COMPINGIN,
PEGUITAS CORTAS

Cuando
llegamos el 11 de septiembre de 1973 a
Isla Dawson eran cerca de las 19 horas. Nos bajamos de la barcaza en puentes
improvisados de madera y recibidos por
un grupo de Oficiales de la Armada, que usaban lentes oscuros a pesar de la
noche. Después de una larga caminata llegamos al Campamento de la Compañía de
Ingenieros Navales, Compingin, que estaba rodeado de alambres de púa. De
inmediato nos sometieron a un farsesco chequeo médico y distribuidos en
barracas. Ese día me transformé en Faro 13 y todos los prisioneros eran faros
con números distintos.
Al
día siguiente, apareció en nuestras vidas un Suboficial canoso, de mediana
estatura, medio encorvado, con una gorra verde. No tardamos en llamarlo
“Peguitas Cortas” porque a cada rato solicitaba gente para realizar unas
“peguitas cortas”, que consistían en ser ayudante de cocina, preparar la carpa
donde comíamos, hacer el aseo del patio, realizar trabajos en el río que
atravesaba el Campamento, picar leña, recoger piedras afiladas y botarlas en
los tachos de basura, y cientos de pequeñas actividades que nos ayudaban a
soportar el tedio y la tensión.
“Peguitas
Cortas” contrastaba con el resto del personal, rubios la mayoría de los
Oficiales, mestizos y pelos negros la
Suboficialidad. “Faro 13, dijo una mañana, no permitas que te llamen por
tu nombre. Es por razones de seguridad y porque de ahora en adelante eres un
número. Dejaste de ser persona,
entendiste?. Sí, señor, respondí intentando emular una voz marcial. Sí, mi Suboficial, corrigió. Nada de señor.
Eso es para los civiles, aquí tendrás que acostumbrarte a usar palabras militares, oíste?. Sí, mi
Suboficial, grité. Así está mejor, Faro 13, aprenderás rápido, ya verás”.
Peguitas
Cortas en su afán de emular a los Superiores empezó a usar lentes y a impostar la voz. Su acento era tan
ridículo que daban ganas de reír a
carcajadas, pero como los castigos eran rudos, nos tragábamos las ganas.
Antes
del 18 de septiembre Peguitas Cortas apareció una madrugada con unos diarios
murales que ayudamos a colocar en el Patio de Alarma del Recinto. “Mira lo que hacían tus Jefes, Faro 13, señaló,
mientras indicaba recortes de la prensa
nacional: “Descubierto Plan Z”, “Marxistas planeaban asesinar a Jefes
Militares”, “Los robos de la Unidad Popular” y decenas de titulares de ese
calado.
“Cómo
te fuiste a meter con estos ladrones, me retaba, tú tienes toda la vida por
delante”. Peguitas Cortas estaba obsesionado con esta información. Menos mal
que pronto me iré a Valparaíso y no tendré que ver sus caras nunca más. Siento
pena por ustedes, murmuraba.
Un día
lunes nos envió junto a Sergio Cárdenas, Rubén Mohill y Cabeza de Alcancía a
pelar papas. Trátenlos bien, le dijo al cocinero. Estarán aquí toda la semana
como sus ayudantes. Y acto seguido
preparó huevos, un bife y se lo comió con tanta vehemencia, que pensamos
iba a reventar. Peguitas Cortas era
jovial y a pesar de que sentía pena y rabia por nosotros, nos otorgaba un trato jovial y digno.
Una
mañana apareció en el Patio, absolutamente descompuesto, y una vez que terminó
la ceremonia del conteo habitual, se quedó un rato con nosotros. “Me permite
una pregunta mi Suboficial, le dije”. Habla Faro 13. Qué le sucede mi
Suboficial?. No te puedo contar, dijo,
pero ten cuidado esta noche, llegó el SIM (Servicio de Inteligencia Militar).
Acto
seguido se marchó y desapareció por varios días. En efecto, personal de este
servicio llegó a la Base Naval y durante ese día se dedicaron a observarnos a través de las alambradas, provocando
pánico en nosotros, por la forma
amenazante de sus miradas a través de enormes gafas negras y con pistolas al cinto como en las películas de
vaqueros. Esos días de las Fiestas Patrias de Chile en 1973, fueron el episodio
más duro de nuestra permanencia en la isla y nos referiremos a este tema en
otra crónica.
Cuando
apareció Míster Pegas alrededor del 20
de septiembre ya no era el mismo. Estaba ensimismado. En su rostro cincuentón
había miedo y nunca más lo vi sonreír. “Esto va para largo, Faro 13, comentó.
No pensé que iba a ser tan duro. Menos mal que jubilo pronto”. Trató de
continuar con el ritmo de actividades y en más de una ocasión le pregunté
adónde habían llevado a nuestros compañeros que fueron sacados de las barracas
las noches anteriores. Nunca respondió. Tal vez ignoraba el paradero de
nuestros amigos o bien sabía que algunos de ellos iban a ser fusilados en
la ciudad de Porvenir, como fue el caso
de Ramón González, administrador de la Cooperativa Ganadera Tierra del Fuego
(Coopetif).
Una
mañana, en el frontis de la Casa Principal de la Compañía de Ingenieros Navales
de Isla Dawson, apareció la bandera nacional a media asta. Todos estábamos
ansiosos de saber qué ocurría en el
país, porque esa señal era de luto. Al ver mi cara de interrogación y mientras
comía al lado de un tambor con fuego un pedazo de pan acompañado de un café,
Peguitas Cortas me dijo con voz baja: “Murió Pablo Neruda, Faro 13, nuestro
Premio Nobel. Ojalá lo leas algún día,
porque ese caballero sí que era poeta”.
Aristóteles
España
Calama,
marzo 2003
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