Poesia en la prision

 

 

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El día que murió Pablo Neruda sentí que nos quedábamos solos.  Si la dictadura había acelerado la muerte del Premio Nobel, allanando su casa de Isla Negra, quemando sus libros, qué podíamos esperar nosotros, habitantes del fin del mundo, prisioneros en una Base Naval en el paralelo 53 sur, en medio de la nieve y el humus de otoño.

 

Creo que fue el profesor Fulvio Molteni y el dirigente sindical José Donoso quienes me instaron a escribir una especie de diario de vida, un cuaderno que registrara los sonidos y las cotidianidades de este paisaje en el que nos tocaría vivir durante  un buen tiempo.

 

Recuerdo que había leído a Nazim Hikmet y Marcos Ana en el Centro de Escritores Jóvenes de Magallanes que dirigían Sergio Reyes y Jorge Cifuentes en 1971, cuando cursaba segundo medio, y con un fuerte apoyo de mis profesoras Mabel Arratia y Angélica Mimica.  También, había leído a algunos poetas brasileños y sus experiencias en la prisiones de ese país.  Hikmet tenía un largo recorrido en las cárceles  turcas y Marcos Ana en la España de Francisco  Franco.

 

Nunca pensé que viviría una experiencia de esa naturaleza en Chile, de tal forma que cuando tomé conciencia de dónde estaba, de inmediato se me vino a la cabeza el nombre de estos poetas y su escritura. Pusimos manos a la obra en unos álbumes para escribir cartas que  había enviado mi madre. Aún no nos entregaban los formularios que decían “Correspondencia para Confinados”.

 

Ensayé algunos registros y recuerdo haber descrito nuestra llegada en la barcaza y la forma en que torturaron esa tarde en medio del Estrecho de Magallanes al Secretario Regional del Partido Comunista,  Francisco Alarcón.

Después escribí un poema de amor y un relato breve acerca de las barracas y del tambor enorme donde orinábamos. Cada meada de los compañeros tenía un ruido distinto y el viento que rugía era como una orquesta surreal que penetraba en nuestros huesos como una aguja helada y eléctrica.

 

Así fue naciendo mi libro “Dawson”, sin darme cuenta. Cada día observaba los movimientos del Campo de Concentración, nuestros estados de ánimo, la alegría de los rostros cuando llegaba  correspondencia, las anécdotas en torno a la fogata, el miedo que sentíamos cuando llegaba un centinela con  listados de nombres, el vaivén que se producía cuando llegaban amigos de otros lugares de reclusión, las fotos de nuestras familias y novias en nuestras literas, los llantos nocturnos a la hora en que se apagaban las luces y quedábamos solos junto a la almohada, las duchas heladas del amanecer, los trabajos forzados en medio del barro, sangre e impotencia.

 

Era un proceso complejo para mi edad, un adolescente impetuoso, imbuido por las lecturas del Boom Latinoamericano y la poesía de Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Pablo de Rocka, Gabriela Mistral, Ernesto Cardenal, Rubén Darío, Leopoldo Lugones, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Jorge y Nicolás Guillén, Juan Gelman, Nicanor Parra, José Martí, Evaristo Carriego. Lecturas desordenadas, violentas, frenéticas, que me hicieron conocer la magia del lenguaje y la imaginación creadora.

 

Me interesó el tema del miedo y la violencia. Cómo un ser humano es capaz de golpear a otro por tener ideas distintas, e incluso de matarlo. A la inversa, el terror que se apoderaba de nosotros cuando supimos que podían asesinarnos.  Muchos, muchos camaradas  fueron  víctimas de simulacros de fusilamiento y recuerdo a muchos de ellos con su piel húmeda al llegar a la barraca, los ojos desorbitados, la voz entrecortada, los tiritones en los pies, la lengua seca.

 

Tomaba nota a escondidas, por supuesto, y los escritos sortearon varios allanamientos. En el mes de noviembre de 1973 antes de ser trasladado al Regimiento “Ojo Bueno” en Punta Arenas pude enviar un sobre con textos, a mi madre, a través de un conscripto que había sido mi compañero de curso, vecino y simpatizante de la Juventud Socialista. El habló con mi vieja para que guardara esos tesoros y por favor no le cuente a nadie, le recordó, antes de despedirse por muchos años, ya que  lo tenían vigilado.

 

Fueron tres envíos los que realizamos por vías clandestinas. Todos con conscriptos del ejército, vecinos de la calle Francisco Javier Reyna y Juan Martínez de Rozas de la Población 18 de septiembre de esa ciudad, que aún prefieren mantener el anonimato, pero con los cuales suelo comer en mis viajes a esa zona.

 

Gestos de grandeza y lealtad a las vivencias de muchacho, en las canchas de fútbol, en la sala de clases, en el paseo campestre, en las fiestas juveniles de los años setenta.

 

En Dawson solían entregarnos novelas policiales, folletines de amor, textos de Corín Tellado, para leer en las tardes de domingo, ya que los días de semana estábamos demasiado ocupados en los más increíbles trabajos.

Elías, así vamos a llamar a uno de esos ex conscriptos me dijo el año 2001 cuando viajamos a un Encuentro Literario en homenaje al poeta Rolando Cárdenas, organizado por la Corporación del Sur: “Nunca me gustó la poesía, pero ahora entiendo que valió la pena sacar esos escritos de la prisión. Las palabras bien usadas –dijo filosofando Elías-ayudan a que uno entienda lo que ocurrió. Pero te juro que no lo haría otra vez. Estuve años cagado de miedo”.

 

Aristóteles España

Calama, marzo 2003

 

 

 

 

 

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