MANUEL
TORRES DE LA CRUZ

El General Manuel Torres de la Cruz trató de limpiar su
imagen y conciencia a través de una visita a Punta Arenas, donde vive una de
sus hijas, el año 2001. Ofreció un conferencia de prensa y fue entrevistado por
el diario “La Prensa Austral”. En ese histórico reportaje negó que durante su
mandato como Intendente se haya practicado la tortura; estableció para la
posteridad los días felices que vivió en el austro, y de pasada criticó a los
líderes de la Unidad Popular acusándolos de anarquistas, desordenados y
prepotentes. Manuel Torres de la Cruz fue, junto al General Augusto Pinochet
Ugarte, el más allendista del Cuerpo de Generales de Chile. Salvador Allende le ratificó su confianza
nombrándolo máxima autoridad de la región
y éste tenía línea directa con él Primer Mandatario.
De inmediato, según los ministros que trabajaron con el
militar, se notó que tenía especial predilección por cultivar una agenda
propia, ajena a los programas del gobierno. Ordenó vigilar los sindicatos y
aplastó cualquier intento reivindicativo del mundo obrero y campesino. Célebres
fueron los allanamientos a la Lanera Austral donde murió un trabajador y la
represión a los campesinos de Agua Fresca que reclamaban por mejores
condiciones de vida.
Fuimos testigos junto a
la Presidenta del Centro de Alumnas del Liceo de Niñas de esa época,
Rosa María Lizama y a los dirigentes de la Juventud Socialista, Sergio
Barrientos y René Gallardo, quienes nos encontrábamos en esa localidad en
jornadas de trabajo voluntario, de cómo
el propio General ordenó reprimir con carabineros a campesinos y campesinas
indefensas que no tenían donde vivir y nada que comer.
Manuel Torres de la Cruz murió como el cobarde que era,
sin reconocer sus errores y sin pedir perdón a sus víctimas. Torturó a su amigo
Alfonso Cocho Cárcamo, con quien compartía veladas y asados en los comienzos de
la década del 70. Flageló a Kika González de Zanzi, quien era la Presidenta de
la Corporación de Centros de Madres de Magallanes, al estudiante del Liceo de Hombres y dirigente de la Juventud
Socialista Miguel Loguercio, mientras insultaba al padre de éste, ex Secretario
Regional del Partido Socialista, de nombre Sergio, quien se encontraba asilado
en una embajada en Santiago.
Manuel
Torres de la Cruz, supervisaba los interrogatorios a los dirigentes políticos
de todos los partidos, como le consta
al Dr. Guillermo Araneda, al Mago Williams, al Coronel Manuel de la Barrera, al
Coronel Carlos Soto Pelizzari, todos miembros de conspicuas familias
magallánicas, de misa diaria y comunión.
Manuel Torres de la Cruz, torturó personalmente al
Presidente de la Central Unica de Trabajadores, Armando Ulloa Bahamonde, por
quien sentía un odio especial. Y lo mismo hizo con el Secretario Regional del
Partido Socialista, Hernán Alvarez Navarro, con el Secretario Regional del
Partido Comunista, Francisco Alarcón Barrientos. La lista es larga: ordenó
hacerle una marca con un cuchillo y estampar la letra “Z” en la espalda del
Diputado Carlos González Yacksic; dió
instrucciones para que torturen con corriente eléctrica al Regidor Pedro
Calisto Mansilla y sentía especial predilección y goce al contemplar como torturaban a las mujeres que estaban confinadas en el regimiento “Ojo Bueno”.
Todas estas “operaciones privadas” las realizaba el Intendente de Magallanes en
el “Palacio de la Risa”, adonde pedía trasladen a las víctimas.
Todas las semanas sobrevolaba en helicóptero
el Campamento Compingin en Isla Dawson para ver desde las alturas su obra
maestra: un Campo de Concentración construído con fondos fiscales del
Ministerio de Obras Públicas y la
Intendencia.
Sin embargo, la ambición desmedida de este Alto Oficial se
notó cuando formó una Junta Provincial de Gobierno en Magallanes, con él como
Jefe Máximo. Esta actitud no fue bien
recibida por el Alto Mando en la
capital y menos en la Oficina de la Presidencia que habitaba Augusto Pinochet
Ugarte en el Edificio Diego Portales. Meses más tarde, fue nombrado Inspector
General del Ejército y posteriormente llamado a retiro.
Con
el fin de alejarlo de la contingencia, el Dictador decide nombrarlo Embajador
en la República de El Salvador, en Centroamérica. Según la colonia chilena
residente andaba rodeado de guardaespaldas y la Embajada de Chile se transformó
en una fortaleza inexpugnable.
Un mañana, el General salió a una reunión con autoridades
del país caribeño y a la salida de la cita, frente a los edificios de gobierno,
una bomba hizo explotar su vehículo antes que pudiera entrar. Torres de la Cruz
se había salvado por un pelo. Lo extraño fue que la noticia del reconocimiento
del atentado fue difusa. Ni el Mir u otros sectores armados de Chile y
Latinoamérica reconocieron explícitamente su autoría.
El parco comunicado oficial del gobierno chileno daba
cuenta del hecho y nada más. A partir de ese día El General no fue el mismo.
Andaba paranoico y su deseo de volver a Chile aumentó, hasta que pudo
concretarlo. No volvió a opinar de temas políticos y se recluyó en su hogar del
Barrio Alto de Santiago. Su salidas se limitaban a reuniones del Círculo de
Generales en Retiro y a tomar un aperitivo con sus pocos amigos en restaurantes
exclusivos para ex oficiales. Hasta que supo que iba a morir y viajó a Punta
Arenas, el epicentro de su accionar en la política activa. Debo dejar una
imagen limpia de mi carrera como soldado, pensó, y sin dudarlo se embarcó en una cruzada para quedar ante la
historia como un héroe. Lo que no soñó este Valiente Soldado es que sus
víctimas seguían vivas y lo denunciaron en la prensa local, nacional e
internacional. La más brillante defensa histórica la hizo el escritor y académico de la Universidad de Magallanes,
Sergio Lausic Glasinovic, ex prisionero
dawsoniano. El General, esa noche, en
casa de su hija no pudo dormir y tuvo pesadillas con decenas de ojos que lo
miraban desde el techo; esas miradas eran de los amigos y personas que
traicionó en su torpe idea de querer llegar a la Comandancia En Jefe del
Ejército y a la Presidencia de Chile, quien sabe por qué vía.
Aristóteles España
Calama,
marzo 2003
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