ARMANDO
ULLOA BAHAMONDE

Armando
Ulloa era el Presidente de la Central Unica de
Trabajadores (CUT) de toda la región
patagónica chilena. Era un hombre campesino compenetrado de los ideales de Luis
Emilio Recabarren y Elías Lafferte, sin ninguna duda, aunque sin la preparación
intelectual de ellos.
El
Chico, como le decíamos, era un
tipo carismático, un líder de tomo y lomo. Conocedor de bares, picadas, centros
deportivos y culturales, donde llegaba era un foco de atracción, porque creía
en su proyecto de vida e irradiaba
juventud, alegría y, además, se había dado el gusto de leer las leyes de su
país y siempre estaba presto a defender a los suyos, aunque descuidara a la
familia y a su propio mundo de hijo de
chilotes.
Representó
para el asalariado bajo y medio de esa
región, la posibilidad de conseguir algo justo alguna vez en la vida, me dijo
una noche en el Hotel Savoy cuando fui a buscarlo como dirigente estudiantil
para que pronuncie su discurso del día primero de mayo de 1973, en el Teatro
Municipal. Discrepamos esa noche con el líder. Estaba impregnado de consignas y
la gente quería consolidar la última
etapa del Gobierno Popular. Entramos al
Teatro por bambalinas y al salir nos quedó la sensación de que faltaba algo.
Tal vez un gesto de humildad o cualquier frase que evitara el desastre y la
polarización.
Armando
tuvo en aquel tiempo una gran popularidad e incluso habían sectores del PS que
deseaban plasmar ese liderazgo. Llevarlo al parlamento como otros diputados
campesinos y obreros no era algo difícil. Lo habían sido Efraín Ojeda, Ernesto
Guajardo, Alfredo “Melón Hernández y una pléyade de dirigentes del mundo del
trabajo. Faltó tiempo y la construcción de una plataforma política para
postularlo.
Nos encontramos en el Regimiento “Ojo Bueno” y en el
Hospital Naval de Punta Arenas, los primeros meses de la dictadura. Por todo lo
que él representó para la gente humilde, “los sin voz”, como los llamó la
Iglesia Católica, los uniformados se ensañaron con él. No podían creer que un hombre
proletario, de figura esmirriada físicamente tuviera el poder de convocar a
miles de trabajadores. Fue torturado por gran parte del Alto Mando de lo que
hoy se denomina la Región Militar Austral, y no contentos con éso, tuvieron que
dañarle su oído derecho, sus manos, su pierna izquierda de trabajador.
Nos volvimos a encontrar una tarde de finales de la
década del 70. Había regresado de su relegación en Hualañé, al interior de
Curicó y trabajaba en una carnicería y
en el Empleo Mínimo; plan para desvalidos emergentes, según el Dictador. Hola
compañerito, me dijo, qué has sabido de la gente; es verdad que el Partido
sigue vivo? Vamos tomarnos un vino, le
dije. Y nos encaminamos al bar “El Patito” de la Población 18 de septiembre, su
lar inconfundible. Hablamos de lo humano y lo divino.Me voy a Santiago, le
comenté , era la primavera de 1977. Ojalá nos encontremos algún día. Nos
abrazamos y que nos vaya bien repetimos, casi al unísono.
En marzo de 1990 lo entrevisté para mi libro “El sur
de la memoria”. Quería ser Concejal de una comuna campesina. Tenía el apoyo de
todos sus compañeros sectoriales, menos de la dirigencia de su Partido. Chico,
le dije, estamos en un tiempo distinto.
Te apoyo, pero mi opinión no te sirve.
Después supe que se había suicidado. No soportó el
dolor de sentirse un marginal en un mundo competitivo, con una CUT que era
apenas un remedo de lo que él soñó, con la atomización absoluta del mundo en el
cual pasó sus mejores días y sin posibilidad de conseguir un empleo estable. Armando
pasó en calabozos de regimientos y
cárceles y la dictadura había puesto precio a su cabeza. Nunca quedó claro como
lo detuvieron cuando se alojó en casas de amigos y amigas de sus mismas ideas
en la capital de Chile.
Víctima del Palomo Ortega, del General Manuel
Torres de la Cruz. El primero le provocó una hernia a patada limpia y lo
envió al hospital naval; el segundo, presenciaba los interrogatorios y siempre
le enrostró el discurso que hizo contra él, cuando en los allanamientos del
ejército a Lanera Austral, murió asesinado el obrero Manuel González.
Fue dos o tres veces al hogar de mi familia en la
calle Juan Martínez de Rozas. Allí, junto a unos chapaleles y café con leche le
entregué el periódico clandestino del PS denominado “Unidad y Lucha”, impreso
en tinta negra y roja. Armando se colocó a llorar esa tarde.
Trabajaba en la mina de carbón de Río Turbio, en
Argentina y había regresado porque en
1981 aún habían juicios contra él. Permaneció 41 días en el Centro de
Rehabilitación Vicuña Mackenna en Santiago, hasta que gracias a gestiones del
abogado Hugo Toledo y el Obispo de Magallanes Tomás González Morales pudo ser
liberado. El actual senador por Magallanes Sergio Fernández era Ministro del
Interior y le mandó un recado diciendo que se porte bien, que anduviera con
cuidado porque lo metería preso nuevamente si lo pillaba no acatando el famoso
“receso político”.
Al reencontrarnos el verano de 1984 lo vi contento. Ya
empezaron las Protestas, me dijo, y la gente está perdiendo el miedo. Ahora
hasta antiguos vecinos me han vuelto a saludar: “Cómo estás, Armando, me dicen
y me han pedido disculpas, porque el miedo puchas que es jodido, comentó.
Aristóteles
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Calama,
Abril 2003
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