¿PATRIA GRANDE O PATRIAS CHICAS?

Manuel Luis Rodríguez

 

 

A todos los intelectuales de izquierda, nos mueve y nos conmueve profundamente la poderosa idea de la “Patria Grande”.  Ese concepto contiene nociones sentimentales ideológicas, que pueden retrotraernos hasta Simón Bolívar, hasta José Martí, hasta Ernesto Che Guevara, hasta Salvador Allende y, en general, hacia toda una larga historia de reivindicación de la idea de que todos los americanos pertenecemos a una misma patria común y compartida.

 

La persistente reivindicación boliviana de una salida soberana al mar, probablemente pudiera formar parte de esta idea de que debe existir entre los latinoamericanos un principio de solidaridad común entre los pueblos, principio que se ve pulverizado cuando vemos a esos mismos pueblos y a esos mismos hermanos bolivianos quemando banderas chilenas, insultando a nuestros con-nacionales en calles y plazas y proclamando un odio nacional alimentado desde la infancia de las aulas.

 

Pero, ¿cuándo hablamos de la reivindicación boliviana de salida al mar, nos referimos a la Patria Grande o solamente a nuestras patrias chicas? Parece ser que es solo a cada patria chica, porque finalmente el tamaño y el destino de las patrias no está en la geografía ni en los territorios, sino en la mente de las personas.

 

Detrás de las innumerables manifestaciones públicas a favor de la salida marítima para Bolivia –que hemos visto repetirse en este año 2004, precisamente porque se cumplen 100 años del tratado respectivo- parece subyacer la idea que los chilenos o Chile son los culpables  históricos que Bolivia esté en su actual situación de subdesarrollo.

 

Lo perverso consiste en asociar subdesarrollo con enclaustramiento territorial.  Se trata de dos problemas distintos y no necesariamente

vinculados.

 

Si no, alguien tendría que explicar los casos de Hungría, de Austria, de Afganistán, de la República Checa, de Eslovaquia, de Suiza, cuya situación de mediterraneidad no obsta para que tengan niveles de desarrollo superiores al de Bolivia.

 

          Compartiendo la idea de que quienes han mantenido sumida en su atraso a Bolivia ha sido su oligarquía casera aliada con el imperio estadounidense, resulta evidente que la salida no está por el mar sino por la vía de la integración y el dialogo, a lo mejor incluso comenzando por el diálogo entre los pueblos, antes que los diplomáticos intenten conjugar sus propias y respectivas estupideces congénitas.

 

El subdesarrollo de Bolivia no se debe a su enclaustramiento territorial, sino a la forma depredadora y voraz como ese país ha sido gobernado por oligarcas del estaño, por transnacionales del gas y la energía, por clanes de la coca y el tráfico y por militares golpistas y corruptos.  No olvidemos que en la historia moderna de Bolivia hay más golpes de Estado que años de independencia.

 

¿Era Bolivia acaso un país moderno y avanzado en América del Sur, antes de 1879?  La respuesta es un NO impresionante y allí está la historia para corroborarlo.

 

El actual Presidente de Bolivia –decimos actual, porque no sabemos quién gobernará allí en seis meses más- ha sacado a lustre el tema de la reivindicación marítima precisamente en este año 2004, como un valioso argumento de escapatoria frente a la inestabilidad social que amenaza su permanencia en el gobierno. La medida adicional de vender gas a Argentina, con el encargo expreso de que no se entregue ni una molécula de ese gas a Chile, refleja precisamente que, en su forma actual, la reivindicación territorial boliviana, solo es una forma de poner fuera de Bolivia, un problema interno de inestabilidad e ingobernabilidad.

 

Resulta también evidente en la historia de América Latina que por cada soldado inteligente, hay un diplomático limítrofe, del mismo modo que por cada general imbécil, hay diez embajadores estúpidos.  No es posible entender cómo se les ocurrió a los diplomáticos chilenos firmar un tratado bilateral en 1904 según el cual, para ceder territorios había que consultarle al tercer país: algo así como que los diplomáticos borraron con su codo, lo que los soldados escribieron con su sangre.

 

En este contexto, el patriotismo -si es que se le puede denominar así a ese sentimiento realmente existente- no es propiedad de ninguna ideología ni de ninguna corriente política.  Otra cosa es que la derecha y la oligarquía se han apropiado históricamente del discurso patriótico y nacionalista, dejando a las izquierdas con una especie de internacionalismo fofo que convence a una elite pero no a los pueblos.

 

En la postura chilena actual frente al tema de la reivindicación marítima boliviana no hay ni colonización mental ni soberbia autosuficiente. Seguimos siendo un pequeño país subdesarrollado ubicado en la periferia del sistema global, como para que la arrogancia de los emprendedores chilenitos se generalice a todos nuestros conciudadanos; otra cosa es que la Historia se escribió así, la historia la hacen los pueblos como dijo el Presidente Allende, y esa es la historia con la que tenemos que trabajar.

 

De que las oligarquías usan la retórica patriotera en provecho propio, mientras el roto, el cholo y el paisano ponen la carne de cañón de las guerras, eso está más que sabido.  Ojo sin embargo, con el fenómeno nacionalista! los nacionalismos -más allá de sus aprovechamientos políticos y económicos- son corrientes profundas que viven y perviven en el fondo subconsciente de los pueblos y los intelectuales y líderes de izquierda debemos ser capaces de dirigir esa corriente hacia la defensa y promoción de

los recursos naturales propios, a optar por políticas industrializadoras, a preferir el producto nacional frente al producto importado, pero mientras tanto, los gobiernos latinoamericanos supuestamente de izquierda o progresistas de este principio del siglo XXI, abre la puerta de par en par a las empresas extranjeras, a la inversión foránea, a los símbolos, ídolos y la cultura anglosajona y hasta a la mano de obra extranjera, no importa que desvasten y  hagan mierda la industria nacional...

 

Pensando en voz alta, es posible pensar que si a fines de 1978, frente a las presiones militares de los golpistas argentinos, y hubiese estado gobernando Chile nuestro Presidente Salvador Allende (imaginémoslo por un instante reelegido en las presidenciales del 1976...) reelegido en las presidenciales del 1976... habría hecho exactamente lo mismo que tuvo que hacer el dictador Pinochet: mantener una posición firme de defensa nacional, no dejarse provocar por los gorilas argentinos, abrir la puerta a la mediación papal y sostenerse en la primacía del Derecho Internacional.  Caso contrario, los argentinos habrían entrado hasta el patio de nuestras casas en Punta Arenas.

 

Efectivamente la historia es sabia y en este siglo XXI que comienza se está dando la oportunidad de aprender a trabajar por la integración, o destruir lo que ha costado más de un siglo construir y consolidar.

 

Por cierto que no puede compartirse la política que mantuvo el dictador Pinochet con respecto a Argentina cuando se produjo la guerra de las Malvinas el '82: apoyando a Inglaterra bajo cuerda, olvidando que Inglaterra está en Europa a 38.000 kilómetros de distancia de nosotros y que con Argentina seremos eternamente vecinos.

 

Pero salida al mar para Bolivia y reivindicación argentina de las Malvinas, no son lo mismo.

 

A su vez,  es riesgoso comparar ambas reivindicaciones territoriales como si fueran exactamente lo mismo.  Compartiendo como compartimos muchos chilenos en el fondo de nuestro sentimiento chileno y latinoamericano la reivindicación argentina por las Malvinas, creo que no se puede comparar la ocupación militar argentina sobre territorio sometido a soberanía inglesa (2 de abril de 1982), con territorios bolivianos que fueron ganados por Chile en el curso de una guerra (1879-1882). Si aceptamos el fondo, aceptamos la forma; si aceptamos que los territorios "usurpados", son reivindicables mediante el uso de la fuerza, entonces todas las  guerras y conflictos concluidos en cesiones territoriales son revisables.

 

Si aceptamos un standard, ese standard rige para todos: si aceptamos que la

reivindicación argentina es legítima, entonces la reivindicación boliviana

también lo es, y entonces, todas las reivindicaciones territoriales

motivadas en una guerra y refrendadas ex post en un tratado, también lo son.

 

¿Tendríamos entonces que reivindicar Palena y los argentinos podrían

reivindicar el canal Beagle completo nuevamente?

 

¿Y Arica? ¿Qué hacemos entonces con Arica?  ¿Y la Patagonia?

 

¿Podríamos mandarle una palada de tierra nuevamente a Diego Barros Arana y al mismísimo Charles Darwin, y reivindicar esa Patagonia que los mapas antiguos dicen que era nuestra y que nuestros hermanos chilenos pueblan y enriquecen con su trabajo?  En otras palabras, en este ciclo infernal de demandas y conflictos no terminaríamos nunca, teniendo otros problemas mayores que resolver.

 

          Por lo demás, ¿hemos reparado en el hecho que las cuestiones territoriales y de soberanías disputadas, son viejos problemas del siglo XIX, que siguen siendo recordados –entre otros- por algunos nostálgicos de la guerra y así estorban nuestro desarrollo y nuestra integración en los inicios del siglo XXI?

 

 

Manuel Luis Rodríguez U.

 

 

 

Punta Arenas, Chile, junio 2004

 

 

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