudo y un gorro hecho de papel
de saco de cemento.
La viga maestra me arrancó
dos uñas del pié derecho que se hinchó tanto como una bola.
Yo trabajaba para un
contratista de la calle Lira al llegar a la Avda. Matta y construíamos una
terraza en una casa particular, por allí cerca. El maestro albañil se llamaba
Alberto Cachupil. Naturalmente era yo el que hacía todo el trabajo.
El ripio, la arena, el
cemento, la revoltura y luego subirlo en una lata
sobre mi hombro por una
escalera endeble, hasta la terraza en construcción.
Allí, esperaba Cachupil,
para repartir homogéneamente en dos minutos mi media hora de trabajo.
Era una carrera loca
interminable, infinita.
En lugar de Alberto, yo lo
llamaba Chuperto, porque era bueno pa'la chupeta
y no era muy simpático, que
digamos.
Cuando me cayó la viga
maestra sobre el pié, no sólo me convertí en astrónomo, como quería ser cuando
niño, sino también en astronauta, volando toda la Vía Láctea de una sola vez.
Y si no lloré fue porque la
empleadita de la casa vino corriendo a ponerme compresas de hielo en mi pié
herido.
Mi'jita rica, si todavía la
estoy viendo.
Y así era entonces.
Naturalmente, por ser menor de edad no tenía seguro ni nada.
Y cuando mas grandecito
tampoco pues me trampearon las imposiciones del Seguro Obrero Obligatorio.
Lo de obligatorio era sólo
para mí, porque de todas formas me lo descontaban pero
sin hacerme las
imposiciones debidas, según me enteré el año pasado al recibir un
certificado del INP donde
se lee: "Registra Inscripción, desde 1955, sin Imposiciones",
firmado, Alejandra Lagos Rochefort.
Y no me digan que es
mentira lo que cuento yo!
Tengo el certificado de la
Alejandra Lagos, con apellido de queso!
Bueno! Después de la viga
maestra, cobre sólo mi semana y.... te veo Tadeo!
Con mi pata hinchada, no
podía continuar trabajando y además no tenía mucho
interés en continuar
aprendiendo en esa forma el oficio de albañil.
Pero reconozco que a pesar
de todo era feliz!
Ganaba mis pesitos y podía
ayudar a mi madre y mandarme las partes con mis
amigos.
Cada mañana saltaba a las
5:00 a.m. de mi cama, corría por la casa, por la
calle, atravesaba la ciudad
y estaba a las 7:00 dispuesto para comenzar la jornada diaria.
Después fui a trabajar en
un taller de joyería en la calle San Diego, antes
de llegar a Alonso Ovalle.
Allí aprendí a cortar
cruces de plata, a fundir y laminar oro y a cortar los casquillos para esos
aros redonditos que les ponen o le ponían a las niñitas en Chile.
La música de un
acordeonista ciego, era una invitación a la vida cada día,
entre el ruido de mariposas
de los pies transeúntes de la calle San Diego.
Esta calle era una de mis
calles favoritas en aquel entonces, por sus librerías de libros usados, único
lujo al que siempre me mantengo fiel.
Entonces era feliz!
Y ahora también lo soy,
cuando escribo.
Pero algún día pasó lo
inexorable.
Continué estudiando, de
noche, de ida, full-time, part-time, enfin, bajo la luz de un farol en el
Parque Forestal, o en Recoleta, o en El Salto, a toda hora. Había comprendido
que el estudio era el único camino para escapar al circulo vicioso de pobreza,
hambre, miseria, desesperación y muerte.
Pero poco a poco el
estudio, se convertiría en una amante absorbente que exige todo el tiempo para
si misma. Y entonces ya no hay tiempo
para compartir con los amigos y los intereses cambian.
El vacío se genera, porque
ya te respetan y te miran con reverencia, como
si fueras de otro planeta.
Los caminos se bifurcan y los mundos se separan.
Oyes comentarios a media
voz a tus espaldas. Que no es ese el hijo del
comunista, aquel? Si el
mismo! El que jugaba a pata'pela en la calle? Al que le sacaban la cresta? El
que cantaba en las micros? Dicen que estudia algo como con
"ía".....
Muchas veces me dieron
ganas de responderles: Si! era yo y yo soy, conchetuma y te quiero tanto hoy
como ayer. Pero es un proceso inexorable como el tiempo, aunque el amor a mi
gente humilde sea eterno.
(c) 1988 r.p. cáceres vidal
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