EL COMPAÑERO DE SANTIAGO
Alejandro Ferrer

a Doña Carmela y Don Coqui
pero de cada niño
muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
Pablo Neruda,
España en el corazón
La
noche anterior había tenido un sueño premonitorio: en un callejón
desconocido ardía inexplicablemente un libro de tapas oscuras junto a unos
cajones de manzanas vacíos. La llovizna fina y persistente apagaba las llamas y
el humo no me permitía leer el título. Insistí en mi propósito sólo para
comprobar que se habían borrado las letras; sin embargo, con dificultad pude
distinguir un par de consonantes flotando en el vértice del libro. Un grotesco
ruido a la puerta de la celda interrumpió mi angustia, y aunque era el
día de nuestra sentencia, tuve el ánimo de mencionar el sueño a mi compañero.
-Soñar con libros quemados es mala
suerte -me dijo con una sonrisa
desganada que reflejaba el infausto día que teníamos por delante.
A media tarde, con la boca seca y el
estómago endurecido, frente al fiscal
acusador que leía mi condena escrita en lenguaje babélico, pude
distinguir a los lejos la hoja número
365 que al tenor de lo que escuchaba, daría conmigo en uno de los lugares más
remotos del país por los próximos cinco años.
Lo más penoso de mi relegación no fue
lo alejado de aquel pueblo ni el
constante asedio a que me sometió la autoridad, sino la dificultad en comunicarme con sus habitantes: mi presencia
allí era motivo de suspicacia y temor,
y desde el principio la gente me evitaba a pesar de mis intentos por ser
aceptado. Creo que fue en aquella época cuando adquirí la costumbre de hablar
solo.
Comencé a vivir mi destierro cerca de
la playa -allí todo estaba cerca de la
playa-, en una pequeña habitación de paredes descascarilladas, aunque con suficiente espacio para mis pertenencias:
una maleta de cartón, un catre
desvencijado y un par de libros que habría de leer y releer hasta el
cansancio. Como el tiempo era lo único que me sobraba, recordando mis experiencias en la cárcel, consumí largas
horas embelleciendo aquel cuartucho con dibujos de barcos, montañas y árboles,
y al cabo de un tiempo, a pesar de mi pobreza, mi hogar adquirió cierta
dignidad de la cual me sentí orgulloso.
El poco dinero que tenía
se me iba en una miserable cantina que se
transformó en el lugar natural para gastar las noches húmedas de mi
condena. Fue allí donde yo -párpados caídos
y lengua traposa- revivía vociferando mis
infortunios. Se podría decir que entre cumbias rayadas y boleros de
Lucho
Barrios, cubierto de humo y rodeado de sedientos, encontré la posibilidad
de recuperar mi individualidad perdida
en mazmorras carcelarias o mamotretos leguleyos.
Los parroquianos me
miraban con temor y muchos se marchaban sin decir palabra. De vez en cuando, uno que otro me prestaba su mirada
vidriosa o sus gestos incoherentes a
cambio de una historia mal contada o de un dibujo improvisado en el borde de una servilleta; pero en general, la
mayoría me ignoraba o no se arriesgaba
a acercarse. Entonces, molesto, levantaba la voz, exageraba mis gestos y,
conminado a abandonar el lugar, me marchaba riendo sarcásticamente.
Sin embargo, un día
alguien muy diferente se me acercó por detrás y me tomó del brazo con firmeza:
-Tenga cuidado con lo que dice -me dijo con
voz suave y profunda-. No olvide usted
lo que pasó con el compañero de Santiago.
Miré asombrado a aquel hombre que sin esperar respuesta caminó
hacia la puerta y salió; intenté decirle algo, pero él no se detuvo ni
contestó.
Durante los días en que
infructuosamente lo busqué, sus palabras siguieron dándome vueltas en la
cabeza. Aquel encuentro había desatado mi curiosidad a tal extremo que me era imprescindible
encontrarlo. Hasta ese momento mis
conversaciones con otros habían sido triviales, sobre cosas sin
importancia; en cambio, las
advertencias de ese hombre constituían la primera muestra fraterna de mi
destierro. Por fin, cuando menos lo esperaba, estando yo una mañana en el
muelle, sentí sus codos a escasos centímetros de los míos.
-Esta conversación
puede ser peligrosa para ambos -me dijo sin siquiera mirarme de reojo-, pero cumplo con el deber de aconsejarle
discreción; si ellos lo escuchan no
tendrán piedad con usted.
-Pero yo ya estoy
condenado -murmuré-. ¿Qué más podrían hacerme?
-Aún podrían hacerle
muchísimo más daño del que usted cree. Nunca se confíe.
-¿Quién es el compañero de Santiago? -aproveché a preguntarle.
-Era de los nuestros
-respondió dando énfasis al verbo y esbozando una sonrisa amable se marchó.
Me quedé en la playa
observando a los pescadores descalzos, con sus
pantalones oscuros arremangados, que extendían sus buzos al sol
mientras otros coreaban sus productos o
atracaban las chalupas al malecón. Algunas
mujeres, vestidas de negro como si fuesen viudas, compraban mariscos o
pescados que guardaban en cestas de mimbre y regresaban a sus casas seguidas
por niños sin zapatos, aunque alegres.
Aquella noche
permanecí en mi habitación tratando de reconstruir cada instante de
nuestro breve encuentro. Medí y pesé al revés y al derecho sus palabras, y
finalmente tuve la impresión de estar viviendo una pesadilla. No obstante el
sentimiento de paz y tranquilidad que a primera vista proyectaba aquel
villorrio, algo siniestro y absurdo se traslucía ahora con más nitidez. Las
casitas juguetonas, cubiertas con lentejuelas de alerce de color grisáceo por
la acción de la lluvia y adornadas por indiferentes jotes apostados sobre sus
tejados, habían perdido su inocencia inicial. El ambiente era desolador y por
primera vez me sentí desamparado...
Volví a la cantina; bebí
y grité mi soledad de paria, de hombre perseguido, de víctima. Sólo el alcohol
era capaz de devolverme el valor que tanta falta me hacía, y por breves
momentos, al ir borrando del calendario los días cumplidos de mi condena,
recuperaba la esperanza.
Una noche cualquiera,
cuando menos lo esperaba, vi una vez más a aquel hombre. Noté que caminaba con
lentitud hacia mi, mirándome directamente a los ojos:
-Alguien quiere verlo -me dijo-. Me atreví a
decirle que usted vendría conmigo.
Aunque el riesgo de
caminar de noche era enorme, sin preguntas seguí a mi compañero por las calles
empinadas del pueblo. Al cabo de mucho andar, me pareció distinguir la silueta
de una mujer que nos esperaba, sigilosa, en la puerta de su casa.
-Señor -me dijo mientras entrábamos-, necesito su ayuda. ¿Es
usted artista?
-Puedo dibujar, señora
-contesté asombrado de lo rápido que corrían las noticias en aquel lugar.
La mujer extendió una pequeña fotografía un tanto estropeada
y amarillenta. Pude ver la imagen de un
muchacho alegre con el cabello sobre la
frente, sujetando sus libros y apoyado a un enorme árbol.
-Era mi hijo, señor -dijo al cabo de un
rato.
-¿Su hijo?
-Es todo lo que ha quedado de
él. Si usted pudiera hacerme un dibujo...
No pudo continuar;
tenía una mirada triste y profunda, y cuando clavó sus ojos en mí supe -como
nunca antes-, de desesperación y dulzura, de amor y odio, de esperanza, de
madre en definitiva.
Dediqué el resto de la
noche a mirar aquella fotografía; era pequeña, demasiado pequeña, pero de
alguna manera logré internarme en el rostro del muchacho, con su nariz firme y
sus pómulos altos, cuya agresividad era disimulada por ese pelo sobre la frente
y su sonrisa casi infantil. Absorto
como me encontraba, no escuché un extraño ruido en mi puerta, ni tampoco supe
en qué momento me quedé profundamente dormido. Pero a la mañana siguiente
cuando, como de costumbre, traté de bajar a la playa para ver a los pescadores
en su faena, una misteriosa caja con mi nombre me impidió el paso. Contenía
paquetes de alimentos, frutas, leche, y lo más importante: lápices, papel,
gomas y algunas reglas. Tuve la impresión que mi existencia comenzaba a tener
sentido. El destino había puesto en mis manos la posibilidad de recrear -aunque
ilusoriamente- un hijo a una mujer desesperada.
Mi habitación tenía el
privilegio de una ventana al mar y a través de ella, mientras comía apresurado,
pude notar por primera vez la belleza de la bahía de aquel pueblo y de su
gente; hasta aquellos pajarracos negros sobre los tejados, ayer príncipes
diabólicos, hoy se me ofrecían hermosos y dignos.
Limpié como pude el cajón que hacía las
veces de mesa y me senté a dibujar. Medí sus ojos claros, la boca sonriente que
permitía ver algunos milímetros de sus dientes, aunque por el tamaño de la
fotografía sólo se trataba de una insinuación; medí el contorno y finalmente
cuadriculé el papel blanco para
asegurarme de captar sin errores las proporciones del rostro.
Delineé los ojos para
poder llegar a través de este punto de referencia al lugar exacto de la boca.
Pensé que era imperioso hacerlo rápido y bien.
Por un instante me sentí
artista, algo así como una pequeña divinidad en aquella isla casi mitológica.
Bajé el lápiz con mucho cuidado hacia el centro del papel y lancé dos o tres
líneas apenas perceptibles; agregué otras tantas arriba y a los lados y cargué
la mano ahora con mas resolución. Alejé el
dibujo, lo observé detenidamente y lo comparé con la fotografía; me pareció
haber capturado su candidez inicial. Fue en ese momento cuando noté aquel
movimiento en sus labios.
Incrédulo, me acerqué al
dibujo y sólo pude ver unas líneas prometedoras pero sin sentido aún. Culpé a
la falta de luz o al cansancio de todo un día de trabajo. Afuera el viento
norte arreciaba y tenía a todos los botes con la proa apuntando hacia mi
ventana. El cielo se oscureció y después comenzó a llover a torrentes.
Encendí la vela y
continué trabajando. Los ojos y la boca parecían astros sin sentido flotando en
el universo blanco del papel. Esbocé rápidamente la base de la nariz y fui
hacia arriba para rematar con suavidad a la altura de las cejas. Fue entonces
cuando salí de dudas: el muchacho movió las líneas de
sus labios...
-Miedo -creí haber escuchado.
-¿Miedo? -pregunté sin apartar mi vista
de su boca.
- Me fusilaron, señor.
-¿Te fusilaron?
-Tuve mucho miedo en los momentos
finales -agregó sin responderme.
-¿Cuántos años tienes?
-pregunté incrédulo.
-Tenía 16 años, casi 17.
-No puede ser; no se
fusila a los niños -dije sin querer aceptar la realidad que se me revelaba.
Tomé con resolución el lápiz; casi frenético daba líneas enérgicas y
aparecieron de pronto sus cabellos que parecían una cascada de aguas oscuras;
luego el contorno del rostro, el cuello. Era tarde y estaba cansado, pero ya no
podría detenerme hasta terminar mi trabajo. Seguí escuchando con atención.
-Estaba en la escuela
cuando llegó la carta del fiscal. Todos pensaban que sólo sería para alguna
declaración sin mayor importancia -continuó diciendo el muchacho.
-¿Cómo te llamas?
-pregunté interrumpiéndole.
-Todos me conocen como el compañero de
Santiago.
Recordé en ese momento
las advertencias de aquel hombre en la cantina, mientras de mi lápiz comenzaba
a nacer un roble frondoso sobre el cual se apoyaba la figura.
-Mi propio maestro me dijo que debía
presentarme tranquilo al fiscal: "Si fuese algo grave, vendrían por ti
en lugar de enviarte una carta".
Me sentí incapaz de decir algo. La
lluvia golpeaba con fuerza en mi ventana y el viento se filtraba por los cuatro
costados de mi habitación.
Noté que tenía las manos empapadas de sudor. Como pude me sequé y encendí un
cigarrillo.
-Todo fue en cosa de tres días. En la tarde del último -agregó-,
cuando nos leyeron la sentencia, sentí que las piernas no me pertenecían. Era
todo tan absurdo que no me resignaba a aceptarlo. Mi madre le rogó tanto;
llorando se abrazó a las piernas del fiscal y le juró que me tendría en casa
para
siempre; que no me fusilaran, que no me dejaría salir nunca a la calle... Yo
era su único hijo.
Sus labios dejaron de
moverse y yo quedé en silencio con la mirada perdida en la oscuridad de
la pieza, mientras la llama de la vela se movía haciendo bailar las sombras de
las cosas. Después de un largo rato nuevamente me pareció escuchar su voz:
-Me llevaron por un
callejón oscuro; mientras caminábamos pude ver un libro de tapas gruesas
quemándose, pero me fue imposible leer el título. Recuerdo al tipo aquel
caminando detrás mío y respirando agitado. Dimos unos pasos más y de pronto
sentí un golpe seco y muy fuerte en la nuca; al
principio creí que me había dado con un palo, pero al caer pude ver de reojo la
pistola humeando en su mano. Cuando comprendí lo que estaba pasando, recuerdo
haber visto un fogonazo y casi al instante una calma profunda.
-¿De qué te acusaban?
-Qué
importa. Fui la cuota designada para este pueblo. Me eligieron por ser foráneo;
eso les facilitó las cosas.
-¿Cómo es la vida en la muerte? -le pregunté, pero no recuerdo
su respuesta.
Desperté con la cabeza
apoyada sobre el dibujo. La luz entraba victoriosa de su batalla contra la
lluvia y la noche, iluminando la sonrisa multiplicada y fresca del muchacho.
Borré las líneas innecesarias y satisfecho pude observar una vez más a mi
compañero, cuya sonrisa me contagiaba.
-Señora -le dije a la
madre-, aquí lo tiene.
-Parece que estuviese vivo -me
respondió ella derramando una lágrima reservada.
-Está vivo -creo
haberle dicho mientras caminaba mirando sin atención los sargazos enredados en
los restos de aquellos palafitos.
El día en que partí
definitivamente, los ojos cómplices de una madre estaban allí,
despidiéndome en silencio hasta que el vehículo se perdió en los polvorientos
caminos de un verano que comenzaba auspicioso en el sur de Chile.
Alejandro
Ferrer

Chicago,
1984
Crónicas, relatos y cuentos de A
Ferrer
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