PELLE URRUTIA

Pelle
era dirigente estudiantil de la Universidad Técnica del Estado e hijo de un
General de Carabineros. Su actitud optimista contrastaba con la naturaleza del
lugar, ruidos de tanquetas, disparos,
gritos desesperados, vuelos rasantes de aviones, Oficiales con los nervios de
punta que escuchaban noticias de la capital del país, ruidos de equipos de
comunicación interna, ladridos de perros vagos, órdenes y contraórdenes del
personal uniformado.
Nuestro
celador era un vecino, amigo de mí tía Ester Pérez y mi tío José Oyarzo, un
suboficial de apellido Quilodrán, quien me conocía desde niño. Al verme en esas
condiciones casi se murió de espanto, pavor, y hasta creo que se orinó en los
pantalones. Dió vuelta la espalda y me
miró como suplicando que no delatara nuestra cercanía familiar. El hombre tenía
miedo y cuando llegó un Capitán a supervisar la situación se cuadró tan fuerte
y con tanta parsimonia que su gesto resultó ridículo, grotesco.
El
propio Capitán lo miró con desprecio. Hay que tener cuidado, dijo El Pelle, no sabemos que ocurre aún,
pero lo más probable es que nos lleven a un regimiento. Ten cuidado, insistió.
Mantengamos los ojos abiertos y la boca callada. Me acordé de mi madre quien
siempre decía: “en boca cerrada no entran moscas”.
A las
pocas horas nos suben a unos camiones y nos llevan al muelle de los Astilleros
y Maestranzas de la Armada (ASMAR) ubicado cerca del regimiento de Infantería
de Marina “Cockrane” en el sector sur de Punta Arenas. Cuando llegamos había
una larga hilera de prisioneros con la vestimenta raída, ojerosos, y su desconcierto fue aún mayor cuando ven bajar de los camiones a este grupo de personas
“pelados al rape” y con claras señales de tormentos.
Parecía
que estábamos en un estudio de cine, interpretando a los judíos cuando los
trasladaban a Auswitch, sólo que en vez de embarcarnos en trenes nos dirigíamos
en fila india por largos corredores donde estaba el muelle de la armada donde anclaban torpederas, naves de guerra y una barcaza. Nos
instalaron en los comedores y Pelle
dijo que a lo mejor nos iban a
fondear a todos e hizo un gesto con sus manos en la garganta, como diciendo
“parece que hasta aquí nomás llegamos”. Afortunadamente no ocurrió así.
Al lado nuestro estaba el
Secretario Regional del Mapu (Movimiento de Acción Popular Unitaria) Eduardo
Ojeda quien nos dijo que estaba de cumpleaños. “Día de la gran puta” masculló
El Chico Ojeda.
Ya en
Dawson, El Pelle se transformó en una especie de ángel guardián para este
poeta.. Pellejo, como le decíamos, cantaba melodías de todo tipo con una
guitarra que llegó a sus manos y se preocupaba de mantener la moral en alto de
todo el barracón. Instalado en lo alto de las literas interpretaba clásicos
andinos y casi siempre “Gracias a la
vida” de Violeta Parra. En realidad, esa canción, a pesar de las
circunstancias, nos hacía sentir esperanza y un íntimo deseo de que terminara
pronto la pesadilla y que los milicos se fueran al diablo.
Pellejo
me presentó a William Bedwell, quien era el Presidente de la Federación de
Estudiantes de la Universidad; un tipo alto, de lentes. Junto al Pelle hacíamos
subjetivos análisis de la realidad imperante en Compingin y en el país. Nos
reíamos de Peguitas Cortas porque cada vez que nos veía juntos, fijo que nos
encomendaba una pega corta, como hacer aseo en los baños de madera instalados
junto al río, limpiar la maleza, servir el “rancho” desde unas enormes ollas,
ir a buscar leña. Pelle me dijo que seguramente estaban detenido todos los
dirigentes estudiantiles de la enseñanza media y deben prepararse para lo peor.
No sabemos como viene la mano, si asumirá un nuevo gobierno cívico militar o la
Junta instalará una dictadura al largo plazo.
Tengo ganas de comer huevos dijo
Pellejo y nos acercamos al Peguitas para decirle que teníamos ganas de trabajar
en la cocina ese día. El cocinero siempre nos preparaba huevos fritos con café
y pan, un verdadero manjar de dioses en esas circunstancias. Ustedes están muy
regalones nos dijo El Pegas, seguro que quieren huevos, ya los tengo cachados.
Está bien, irán a la cocina pero antes deben lavar sus ropas, porque no van a
tener tiempo mañana, acaban de llegar sacos de cebollas, papas, zanahorias y
van a trabajar en éso: no se olviden que ustedes dejaron de ser individuos
pensantes, nada de hacer caldos de cabeza, ni pensar en política, aquí sólo se
trabaja y reciben órdenes,
entendieron?. Sí, mi suboficial.
Una vez que terminamos el lavado,
nos esperaba el cabo cocinero con una
sonrisa de oreja a oreja. Así que quieren huevos los lindos, dijo. No
sean gueones, no hagan correr la bola que se pasa bien aquí, porque me cagarán,
digan que este cabo es un concha de su madre, que la peor gueá es venir a esta
cocina y que les hago tragar café hirviendo de puro cabrón que soy.
Aristóteles España
Calama, junio 2003
Aristóteles
España
Calama, Mayo 2003
Crónicas y
Relatos de Aristóteles España
Portada Actualidades Editoriales Fotos PP Índice