
HOSPITAL NAVAL DE PUNTA ARENAS
En el hospital naval de Punta Arenas recibían atención
médica los torturados. En pleno centro de la ciudad sitiada se escuchaban los quejidos y gritos que salían del “Palacio de la Risa” en
Avenida Colón a tres cuadras de la Plaza de Armas y los lamentos que emanaban
de los oscuros laberintos del Pabellón de Aislamiento del recinto asistencial.
Por los ventanales amplios, rugía el duro viento
patagónico y nos golpeaban los ruidos
de sirenas de alarma, jeeps de la Armada y
tanquetas que subían por la Avenida Bulnes con destino a algún
regimiento.
Ese mes de diciembre de 1973 se encontraban allí José
Tohá, ex Ministro del Interior; Orlando
Letelier, ex Canciller; Daniel Vergara, ex sub. Secretario del Interior; Vladimir
Arellano, ex Director del Presupuesto Nacional; Alfonso “Cocho” Cárcamo, ex
Director Propietario de Radio “Polar”; Arturo Villegas, estudiante del
Instituto Superior de Comercio; Armando Ulloa, Presidente de la Central Unica
de Trabajadores (CUT); Abel Paillamán, ex Regidor Socialista de Puerto Natales;
Kika González de Zanzi, ex Presidenta de la Corporación de Centros de Madres de
Magallanes (COCEMA). También, permaneció una semana en el Pabellón, Aniceto
Rodríguez, ex Senador, ex Secretario General del Partido Socialista, quien fue
internado para chequeos médicos, ya que el Presidente de Venezuela había
logrado su liberación y otorgado visa
para residir en ese país.
Nuestra forma de comunicarnos era caminar por un largo
pasillo, dar una y otra vuelta antes de entrar a los servicios higiénicos e
intercambiar informaciones, ideas,
preguntar por la salud, por la correspondencia, por cualquier cosa.
Compartíamos pieza con Cocho y Armando. El primero había
creado un programa radial imaginario denominado “Esta noche es tuya, amiga” y
se emitía desde nuestra habitación a las 21 horas, menos los domingos. Cocho animaba como en sus mejores tiempos y
cantábamos boleros, rancheras,
leíamos poemas, especialmente de
Neruda y Oscar Castro. Textos de amor, cantos a la vida. Era, sin duda, una
forma de salvarnos de la locura.
Las enfermeras, en especial, la Sra. María, nos
atendían con esmero, respeto y gozaban
de ese espectáculo surrealista, lleno de imaginación y poesía; incluso nos
facilitaba antologías de autores
chilenos para nuestro espacio.
Todas las noches, Cocho recuperaba su vitalidad e
inventaba entrevistas, relataba fútbol, transmitía recados o mensajes a las
estancias fueguinas, improvisaba noticias como que Allende seguía vivo y estaba
en Madrid, que Pinochet estaba aburrido
e iba a renunciar a la Presidencia. El despelote total. El delirio absoluto.
Todos teníamos que contener las carcajadas para no alertar a los vigilantes y desde las habitaciones vecinas los amigos
gemían de tanto reírse.
Los días domingos nos reuníamos en una de las piezas y
hablábamos de todo un poco. Orlando Letelier me dictó un mini curso
Aristotélico (era experto en su
poética); Daniel Vergara hablaba del nuevo orden político y sus consecuencias;
Cocho, de la historia de la radio en Magallanes; José Tohá, quien no se podía
sostener en pie ya que pesaba menos de 50 kilos, de sus recuerdos cuando fue
Presidente de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH); Kika, de la vida de
las mujeres en la Patagonia. Armando Ulloa era todo silencio. Estaba
íntimamente derrotado, herido en su cuerpo y alma. Arturo escuchaba con
atención; Abel Paillamán no podía
moverse de su cuarto pues estaba enyesado.

Un día, repentinamente, llegó la Cruz Roja
Internacional. A los tres, con Armando y Cocho, nos escondieron para que no se percataran de la crueldad.
Orlando Letelier los denunció y los jóvenes suizos que realizaban una visita a
los Campos de Concentración de Chile, quedaron perplejos, confundidos.
“El General Manuel Torres de la Cruz aseguró que no se
torturaba”, dijo el funcionario. También habían intentado esconder a Kika.
Tomaron nota y un Comandante Naval miraba furioso. ¿Qué
decir?. Nuestros cuerpos hablaban por sí solos. El ex Canciller chileno relató ante los ojos atónitos de los
oficiales toda la barbarie que ya era conocida en el mundo.
Los suizos se fueron y
temimos represalias. Pero no. Las enfermeras estaban aliviadas, nos
trataban con más cariño.
Los guardias del Pabellón de Aislamiento se paseaban como robots por los dormitorios,
para observarnos. “Esto va para largo”, comentó un Infante de Marina. “Se van
podrir por todo el daño que hicieron al país, ¿quien te lavo el cerebro?”, dijo. “Ustedes no son chilenos, ustedes
responden a Cuba, responden a los rusos:
A esos países deben irse”.
Lo miraba con pánico, el tipo tenía un fusil y un corvo.
“Responde hijo de puta”, insistió. Le dije que era militante de la Juventud
Socialista, dirigente estudiantil, que no quería irme de Chile.
Nos salvó la Sra. María, quien llegó con la cena. El Cara de Culo se fue a regañadientes y
todo volvió a la normalidad. “Nunca le contesten, dijo la enfermera, es capaz
de cualquier cosa”.
“El Pabellón de Aislamiento era la soledad total. Todos
acostados, a veces paseándonos, cerca de los baños, cuchicheando, llorando
debajo de la almohada de puro dolor, éramos capaces de distinguir los pasos de
los marinos, las enfermeras, los médicos, los agentes; zapatos
distintos, olores a colonia, a jabones, a laca. Cocho y yo nos dedicamos
un día a escuchar el canto de los pájaros que llegaban a nuestra
ventana. Era diciembre y las aves cantaban y movían sus cuerpos de
colores. Música Escogida en el cautiverio.
Aún pienso en los
domingos de tertulia, en la Sra. María cuando lloraba, en esos tenientes
y capitanes que nos interrogaban con métodos inhumanos en las salas contiguas
al Pabellón de Aislamiento del Hospital Naval de Punta Arenas. En nuestro
programa radial imaginario, en las distintas formas de catarsis, como hablar solo,
escribir un poema, contar los cuadrados
existentes en el techo, hablar con los pajaritos y decirles hola amigos, y
escuchar sus cánticos que eran como baladas, como extraños rituales que anunciaban la vida y la muerte.
Aristóteles España

Calama-Chuquicamata
Diciembre
de 2001
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