MI SARGENTO, MI SARGENTO

 

 

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Corría el año de gracia de 1974 y nos habían trasladado desde Isla Dawson

al Estadio Fiscal de Punta Arenas.

Cerquita de la calle Enrique Abello, dónde yo vivía. Allí arrendaba una casa a

doscientos metros del estrecho de Magallanes.

Para los que no lo saben, Enrique Abello fue un puntarenense jugador del Colo-Colo. El otro puntarenense que vistió la camiseta alba, años há, fue Mario Galindo.

Habíamos llegado desde Dawson para el consejo de guerra.

Eramos como 12 inculpados del PS.

El Juez Militar, que era un marino, me había dicho con anterioridad, que

a pesar de todo, tenía que condenarme por ser intelectual. No puedo alegar que caí por alcance de nombre, pero había sido recién elegido en un Congreso clandestino para el día del tancazo, del fascista supper, o sea sólo un par de meses antes del golpe nomás.

El campo de concentración estaba a cargo del grupo tigre de la cuarta brigada aérea, aunque no estoy seguro de si era la cuarta o la quinta o lo que fuera.

Y tampoco sé por que habían escogido el nombre de tigres.

En todo caso había otros detenidos de diferentes grupos partidarios, hacinados en los camarines, dónde habían  instalado literas, con un pasillo donde apenas se podía pasar de lado y una altura entre las mismas de 50 cm. Eran como nichos donde había que acomodarse muy bien para poder acostarse.

A nuestra llegada de isla Dawson, en el transporte Aquiles de la armada,

había un comité de recepción integrado por distinguidos personajes del grupo tigre ya mencionado, esperándonos.... 

pa’sacarnos la cresta!

Nunca me habían pegado tanto, ni cuando me cogotearon una vez y me fui en

collera con los cogoteros.

Entre seis o siete valientes tigres nos daban puntapiés, combos y culatazos

por donde cayera.

No me acuerdo bien quiénes iban en el grupo, pero desde luego estaba Custodio

Aguilar, Máximo Parillo, Ché Márquez,  Guillermo Mell, padre del paco Mell de un cuento anterior, Pato Fabas, el Condoro Monsalves (?), el viejo Paillamán, Alvarado (cacheteo ?), el pelao España (?), el flaco Ferrer (?), enfin, no me acuerdo bien. El resto del grupo nos esperaba ya en Pta. Arenas.

Y nosotros estábamos amarrados y vendados los ojos, de otra forma me

habría tirado al mar y me habría llevado un par de tigres conmigo, para ver si sabían nadar.

Enfin! Un par de años antes, recordaba adolorido en el nicho que me habían

asignado, había viajado en el mismo transporte Aquiles, pero en cámara de oficiales y con el ministro Hurgo Trivelli.

No es que yo fuera asesor, conocido, amigo, pariente o funcionario o algo

por el estilo del ministro. Sólo que le había conocido unas semanas antes en el trayecto entre Pto. Aysén y Coihayque.

Había olvidado mis documentos, mi C.I. unos pocos pesos argentinos y

chilenos, en un alto del camino y tuve que bajarme del vehículo que me

transportaba para regresar a buscarlos.

Camino de vuelta con mi mochila a cuestas vi aparecer un jeep Ford bronco

que no me paró.

Detrás venía otro jeep igualito que tampoco me paró.

El tercer jeep, se detuvo y un señor amable me invitó a subir a su lado.

Era el ministro Trivelli.

Luego de las preguntas de rigor, le conté que iba a Chile Chico a vistar el

retén del Tte. Merino, asesinado por los gendarmes argentinos; que siempre que podía viajaba y que esta vez mi destino era Pta. Arenas, que lo que más me había impresionado en mi viaje, respondiendo a una de sus preguntas, había sido una colonia veraniega para niños huérfanos a orillas del Lago Colico, cuyo Director Sr. Quezada, me invitó a compartir con ellos los porotos duros del almuerzo. Eran niños en situación irregular y que habían sido sorprendidos en la calle, robando o haciendo cosas de niños. Y que yo también había sido como ellos aunque

ahora estaba a punto de recibir mi cartón en la U. de Chile.

Enfin, que iba en busca de trabajo a Pta. Arenas, etc. etc.

Llegando al alto del camino en cuestión, en que había perdido mis documentos, me esperaba un mozo con los documentos en la mano.

El ministro me invitó a desayunar pero yo le agradecí cortésmente aduciendo

compromisos ineludibles.

Y en Pta. Arenas, después de recorrer por dos semanas la Patagonia Argentina, encontré nuevamente a mi buen amigo, Hugo Trivelli, quién me consiguió viaje hasta Pto. Montt, en transporte Aquiles de la armada.

Y en eso estaba, recordando mi pasado en el nicho aquel, cuando escuché una

alegre canción de los tigres:

 

"miiiiii sargentooo, miiiiiii sargentooo,

lo venimo'a visitaaaaar,

en día de su santoooooo, lo venimo'a saluaaar".

"miiiiii sargentooo, miiiiiii sargentooo,

lo venimo'a visitaaaaar,

en día de su santoooooo, lo venimo'a saluaaaaar".

 

Siempre había algo que celebrar en el grupo tigre: ora el aniversario del

grupo, fundado para el 11 de Sept. del '73, una semana después el 18 de

Sept., ora el santo del sargento, ora el cumpleaños del tte. o de quien

quiera que fuera. No importaba lo que se celebraba, la cuestión era comer y tomar.

El tenientillo se apellidaba “alliende” y todos le decían el chicho. Fue él

mismo quien, borracho, quiso sacarle los ojos con un fierro a Jaime Arizaga

en una noche mientras dormíamos.

Pero ello no obedecía a ningún resentimiento personal u otra causa. Era

solo un psicópata que cumplía su deber con la patria, la bandera y el

terruño. Era solo la rutina de torturar. Claro que Jaime Arizaga se había quejado

a la Comisión de la Cruz Roja Internacional, que nos daban “tortugas” diariamente.

 

Había varios sargentos y suboficiales. Todos ellos tenían la manía de torturarnos personalmente. Había un suboficial apellidado Henríquez, hermano de la Mónica,

que fuera mi colega química en Paipote. Pero de ello, mejor ni hablar en aquel entonces. El viejo traidor nos sacaba cresta y media cada vez que podía y al final

se despidió con abrazos y besos de los presos.

Había otro llamado marmaduke, quien nos ordenaba siempre cuando estaba de guardia:

 

“Aliiiiiiiiiiiinear!

Viiiiiiiiisssta al frenttttttttt!

Pantalones abajo, bajarrrrrrrrrrrrr!

Calzoncillos abajo, bajarrrrrrrrrrrrr!

Diuca en al mano, presenten arrrrrrrrrrrrr!”

 

Puede parecer ridículo, pero todo lo que digo es absoluta verdad. Si no doy

los apellidos, es para que después no digan que uno habla de más.

Yo no sé lo que buscaba marmaduke.

No creo que haya sido alguna de las cinco mil metralletas soviéticas, que

decían haber detectado como ingresadas clandestinamente por Pto. Natales,

para combatir a los valientes soldados.

 

Luego de presentar armas, nos mandaba a discreción y comenzaba a revisarnos

minusiosamente, uno por uno,  el miembro viril.

Ya me parecía que iba a comenzar a contar: "pito, pito, colorito, dónde

vas.., a la acera verdadera, pin, pon......, Fuera!"

 

Nuestras pobres mujeres agrupadas en mi casa miraban tras las cortinas como gato hacia la carnicería, mientras el gélido aliento del viento antártico reducía nuestra

viril energía a su mínima expresión.

Mis escasos 15 cm. se reducían a la mitad.

 

Era terrible estar en ese campo de concentración.

El hocicón Ramírez, vecino de mi calle pobre en Santiago, me pegaba cuando chico y ahora por esas cosas del destino, continuaba pegándome cuando grande, en Punta Arenas. P’tas, la suertecita!

Claro que me decía por lo bajo que lo hacía pa'aparentar nomás.

"Como sería si lo hicierai en serio hocicón, tal por cual", pensaba yo entre mí.

Pero se portó bien al final conmigo. Fue a visitar mi madre en Stgo. y le llevó una

carta mía y le contó dónde y cómo yo estaba. Era importante, para mi madre saber

que estava como membrillo de colegial, pero vivo.

El hocicón Ramírez, era soldado no más. No tenía grado. El resto eran todos cabos salidos de la escuelita de especialidades de la fuerza aérea.

Una noche de fiesta entre tigres, quedo la pelotera. Se corrieron combos, patás, escupos, de todo. El bochinche, se escuchaba en toda la cuadra.

El hocicón Ramíres, me contó que la fiesta estaba en lo mejor y cuando estaban todos curados se pusieron a bailar entre tigres y tigresas. Y que un cabo curado como tagua no aceptó que el sargento le sacara a bailar a su pareja, sólo porque tenía más grado y allí mismo se armó la pelotera. Vaya uno a saber…!

 

Pasaba y pasaba el tiempo y del mentado consejo de guerra, nada.

El fiscal militar, el burro Alvarez, vendía la rebaja de sentencias a buen

precio.

A mi mujer le pedía ya no sé cuánto, por dejarme libre.

Yo le dije absolutamente que no!

Nada! Ni un centavo!

Y a la ya precaria situación emocional se sumaba el problema de que mi mujer pensaba ahora que yo no quería quedar en libertad.

Libertad para que........?!

Para que me peguen un balazo a quemarropa en la calle.........?

No! En ese caso me arranco. Es mejor que me baleen en intento de fuga.....

Bueno el hecho es que no hubo consejo de guerra.

 

Y nos regresaron a Dawson, siempre en la sentina del transporte Aquiles.

 

En isla Dawson ya no quedaban presos. Nosotros éramos los últimos y nos

trasladaron a la barraca alfa, con vista al mar. Sólo el Pato Fabas y yo

éramos los que podíamos salir a hacer leña y cuidar de los Cros. que por

uno u otro motivo no estaban en condiciones de trabajar.

Después de un par de meses, cerramos el campo de concentración río chico, frente a Bahía Inútil en Isla Dawson, apagamos la luz, cerramos la puerta y nos fuimos de regreso a Pta. Arenas, siempre en el transporte Aquiles, al prolongado consejo de guerra.

 

El burro Alvarez había sido substituido por un tal beitía de la marina y los tigres no nos podían torturar mucho esta vez porque  debíamos comparecer ante los jabalíes del consejo. Tenían que aguantar las ganas.

 

Durante el consejo los chanchos llenos de entorchados y medallas se tiraban

un yastá unos a otros, después de una noche de juerga, pero no eran

capaces de mirar frente a frente. Miraban siempre por lo bajo. El pdte. del

consejo era un viejo chico con una capa como la del Chapulín Colorado, de bigotillo y que venía llegando de los eeuu.

 

Bueno! Todos fuimos condenados. Cual mas cual menos. Y el juez militar, el

chancho torres de la cruz, no contento con mi condena, la aumentó en dos

años más.

 

El problema es que una vez condenados, los tigres maricones se sacaron las

ganas contenidas con nosotros.

 

Apenas habíamos llegado de vuelta del consejo de guerra, bien vestiditos y de corbata, cuando marmaduke me tiró una patada derechito a mis genitales al romper filas, antes de entrar al camarín dónde pasábamos la mayor parte del día confinados.

Yo le alcancé a hacer el quite, pero me cazó en el aire el cabo palomo con un

culatazo en la espalda y caí redondito al suelo, como saco de plomo.

A los pocos minutos tenía una joroba y parecía camello.

Felizmente había salvado mis genitales, pensaba yo...., pero.......,

no..... podía mover las piernas.

El cabo palomo era infalible al pegar culatazos. También le había dado al viejo Riesco (Serafin) un culatazo en la columna y quedó lisiado.

Salió libre hacia Bélgica, sin ser condenado, pero en silla de ruedas.

Era encargado de las comunicaciones del Comité Regional y el nombre en clave

de Pta. Arenas, que era estrictamente secreto y conocido sólo por muy pocos era “Serafin”.

Cuando pasaba ante nosotros, cual más, cual menos, le decía en un susurro: “Serafín”, “Serafín”, a sus espaldas, pa’asustarlo y reírse un poco.

 

Pero yo..., bueno yo, yacía en mi litera sin mover las piernas. Felizmente

no me habían alcanzado en mis genitales me consolaba a mi mismo.

En mi nicho, sin poder mover las piernas, en la obscuridad, recordaba un

poco la historia de Chile que la burguesía y los milicos de chile han hecho

miserable.

Recordaba la nacionalización del salitre hecha por Balmaceda, también

derrocado y con guerra civil provocada por la derecha y el viaje de la escuadra nacional a tomarse las salitreras para proteger los intereses de los ingleses.

Recordaba los trabajadores del salitre encerrados en la Esc. Santa María de Iquique y pasados a bala, sólo por pretender una vida digna y justa. El canalla a

cargo de los milicos era entonces el coronel zabala. Y enfin, tantas otras

matanzas, Ranquil, La Coruña, de las cuales nunca mas se tuvo memoria.

Los traidores de las fuerzas armadas chilenas siempre fueron iguales.

Siempre protegieron intereses extranjeros, por un plato de lentejas mal pasadas, frente a los intereses de sus hermanos obreros. La historia de chile es miserable, no por su pueblo sino por los militares.

 

"miiiiii tenienteeee, miiiiiii tenienteeeee,

lo venimo'a visitaaaaar,

en día de su santoooooo, lo venimo'a saluaaar".

"miiiiii tenienteee, miiiiiii tenienteeeeeeee,

lo venimo'a visitaaaaar,

en día de su santoooooo, lo venimo'a saluaaaaar".

 

A medida que mi joroba de camello disminuía, aumentaba una tercera bola

en la zona inguinal derecha, al lado del que te dije.

El matasano de la fach que me había examinado por la joroba de la espalda,

me había mandado al hospital naval, pero aparte del la terapia del "sana, sana, potito de rana.......", no me habían dado remedio alguno.

 

En aquella época el sueño de todo preso era ir a parar al hospital porque

no había torturas, o, a la cárcel pública donde tampoco había torturas.

Ahora parece algo de locos, el nivel de degradación humana que habíamos

alcanzado.

 

Bueno!, para hacer corto el cuento, una noche me puse a hacer flexiones

entre dos literas hasta que la bola inguinal se dilató tanto que tuvieron

que llevarme de urgencia al hospital naval y me dejaron allá para operarme

de urgencia.

La tenienta que me afeito, la parte afectada, me dijo que no era necesario

presentarle armas.

Y allí me quedé. En el hospital.

Estaban también Valderrama, reponiéndose de un infarto a corazón, quien

de regreso en Valparaíso murió al pié del cañón de su buquecito marinero vendiendo el maní confitado para ganarse el pan de cada día y dejó este mundo para vender ilusiones de justicia en el más allá.

Pero murió al pié del cañón!

 

Del hospital me llevaron a los infantes de marina del Cochrane, dónde ya había pasado una temporada y de allí a la cárcel pública.

 

Muchos años después, supe que habían baleado por celos al marmaduke.

Lo habían encontrado en otros brazos.

Y lo dejaron sin siquiera ponerle una rosa en el orificio como manda el

ritual en estos casos.

 

"miiiiii sargentooo, miiiiiii sargentooo,

lo venimo'a visitaaaaar,

en día de su santoooooo, lo venimo'a saluaaaaar".

 

(c) 1998 r.p. cáceres vidal

 

atte. charly7

 

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