PELLE URRUTIA

 

 

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Con Sergio Urrutia, El Pelle, nos encontramos en la mañana del día 11 de septiembre de 1973, en los patios de Bahía Catalina, una Base de la Fuerza Aérea de Chile que estaba ubicada en el sector norte de la ciudad al lado del muelle de las embarcaciones que parten diariamente a la capital de Tierra del Fuego. Después de la”bienvenida de rigor” y en completo sigilo nos cortaron el pelo “al cero” y fuimos encerrados en unos barracones custodiados por cabos con metralletas y con la cara embetunada.

 

Pelle era dirigente estudiantil de la Universidad Técnica del Estado e hijo de un General de Carabineros. Su actitud optimista contrastaba con la naturaleza del lugar, ruidos de tanquetas,  disparos, gritos desesperados, vuelos rasantes de aviones, Oficiales con los nervios de punta que escuchaban noticias de la capital del país, ruidos de equipos de comunicación interna, ladridos de perros vagos, órdenes y contraórdenes del personal uniformado.

 

Nuestro celador era un vecino, amigo de mí tía Ester Pérez y mi tío José Oyarzo, un suboficial de apellido Quilodrán, quien me conocía desde niño. Al verme en esas condiciones casi se murió de espanto, pavor, y hasta creo que se orinó en los pantalones.  Dió vuelta la espalda y me miró como suplicando que no delatara nuestra cercanía familiar. El hombre tenía miedo y cuando llegó un Capitán a supervisar la situación se cuadró tan fuerte y con tanta parsimonia que su gesto resultó ridículo, grotesco.

 

El propio Capitán lo miró con desprecio. Hay que tener cuidado,  dijo El Pelle, no sabemos que ocurre aún, pero lo más probable es que nos lleven a un regimiento. Ten cuidado, insistió. Mantengamos los ojos abiertos y la boca callada. Me acordé de mi madre quien siempre decía: “en boca cerrada no entran moscas”. 

 

A las pocas horas nos suben a unos camiones y nos llevan al muelle de los Astilleros y Maestranzas de la Armada (ASMAR) ubicado cerca del regimiento de Infantería de Marina “Cockrane” en el sector sur de Punta Arenas. Cuando llegamos había una larga hilera de prisioneros con la vestimenta raída, ojerosos,  y su desconcierto fue aún mayor cuando  ven bajar de los camiones a este grupo  de personas  “pelados al rape” y con claras señales de tormentos.

 

Parecía que estábamos en un estudio de cine, interpretando a los judíos cuando los trasladaban a Auswitch, sólo que en vez de embarcarnos en trenes nos dirigíamos en fila india por largos corredores donde estaba el muelle  de la armada  donde anclaban torpederas, naves de guerra y una barcaza. Nos instalaron en los comedores y Pelle  dijo que a  lo mejor nos iban a fondear a todos e hizo un gesto con sus manos en la garganta, como diciendo “parece que hasta aquí nomás llegamos”. Afortunadamente no ocurrió así.

Al lado nuestro estaba el Secretario Regional del Mapu (Movimiento de Acción Popular Unitaria) Eduardo Ojeda quien nos dijo que estaba de cumpleaños. “Día de la gran puta” masculló El Chico Ojeda.

 

Ya en Dawson, El Pelle se transformó en una especie de ángel guardián para este poeta.. Pellejo, como le decíamos, cantaba melodías de todo tipo con una guitarra que llegó a sus manos y se preocupaba de mantener la moral en alto de todo el barracón. Instalado en lo alto de las literas interpretaba clásicos andinos y casi siempre “Gracias a  la vida” de Violeta Parra. En realidad, esa canción, a pesar de las circunstancias, nos hacía sentir esperanza y un íntimo deseo de que terminara pronto la pesadilla y que los milicos se fueran al diablo.

 

Pellejo me presentó a William Bedwell, quien era el Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad; un tipo alto, de lentes. Junto al Pelle hacíamos subjetivos análisis de la realidad imperante en Compingin y en el país. Nos reíamos de Peguitas Cortas porque cada vez que nos veía juntos, fijo que nos encomendaba una pega corta, como hacer aseo en los baños de madera instalados junto al río, limpiar la maleza, servir el “rancho” desde unas enormes ollas, ir a buscar leña. Pelle me dijo que seguramente estaban detenido todos los dirigentes estudiantiles de la enseñanza media y deben prepararse para lo peor. No sabemos como viene la mano, si asumirá un nuevo gobierno cívico militar o la Junta instalará una dictadura al largo plazo.

 

Tengo ganas de comer huevos dijo Pellejo y nos acercamos al Peguitas para decirle que teníamos ganas de trabajar en la cocina ese día. El cocinero siempre nos preparaba huevos fritos con café y pan, un verdadero manjar de dioses en esas circunstancias. Ustedes están muy regalones nos dijo El Pegas, seguro que quieren huevos, ya los tengo cachados. Está bien, irán a la cocina pero antes deben lavar sus ropas, porque no van a tener tiempo mañana, acaban de llegar sacos de cebollas, papas, zanahorias y van a trabajar en éso: no se olviden que ustedes dejaron de ser individuos pensantes, nada de hacer caldos de cabeza, ni pensar en política, aquí sólo se trabaja y  reciben órdenes, entendieron?. Sí, mi suboficial. 

 

Una vez que terminamos el lavado, nos esperaba el cabo cocinero con una  sonrisa de oreja a oreja. Así que quieren huevos los lindos, dijo. No sean gueones, no hagan correr la bola que se pasa bien aquí, porque me cagarán, digan que este cabo es un concha de su madre, que la peor gueá es venir a esta cocina y que les hago tragar café hirviendo de puro cabrón que soy.

 

Aristóteles España

Calama, junio 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aristóteles España

Calama, Mayo 2003

 

 

 

 

 

 

 

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