Aristóteles España, El poeta de Dawson

Reproducido
de panoramacultural.net Octubre 2004
Fuente:
puntofinal.cl 2003
Nacido en
Castro, Aristóteles España es licenciado en derechos humanos en el Instituto Argentino
por los Derechos del Hombre, y tiene estudios en comunicaciones y guión
cinematográfico. Ha publicado entre otros libros Incendio en el silencio
(1978), Equilibrios e incomunicaciones (1980), Dawson (1985), Contra la
corriente (1989), El sur de la memoria (1992), Poesía chilena: la generación NN
(Antología, 1993), Los pájaros de post-guerra (1995), Tardes extranjeras y
otros poemas (1998) y Materia de eliminación (1998). En 1983 obtuvo el Premio
Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago; en 1985, el premio especial
Rubén Darío por el libro Dawson, del Ministerio de Cultura de Nicaragua y en
1998, el Premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile y el Consejo
Nacional del Libro por Materia de eliminación. Trabaja en la Fundación Educacional
de Chuquicamata, en el Departamento de Extensión y Comunicaciones y dirige
talleres de literatura en la Universidad Arturo Prat. Aristóteles España fue
quizá el prisionero político más joven en Isla Dawson, Punto Final conversó con
él de este y otros temas.
Usted fue uno de los
prisioneros políticos más jóvenes de Isla Dawson. ¿A 30 años del golpe de 1973,
cómo recuerda aquel suceso?.
-“Con mucho dolor aún. Fui detenido por la
Fuerza Aérea a los 17 años de edad. Era presidente de la Federación de
Estudiantes Secundarios de Magallanes. También dirigente regional de la
Juventud Socialista. Me llevaron a la Base Aérea Bahía Catalina y
posteriormente a Dawson, con un grupo de cuarenta dirigentes políticos,
sociales y juveniles de Punta Arenas. A Francisco Alarcón, dirigente comunista,
lo desnudaron y hundían en el Estrecho de Magallanes, en redes de pesca. Al
resto, nos tenían convencidos de que nos iban a ‘fondear’. Sentíamos pánico.
Además, todos vestíamos ropas livianas y estábamos muertos de hambre. Fuimos
recibidos por el mando naval en la playa, y con infantes de Marina armados
hasta los dientes. Se nos comunicó que éramos prisioneros de guerra, que
estábamos en Isla Dawson y que seríamos tratados de acuerdo a los convenios de
Ginebra. Esa fue la primera gran mentira. No sólo nos torturaron salvajemente
sino que, además, practicaron simulacros de fusilamiento con los presos, nos
hacían comer comida hirviendo, fuimos sometidos a un régimen de trabajos
forzados que consistía en cavar hoyos y zanjas, colocar postes, botar árboles
en medio de golpes e insultos. La idea, como me dijo un oficial de la Armada
‘es que pierdan la capacidad de pensar, ustedes deben entender que son sólo
números’; en mi caso era el F-13.
Recuerdo
a Clodomiro Almeyda, Orlando Letelier, Sergio Bitar, Aniceto Rodríguez, y al
Dr. Arturo Jirón, quien me cuidó cuando fui sometido a torturas y me envió al
hospital naval de Punta Arenas, junto a José Tohá y Orlando Letelier. Otros
dawsonianos con quienes tengo historia fueron Sergio Urrutia, Osvaldo Puccio
(hijo), Sergio Cárdenas, Fulvio Molteni, Manuel Reyes, Antonio González
Yacksic, con quienes conversábamos cosas de este mundo y del otro. Historia
aparte fue nuestro traslado al campo de concentración de Río Chico, una réplica
en miniatura de un campo nazi. No lo podíamos creer. Nunca pensé que eso iba a
suceder en Chile. A treinta años de esos sucesos pienso que nuestro país estaba
enfermo del alma. Yo era un adolescente que adhirió a la causa de los
desposeídos y por eso me castigaban”.
¿De
qué manera influyó la prisión en su poesía?
“Me enseñó a entender el mundo
desde otra perspectiva, aparte de la ideológica. Aprendí que el poder total
distorsiona a los seres humanos y su visión se vuelve reduccionista, excluyente,
y que los dictadores se creen enviados de Dios, de cualquier signo sea la
dictadura y cualquiera sean sus dioses. La poesía me enseñó a ser libre y a
creer en la diversidad. Escribir poesía en un campo de concentración como
Dawson fue escribir un canto de amor en medio de la muerte. La prisión influyó
en mi poesía para darle un carácter más cósmico. Mi libro Dawson es un texto
que se inscribe en el género testimonial, pero al releerlo me di cuenta que
está vigente porque logró atrapar el tiempo, y a una remota isla en el paralelo
53 sur de este mundo”.
Su generación fue importante en el sentido de representar la resistencia contra
la tiranía desde la palabra escrita. ¿Es la poesía (al decir de Gabriel Celaya)
un arma cargada de futuro?
-“La poesía es
poderosa en el sentido de representar los vientos de la historia y de no
sucumbir ante los cantos de sirena del poder de turno. En ese sentido, adquiere
mayor fuerza en su expresión creadora durante los períodos de dictadura, sean
de Izquierda o derecha. Mi generación, junto con salir a las calles a luchar
contra el tirano, mantuvo una actitud ética y de responsabilidad frente a la
palabra escrita. Además, siempre estuvimos cerca de los escritores que se
habían quedado en Chile, como Jorge Teillier, Enrique Lihn, Nicanor Parra,
Miguel Arteche. Estuvimos cuando regresó Gonzalo Rojas, nos acercamos a Manuel
Silva Acevedo, Jaime Quezada, Floridor Pérez, Stella Díaz Varín, Cecilia
Casanova, Edmundo Herrera, Rolando Cárdenas, Miguel Morales Fuentes. Y muchos
otros. Contribuimos a organizar concursos, revistas como La Gota Pura, cuyo
creador fue Ramón Díaz Eterovic y La Castaña, de Jorge Montealegre”.
¿Es tan NN su generación, como generalmente se la califica?
- “Fuimos NN en el
sentido de la marginalidad casi total, sin apoyo del mundo académico ni de
becas ni trabajos públicos. Muchos fuimos dirigentes clandestinos de las
juventudes opositoras a la dictadura. Habíamos estado en las cárceles siendo
muy jóvenes, como Raúl Zurita, Jorge Montealegre, Mauricio Redolés, Heddy
Navarro, Bruno Serrano. Nuestros refugios muchas veces eran la Biblioteca
Nacional y los bares. Eso sí, creo que hicimos un aporte a la literatura
escribiendo desde el miedo, desde el terror con textos que quedarán en la
memoria histórica”.
Usted participó en la Unión de Escritores Jóvenes, de la Sech. ¿Cómo recuerda
esa experiencia?
- “Nosotros fuimos la continuidad de esa experiencia que desarrolló en 1976
Ricardo Wilson (¿qué será de él?). Nos denominamos Colectivo de Escritores
Jóvenes. Los dirigentes fueron Carmen Berenguer, Diego Muñoz, Ramón Díaz
Eterovic, Jorge Montealegre y el suscrito. Me tocó presidir este Colectivo en
1985. Un año antes, organizamos el Primer Encuentro de Escritores Jóvenes de
Chile, en la Sech. Allí, por primera vez y ya con un movimiento político,
social y estudiantil más o menos desarrollado, se muestra a una generación de
creadores que venía desarrollando una enorme labor en las regiones. A este
evento llegaron delegaciones de todo Chile. No sé cómo lo hicimos, pero había
un ambiente bastante ideologizado, fruto de nuestras experiencias; los temas
programáticos tenían que ver con nuestro desarrollo escritural y como telón de
fondo, el retorno a la democracia. Los temas estéticos no fueron relevantes.
Una época dura, sin duda”.
¿Cómo ve hoy a esa generación de escritores? ¿Cuál diría que es su mayor aporte
en el Chile de hoy, literaria y políticamente hablando?
-“Es -somos- una
generación audaz y sin miedo que hoy está disgregada, pero que mantiene siempre
una preocupación por lo social y por la difusión editorial, y un respeto
absoluto por la palabra. Pía Barros es un ejemplo, dirige talleres, editoriales
alternativas, su escritura es de gran calidad. Ya vendrá la hora del análisis,
de los recuentos. Aparecimos casi cerca de los treinta años en el mundo
editorial y todo el mundo nos mira con desconfianza. Los muy jóvenes dicen que
fuimos más comprometidos con lo político que con lo poético, y los viejos nos
miran con sospecha.
Fuimos
dignos de la historia literaria del país; continuamos lo que décadas atrás
realizó la generación del 38 en el ámbito político. Pero fuimos cómplices con
la generación del 50, con Teillier, Lihn, Martín Cerda, y amigos de los
creadores de Tebaida y Trilce. Los contenidos de nuestras propuestas no te los
podría decir, porque estamos en la mejor etapa en lo creativo. Y en lo
político, somos diversos, y eso se nota en el gobierno del presidente Lagos”.
Respecto a los derechos humanos, ¿cree que en Chile habrá verdad y justicia de
manera real?
- “En Chile nunca va a
existir justicia de manera real, eso lo tengo claro. El país está demasiado polarizado y los bandos en pugna
no ceden en sus posiciones, de tal forma que tendrán que desaparecer los
protagonistas para aquietar las pasiones. Pero en los círculos intelectuales y
culturales la pugna va a seguir por mucho tiempo.
Acá hay que tener
claro que esa generación se equivocó. La Izquierda y la derecha. Pero hoy
hablan ambos sectores como héroes. El absurdo total”.
En cuanto a su trabajo, ¿prepara algún libro?
“Terminé la novela
Chayanco que narra historias de la visita de Charles Darwin a Chiloé. Tengo
varios libros de poesía inéditos. Mi vida ha sido y será siempre la poesía”.
Finalmente, ¿cómo recordará estos treinta años en lo personal?
“En paz conmigo mismo. Y a los
torturadores que conozco les deseo lo mismo, pero no sé si podrán dormir. El 11
de septiembre en la mañana, donde quiera que esté, voy a escribir un poema de
amor”
Alejandro Lavquen
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