De héroes callados
Manuel Luis Rodríguez

De lealtades y heroísmos estoy hablando...
No era fácil ser héroe por aquel entonces. Nunca lo ha sido. Cualquier “engalonado”
podía dispararte un tiro y “no le salía ni por curado”. Un compañero detenido me preguntó un día con
crudo realismo mientras caminábamos por isla Dawson: ¿sabe usted
compañero, porqué estamos vivos? No, le
contesté. Simplemente porque no nos han matado, me respondió y seguimos
caminando en silencio...
No era fácil ser héroe por aquel entonces.
El heroísmo requiere de una pasta humana especial, que
no se da frecuentemente y que discurre por senderos imprevisibles y
generalmente desconocidos.
El golpe militar del 11 de septiembre de 1973, instaló
en Chile una brutal dictadura que, después de una larga planificación comenzada
en octubre de 1972, se dio a la poco honrosa tarea de perseguir, detener,
fichar, interrogar, torturar y asesinar a miles y miles de dirigentes políticos
y sociales partidarios de la Unidad Popular.
En Magallanes, mientras algunos dirigentes partidarios y sociales se
presentaron en los cuarteles militares a partir del 12 de septiembre, ya desde
la noche del martes 11, se abrieron los cuarteles y unidades castrenses como
cárceles y centros de tortura, para decenas y decenas de líderes populares y
militantes de izquierda.
Una noche pesada de silencio, de terror y de muerte,
se instaló en todo el país y en Magallanes.
La tarde del viernes 14 de septiembre, algunas mujeres
de detenidos políticos en algunos regimientos de Punta Arenas, fueron hasta la
casa del recién nombrado Obispo de Punta Arenas, el salesiano Tomás González
Morales, situada en Balmaceda y 21 de Mayo y pidieron ser escuchadas. Algunas de ellas, también en un gesto de
valentía y de desesperación, fueron a intentar conversar con el sacerdote
Alejandro Goic ese mismo día, quién junto con darles aliento y fortaleza, les
indicó que debían hablar con el Obispo.
Dos días más tarde, Tomás González y Alejandro Goic se
reunieron y delinearon las primeras medidas a tomar frente a la situación
imperante: las instrucciones del Cardenal Raúl Silva Henríquez eran de abrir
las puertas a las víctimas y sus familiares, y para ello se había constituido
en Santiago el Comité ProPaz. Las
instrucciones de Tomás fueron muy simples: abrir las puertas y los corazones
a las víctimas, porque son seres humanos.
Pocos días después de Fiestas Patrias, en la Parroquia
Catedral se constituyó modestamente, casi improvisada una oficina, donde
llegaban las esposas, padres, hijos y otros familiares de los detenidos, siendo
atendidos por el propio sacerdote Alejandro Goic, o por el pastor Arnoldo Soto
de la Iglesia Salvacionista y algunos pocos colaboradores. Así nació el Comité ProPaz en Punta
Arenas.
Recogían toda la
información que podían sobre los detenidos, sus lugares de reclusión y
estado de salud, y daban aliento y alguna ayuda material a sus familiares,
además de la invaluable solidaridad moral.
La Iglesia Católica de Punta Arenas, por lo menos la
mayoría de sus sacerdotes, siguieron la senda indicada por su Obispo Tomás
González desde septiembre y octubre de 1973: ayudar a las víctimas de la
represión militar, sin importar su identidad política o ideológica, y siempre
en nombre de la doctrina de los Derechos Humanos y de la
supremacía
indiscutible e inalienable del ser humano.
La identidad a favor de los Derechos Humanos, por
parte de Tomás González se originaba en aquel entonces, en una sólida formación
filosófica y moral, que lo inscribía directamente como pastor y como ser
humano, en la línea teológica y eclesiástica de inspiración proveniente del
Cardenal Raúl Silva Henríquez.
Nuestras esposas, compañeras y familiares poco a poco
nos fueron informando de los contactos que hacían en el Comité Pro-Paz a favor
de cada uno de nosotros. Cada católico
detenido que escribió alguna carta a Tomás González, desde algún regimiento de
Punta Arenas o desde el campo de concentración de Isla Dawson, siempre
recibió su respuesta de aliento y de esperanza.
¿Es hoy necesario recordar aquellos
días sombríos y aquellos gestos heroicos de Tomás?
¿Es acaso necesario recordar esa multitud entusiasta
llenando la catedral de Punta Arenas en la noche de un 4 de septiembre de 1983,
coreando: “Tomás, amigo, el pueblo está contigo!”, al término de una misa de
homenaje al Presidente Salvador Allende, mientras afuera, en la plaza Muñoz
Gamero, las fuerzas policiales esperaban con sus fusiles cargados de bombas
lacrimógenas?
¿Es hoy necesario recordar aquellos días sombríos?
Si, creo que es necesario, aquí y ahora, en este Punta
Arenas del invierno del 2004, porque en estas semanas y meses, cuando Tomás
González obispo, ha sido sucesivamente cuestionado, acusado y atacado por solidarizar con un hermano suyo, pocos
tuvieron el coraje de recordar y solidarizar lealmente con el héroe callado de
1973, que ha sabido permanecer fiel a sus valores y su ética de los Derechos
Humanos hasta el día de hoy.
Mientras Tomás González, acusado y sometido a juicio,
camina todavía por las calles de Punta Arenas y ostenta en silencio su antigua
fama de “obispo rojo”, después de haber recorrido países y ciudades,
brindando apoyo a los miles de chilenos que hubieron de salir al exilio o
sufrieron la detención y la tortura, pocos han sido lo que han dicho en voz
alta su adhesión con el golpeado cura que algún día nos brindó solidaridad y
aliento.
De lealtades y heroísmos estoy hablando...
Manuel Luis Rodríguez U.

Punta Arenas (Magallanes), julio de 2004
Ø
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de Manuel Rodríguez
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