COWBOY O EL MITO DEL JUSTICIERO SOLITARIO
Manuel Luis Rodríguez

Cuando
el nuevo sheriff llega al pueblo, todos los habitantes, especialmente las
mujeres y los niños, corren algo despavoridos y desconcertados, se esconden y
tras las cortinas de sus ventanas, atisban y ven pasar al nuevo jefe, el
"boss" que viene a imponer ¡por fin! la justicia: el temor a recibir
una sanción sin saber ni siquiera porqué, los paraliza y los deja inertes en
sus casas.
Cuando
sucede que los "malos" han desolado Ciudad Gótica, la llegada del
invencible Superman trae por fin la esperanza y la justicia a una ciudad
desvastada por bandas incontrolables de asaltantes que se imponen por el terror
entre los babeantes e indefensos habitantes...
Cuando
el desorden que protagonizan unos cuantos oscuros traficantes inescrupulosos
que negocian colmillos de marfil en las profundas selvas africanas, llega a su
punto culminante, y que vienen ya a alterar el equilibrio medioambiental,
entonces aparece Tarzan, premunido de su bella Jeanne colgada a la cintura y de
sus lianas muy bien amarradas, mediante las cuales se traslada veloz de árbol
en árbol, sorprende a los maleantes, destruye sus planes terroríficos y vuelve
a imponer el orden de la naturaleza...
Cuando
el nuevo Sheriff llega al pueblo montado en su hermoso caballo, los bandidos,
los "malos de la película" deben poner sus barbas en remojo, porque
seguro que el conflicto va a terminar a
balazos que es, por lo demás, la forma más frecuente de resolución de
los diferendos en las películas estadounidenses.
Si,
porque en realidad todo el mundo es un pueblo del Oeste, todo el planeta es una
desolada aldea de casuchas de madera mal paradas, adonde cada cierto tiempo
llega un nuevo Sheriff, que en realidad es siempre el mismo Sheriff, el mismo
John NoSeCuanto, que porta siempre listos sus dos revólveres Colt cargados, su
cinturón repleto de balas, su sombrero alón alguna vez traspasado por una bala
insolente, y que viene a la aldea a imponer la ley y el orden, perdón, SU ley y
SU orden.
Este
cowboy se las puede todas; le gana a todos los enemigos, no tiene escrúpulos a
la hora de sacar el revólver; se siente con el derecho de sacar el arma y
disparar. Y dispara. Y no falta el que lo aplaude...!
Esto no
es una película. Este es el mundo de
hoy, este es el comienzo del siglo XXI transformado en escenario casi
improvisado de una película que se sigue exhibiendo, frente a cuya pantalla
nunca faltan los embobados espectadores: el cowboy de las praderas siempre
llega, siempre vuelve, y por cinematográfico que parezca, el guión y el desarrollo del film es siempre
el mismo.
La
película no está sucediendo solamente en las salas de cine: desengáñese
usted. Esta ocurriendo en la vida real.
Los
actores son siempre los mismos: por un lado, el justiciero americano, mito de
sí mismo y realización objetiva de su
propio mito; leyenda de su propio cuento; forma concreta de su propio
discurso. Dice que es la Justicia, y
actúa como si fuera toda la justicia del mundo reunida en su propia mano y su propio
gatillo. Por el otro lado, los malos,
los terroristas, los poseedores de armas, los peligrosos, los enemigos de la
libertad, los que ponen en riesgo la seguridad y la paz de la Aldea...
Las
escenas son siempre las mismas.
Primero, los malos hacen como que ganan y los buenos hacen como que no
ganan... e incluso algo pierden.
Después, cuando aparece el bueno de la película, las cosas se empiezan a
poner interesantes: hay muchas peleas, sillas rotas, mesas descalabradas,
cabezas sangrando. Las escenas finales
son siempre las mismas: los buenos hacen como que ganan y los malos hacen como
que pierden y todo termina de la manera más previsible.
En
realidad y en la realidad del cine y de la realidad, todo se resuelve a balazos
y a golpes. En esas batallas de cine y
realidad mezcladas, o en esas seriales interminables de guerreros americanos,
ellos nunca pierden. Incluso uno tiene
la sensación de que algo anda mal, muy mal con la verdad histórica, como en la
serial esa del pelotón de valientes soldados estadounidenses que pelean en
Vietnam: en cada episodio, pelean y pelean y pelean, y se desangran y matan
vietcongs como si fueran moscas y oh sorpresa! ellos siempre le ganan a los
vietnamitas. El único problema es que
perdieron la guerra de Vietnam y sus sobrevivientes discapacitados y dolidos,
todavía lloran a sus cientos de miles de muertos junto al memorial en
Washington.
Las
escenas son siempre las mismas.
El
desenlace es siempre el mismo.
Los
buenos, que al principio parece que se los iban a servir en salsa de tomates,
terminan ganando a los malos y los malos son derrotados ignominiosamente en
batallas en las que unos se enfrentan con fusiles y los otros (los buenos) con
bombas, misiles teleguiados y bombas sumamente inteligentes. Y los malos en esta original película, son
casi siempre los mismos: bosnios, serbios, irakíes, palestinos, libios,
iraníes, somalíes...
Los
buenos y malos son siempre los mismos: los buenos son los occidentales, los
anglosajones, los estadounidenses, no importa que se vayan quedando solos,
solitos, solos. Y los malos siempre son
de otras razas, de otras religiones, de otras culturas.
El mito
del justiciero solitario nos viene acompañando durante todo el siglo XX. Si no es el Tarzán que recorre las selvas,
es el Superman que baja del cielo o el Spiderman que viene trepando por los
altos edificios (es que no me lo imagino, tratando de escalar por la pared de
cartón de un campamento de extrema pobreza en Santiago o en Buenos Aires...), o
es el Rambo que mata cuanto bicho vivo se le atraviesa en alguna ciudad de
Estados Unidos, para sacar afuera su rabia y su stress, después que lo
descrestaron en Vietnam.
El mito
del justiciero solitario, viene desde las profundas entrañas mismas de la
sociedad estadounidense, pasa por las pantallas del cine y la televisión y se
ha ido imponiendo como una realidad inobjetable y aplastante, sobre el mundo
real que vivimos: el vaquero armado y vengador, puede llegar a cualquier rincón
del mundo con sus aviones, sus tanques de guerra, sus portaaviones y sus
submarinos invisibles; puede fotografiarte con sus redes de cientos de
satélites hasta en el living de tu casa; puede venir y bombardear tu ciudad, tu
país o tu provincia, nada más porque te considera un enemigo terrorista; puede
inundar tu país con sus productos y con su droga ideológica y globalizadora, o
puede declararte fuera de la ley, simplemente porque no estás de acuerdo con su
imperio total, totalizador y totalitario.
Bienvenidos
a la era del imperio de los cowboys!

M. Rodríguez
Punta
Arenas, Chile, abril 2003.
Ø
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