EL LOCO VALENZUELA

 

 

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El Teniente Alfredo Valenzuela (no sabemos si es su verdadero nombre) se caracterizó durante su paso por el Campamento Río Chico como un tipo bipolar, es decir, de doble personalidad. Podía estar eufórico por la mañana, lleno de planes, locuras, y por la tarde andar deprimido, de mal humor, con la mirada perdida, con las manos temblorosas.

 

Le decíamos “El Loco Valenzuela”; todos los llamábamos a escondidas por ese apodo y sus propios compañeros de arma solían burlarse de sus bravatas y salidas de madre. Es un peligro público dijo un Suboficial de la Armada, puede hacernos volar  en mil pedazos. El Loco Valenzuela solía pasearse por los comedores con una granada en la mano derecha y luego la hacía saltar hacia la izquierda como si fuera una piedra o un muñeco de trapo.   Esa escena demencial se repetía una y otra vez y nos hacía recordar a la película “El Gran Dictador”, de Charles Chaplin, cuando el personaje, una parodia de Hitler jugaba con el globo terráqueo y con sus dos manos elevaba ese artefacto por el salón u oficina.

 

El Loco Valenzuela se creía un ser superior. Estaba por encima del bien y del mal. No se entiende de otra manera su actitud despectiva con sus superiores, su trato distante con la tropa y su odio hacia los prisioneros de guerra, como le gustaba denominarnos. Ustedes son la peor calaña de la especie, solía decirnos a los más jóvenes, ya están contaminados, no tienen salvación. Entró por sus venas la ideología atea, vociferaba, y no tienen otro destino que el exterminio físico.      Espero que las autoridades no se equivoquen y los dejen vivos, porque volverían a las andadas en cinco años y tratarían de derribar a Mi General.

 

El Loco de Mierda solía chuparse los dedos como un tic nervioso y fumaba a escondidas de sus Jefes unos puchos de tabaco negro que tenían olor a sobaco.

Cierta mañana se le ocurre enviar a Francisco Che Márquez,  Presidente de la Federación Campesina 27 de Julio y Director Nacional de la Confederación Campesina e Indígena “Ranquil” a levantar y cortar unos enormes postes de madera, y luego trasladarlos cerca de la Casa de los Oficiales. El calibre de los insultos y patadas no amilanó al dirigente obrero quien, estoicamente, cumplió con la labor encomendada. El Loco Maldito estaba enceguecido de furia y le preguntó si tenía algún entrenamiento militar por su resistencia física. Soy un hombre de trabajo, respondió El Che Márquez, mirando en forma cazurra hacia el sector donde nos encontrábamos un grupo de jóvenes de la barraca Bravo, quienes ordenábamos los “rajones” de leña para el invierno en la bodega de la Casa Grande, como le gustaba decir a Manuel “Asustado” Aguilante, un militante de las JJCC.

 

El Loco bebía grapa en la cocina. Allí tenía su “picada”, en complicidad con un cabo ayudante de cocina que guardaba el brebaje bajo siete llaves. A ver maricón de mierda, solía gritar cuando necesitaba los servicios de alguien, anda a hacer tal cosa, decía, y si lo haces mal me vai a tener que chupar el pico.

A esas alturas del partido, todos estábamos condicionados para recibir órdenes sin chistar, sobre todo si provenían de tipos como el Loco Valenzuela.

 

Memorable fue una intervención de este personaje cuando antes de la realización de un evento cultural organizado por los confinados con autorización del Mando Naval de la Isla, el Loco Valenzuela empezó a hablar de literatura y de música. Con Piquete Figueroa, Guillermo Mell y Carlos González  nos miramos desconcertados porque este Bicho Loco buscaba miradas de aprobación a sus divagaciones carentes de todo sentido. Ustedes creen

que soy ignorante, burros de mierda?, dijo. Se equivocan. Ningún marino o militar puede ser  guéon porque de lo contrario no aguantarían los entrenamientos, entienden? Entendido, mi Teniente, respondimos, y se marchó con su ametralladora debajo del brazo, con destino a la playa del Campamento.

 

A los pocos días se observaron movimientos de tropas, producto del relevo en la custodia. El Loco revisaba a cada uno de los conscriptos que iban llegando con sus bultos y ojos cansados por el viaje. Estos cabros tienen pinta de guerreros, dijo, no como los otros culiaos que se van, y  que tenían porte de putos.

 

Buenos días, conscriptos, gritó El Loquillo. Buenos días,mi Teniente, gritaron aquellos muchachos con un vozarrón que hizo estremecer las barracas y los cerros. De dónde vienen, preguntó; y el que hacía de Primera Antigüedad o algo así, respondió: “De la comuna de San Miguel, de Santiago, mi Teniente”. Putas que soy quemado, gritó, esa comuna es de los hermanos Palestro, puros socialistas y comunistas, capaz que armen un motín aquí, quien fue el desubicado que los mandó a Isla Dawson?”.

 

 

 

Aristóteles España

Calama, abril 2003

 

 

 

 

 

 

 

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