ADIOS A HECTOR HUGO MIRANDA, EL TULA

 

 

 

---

 

El mes de agosto nos trajo al viento duro del desierto chileno, una noticia también dura, helada, eléctrica, como un relámpago del sur: el fallecimiento trágico de Héctor Hugo Miranda (45), en el pueblo de Haramsoy, Noruega. 

¿Quién era este hombre, siempre joven, idealista, defensor de los DDHH y ex preso político de Magallanes?

Sus amigos y compañeros lo conocían también como  El Tula, apodo de infancia de las calles de la población Carlos Ibáñez del Campo, en Punta Arenas. Desde niño se identificó con las luchas sociales e ingresó a la Juventud Socialista, a comienzos de la década del 70.  Lo conocimos en la seccional Benedicto Cárdenas, del Barrio 18 de Septiembre, organizando a los jóvenes de las pandillas y a los que participan de las actividades de la parroquia Nuestra Señora de Fátima, cerca de la Avenida Independencia de esa ciudad.  Los invitaba a participar de los trabajos voluntarios y a incorporarse a la banda juvenil de música, con sus uniformes verdes, emulando a los jóvenes guerrilleros que habían participado en la gesta de la Revolución Cubana.  Ho-Ho-Ho Chi Min, lucharemos hasta el fin; El pueblo unido jamás será vencido; Adelante, adelante, obreros y estudiantes , eran las consignas de la época que impregnaban el corazón de miles de jóvenes.

Héctor Hugo Miranda fue detenido a los pocos días del 11 de septiembre de1973, a los 17 años de edad, y torturado por el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), en las dependencias del regimiento Pudeto. En dos o tres oportunidades se rebeló, golpeando los mentones y cuerpos de los militares, quienes se ensañaron aún más. Lo acusaban de delitos imaginarios, como Tekstvak:  complots, traición a la patria, decían que era experto en explosivos, acusaciones que vivieron miles de compatriotas.

Nunca se pudo recuperar. Como miles de ex presos políticos, especialmente de los sectores más humildes, se automarginó de la sociedad, llegando a compartir con jóvenes alcohólicos y drogadictos de su ciudad, con todo lo que ello implica.

El exilio lo ayudó a sobrevivir. Noruega y otros países europeos lo vieron llegar a eventos donde denunciaba las injusticias que se cometían en su país. Por este motivo, se enfrentó con policías de esas sociedades. El año 1986 viajó junto a un grupo de exiliados magallánicos a Río Gallegos, en la patagonia argentina, y llegaron hasta la frontera con Chile, para testimoniar su derecho a vivir en la patria.

En el extranjero, como todos los desterrados del planeta, de cualquier inspiración política o religiosa, no pudo adaptarse. Tuvo varias parejas e hijos. Su última esposa fue Gunnvor Sivertzen (36), con quien vivía en Haramsoy.  Cada dos o tres años,  El Tula viajaba a Chile a compartir la vida de las etnias, de los sin casa, visitaba a los presos políticos en la cárcel de Alta Seguridad o en la Penitenciaría de la capital, participaba en recitales de música y retornaba siempre a Punta Arenas, a la casa de sus padres.

El año 1997, junto al locutor magallánico Yerko Hromic, residente en Santiago, nos contó su visión del mundo y su percepción del futuro. No veía salida alguna. Estaba atormentado. Advertimos que su salud no lo acompañaba. Tenía la cadera y sus hombros deteriorados; le costaba caminar esa noche de invierno, pero nos dimos cuenta, también, que el dolor y las heridas de su alma eran irrecuperables. 

En octubre del 2000, en un departamento de Avenida Providencia en Santiago, nos grabó su testimonio durante una hora. Mostró fotos de sus hijas e hijos, de las plazas y países donde estuvo, y de su casa  en Haramsoy,  que su hermano ayudó a construir. Después, acudimos al estudio de la abogada Fabiola Letelier para incorporarnos a la demanda contra el Estado de Chile, que presentaremos quienes éramos adolescentes para el Golpe de Estado de 1973, y estuvimos prisioneros durante años bajo acusaciones fantasmagóricas que hoy hacen reír a las nuevas generaciones. Esa misma noche, nos reunimos con Eliecer Valencia, director de Dawson2000.com, quien reside en Holanda, y ambos partieron a Quilpué a visitar a Guillermo “Koko” Sáez, ex prisionero puntarenense.  Nos despedimos con un abrazo bajo las luces de la alameda.

 

Tekstvak:  Los primeros días de agosto de 2001, un mail de Eliecer nos comunica la noticia. En ese momento, “chateábamos” con otro dawsoniano, residente en Dinamarca: Miguel Loguercio, y los tres, comunicados en el ciberespacio, compartimos las lecturas de los periódicos noruegos, traducidas por Miguel, que informaban lo increíble: Héctor Hugo Miranda había quemado su hogar y dado muerte a su esposa Gunnvor  y a sus hijos Hugo (7), Héctor (5) y María Alexandra (3).

 

Los detalles son escalofriantes: El la estranguló con sus manos. Ella alcanzó a golpearlo con un fierro, con ollas, en la primera planta de la casa. Inmediatamente, roció de gasolina el inmueble y se encerró con sus tres pequeños, en un cuarto del segundo piso. Luego, la muerte. La autopsia reveló que Gunnvor  había perecido antes del incendio. Héctor, de cinco años, fue encontrado con vida, pero falleció al día siguiente en el hospital de Hukeland.

El inspector Olav Aaro de la policía de Haramsoy, señaló que la mujer había acudido el 24 de julio a denunciar a su esposo y pedir protección. La televisión noruega indicó que se había extendido una orden para tal efecto y que el día en que fueron a entregar esa comunicación oficial, Héctor Hugo Miranda no se encontraba en casa.

No tenemos claro lo que pasó, dijo el inspector Aaro, no sabemos a ciencia cierta si el asesinato estaba planificado de antemano”.  Nadie sabrá que ocurrió en la mente de El Tula. Todos sabíamos que era un sobreviviente que nunca tuvo la ayuda necesaria.  ¿Cuántos ex presos políticos han acabado con su propia vida?: cientos en el mundo. Pero el caso de Héctor Hugo es conmovedor, impactante, difícil de creer para quienes lo conocimos, especialmente en Magallanes.  Eliecer Valencia me dice por mail: “Fue el final de un contrasentido, un hombre que lucha por los DDHH, termina quitándole el derecho a la vida a su familia. Una tragedia humana, sicológica y social.”  Una  destrucción, un caos mental de un ser que fue víctima del salvajismo de Agentes de Inteligencia del Estado de Chile.

Sus amigos de la Agrupación de Ex Presos Políticos de Magallanes efectúan gestiones para llevar sus cenizas a esa región. En el pueblo de Haramsoy, sus habitantes aún no se curan del espanto. Sus compañeros de cautiverio lo hemos llorado. Más aún a su esposa Gunnvor e hijos, inocentes de todo.

Aún estamos perplejos: ¿Héctor Hugo, Tula Amigo, qué pasó por tu cabeza esa noche de agosto?. ¿Se aparecieron los fantasmas de tus esbirros?; ¿los confundistes con ellos?; ¿a lo mejor querías matar a los crápulas?; ¿tomaron cuerpo las llagas, la corriente eléctrica, el “pau de arara”, “el teléfono”,”el submarino”, tus sueños juveniles truncos en el barrio lleno de viento y nieve?.

Dónde quiera que estés, te recordaremos con amor y lluvia. No podemos juzgarte, a pesar del horror y del túnel sin salida en que dejaste a tus otras hijas y a la gente que te quiere. Ya nada sería igual para nosotros y los tuyos. Sin embargo, hasta la eternidad es efímera. Esta es una señal.  Nos queda mucho por hacer para sanarnos y cuidar de los nuestros. Tal vez esta fue la voz de alarma para que la sociedad entienda el daño irreparable que causaron los verdaderos asesinos.

 

 

Aristóteles España

 

 

 

 

Calama-Chuquicamata, Chile. Noviembre de 2001.

 

 

 

---

 

 

*   Nuestras Historias

 

*    Crónicas y Relatos

 

 

 

 

 

 

---

Portada      Actualidades       Editoriales        Fotos PP      Índice

---