PEICOVIC

 

 

---

 

 

 

El año 1987 tuvimos la oportunidad de reencontrarnos con Ernesto  Peicovic en la ciudad de Río Gallegos, Argentina. Habíamos viajado desde Buenos Aires, por encargo de Casa Chile, a consolidar organizaciones chilenas existentes para enfrentar un nuevo escenario: el plebiscito en Chile. Nos encontramos con Peicovic en la calle. Vestía humildemente y sus enormes botas de goma contrastaban con su frágil figura de muchacho formado en la adversidad. Trabajaba como obrero de la construcción, “y de vez en cuando hago algunas changas que me consigue José Díaz, El Pan de Pascua, que trabaja en la Municipalidad y otros amigos”, me dijo.

 

Peicovic, así lo llamaba todo el mundo, fue detenido en su barrio de la Población Carlos Ibáñez del Campo en Punta Arenas en el mes de septiembre de 1973, a los 16 años de edad y acusado de tener explosivos, granadas y un cuantuay fue trasladado al regimiento “Pudeto”, donde fue salvajemente torturado junto a sus amigos y vecinos Hugo “Tula”Miranda (qepd), y José Díaz, super conocido en la prisión como El Pan de Pascua.

 

Con la perspectiva del tiempo resulta increíble como los servicios secretos con tal de justificar su vigencia fabricaban las más increíbles patrañas para  llenar los recintos militares de prisioneros y atemorizar a la población. Peicovic fue acusado de ser un activista poblacional, estudiantil, un cuadro político militar, operador campesino. Era tan ridícula la parafernalia que en la barraca Bravo en Isla Dawson, me dijo un día: “tote, no aguanto más la electricidad y firmo cualquier cosa que me dicen. Si te nombro a ti y a otros compañeros no se enojen, creo que me voy a matar”.

 

En efecto, Peicovic había firmado un documento donde afirmaba que había colaborado en un plan estudiantil para colocar bombas en los colegios y culpar al grupo derechista Patria y Libertad. La debilidad del montaje quedó en evidencia cuando los milicos descubren la escolaridad del Peico y los múltiples oficios que desempeñaba para poder sobrevivir en la más absoluta pobreza de la población Carlos Ibáñez del Campo. Recuerdo que en la barraca Bravo Ernesto Peicovic lo único que deseaba era que le regalemos calcetines, ya que nunca tuvo la oportunidad de usarlos en libertad. Sus  medias blancas de lana chilota eran su único tesoro.

 

Cómo te ha tratado la vida, le pregunté en la ciudad argentina. Mal, respondió. Como no tengo estudios debo vivir de cualquier cosa, hasta anduve caído al litro un tiempo y pasaba metido en los bares. Ahora estoy mejor, pero no quiero volver a Chile. Peicovic estaba derrotado, era un hombre con miedo a vivir en su país por temor a los asesinos. Me mostró sus cicatrices. Con el tiempo, formaban una llaga negra, un tatuaje eterno, un recuerdo indeleble de su paso por las mazmorras. Bebimos una cerveza helada y recordamos a los amigos dispersos en el mundo y a los que vivían en Chile. Pinochet es una mierda, murmuró. Si pudiera lo mataría, pero a veces pienso que no tendría sentido. Lo haríamos más importante.

 

Recuerdo al Peicovic con su camisa verde de la Juventud Socialista marchando por el barrio 18 de septiembre en apoyo a un candidato. En los trabajos voluntarios de su población para rellenar con arena las calles de barro y estiércol, en su vivienda tomando mate, en la sede de la JS en calle República preparándose para pelear con nuestros vecinos del otro lado del río: la Juventud Nacional, los momios cabezas de caca, recordó en ese café de la ciudad de Río Gallegos, y por primera vez lo vi sonreír.

 

Peicovic es un sobreviviente muy particular. Trajina  por el mundo ajeno a la política y al mundo cultural organizado. Es un anarquista a su manera. Con su pelo negro tieso y hacia arriba se parece a un muchacho punk perdido en las nieves del sur del mundo. Pero es Peicovic, un hombre solitario al que partieron la vida en plena adolescencia y no tuvo las herramientas para vencer  la adversidad. Pero estoy vivo, me dijo, y tal vez algún día vuelva a Punta Arenas, a mi barrio de siempre y pueda conseguir una peguita y tener una mujer e hijos y volver cada cierto tiempo a Río Gallegos por que aquí me hice hombre.

 

El Peico me fue a dejar al bus del aeropuerto. Le regalé uno de mis libros de poemas y compré un helado para él.  Desde la ventana observé su rostro curtido por el viento y de repente alzó su puño como en los viejos tiempos y salió corriendo como un niño.

 

 

Aristóteles España

Calama, Mayo 2003

 

 

 

 

 

 

 

---

 

*          Crónicas y Relatos de Aristóteles España

 

*          Nuestras Historias

 

*          Crónicas y Relatos

 

 

 

 

 

---

Portada      Actualidades       Editoriales        Fotos PP      Índice

---