Una joven condenada
por un plan que nunca conoció: Gladys Pozo Marchant

Reproducido del Prensa
Austral (9-9-2003), Punta Arenas
Escribir la historia de Gladys
Pozo no es fácil, ante todo porque a ella le cuesta muchísimo retroceder en
el tiempo y hablar de las atrocidades y vejámenes que sufriera hace 30 años,
durante el largo tiempo que permaneció detenida.
En el libro Mi memoria es mi vida, Quica de Zanzi la menciona al
contar lo que fue su traslado desde la cárcel de Punta Arenas al Regimiento
René Schneider, en Ojo Bueno, lugar hasta donde la llevaron junto a otras dos
mujeres: Ema Osorio y Gladys Pozo, militante de las juventudes
socialistas. A ésta la recuerda como “una joven que fue salvajemente
torturada, condenada y luego salió al exilio (Francia)”.
DE VUELTA A CASA
Efectivamente.
Gladys Ester Pozo Marchant fue expulsada al país galo en 1976 después de
lograr que Augusto Pinochet firmara el decreto que le permitía el extrañamiento
de la pena. El general Manuel Torres de la Cruz la condenó a 25 años como
autora del delito de rebelión militar.
Desde que se fue
de Chile nunca más se supo de ella. Los amigos le perdieron todo rastro. La
misma Quica de Zanzi reconoce en su libro que “nunca más he sabido de
ella a pesar de mis esfuerzos por encontrarla”.Ahora está en Punta Arenas.
Volvió junto a los demás magallánicos exiliados que vinieron invitados por la agrupación
Orlando Letelier, que preside su amiga de siempre Rosa María Lizama.
Después
de varias tentativas logramos conversar con Gladys Pozo. El paso del
tiempo no logra borrar en ella las huellas del sufrimiento. A sus cortos 22
años de edad fue brutalmente torturada en Punta Arenas, vejámenes que se negó a
detallar por una cuestión de pudor interior. Han pasado 30 años y ahora es una
psicóloga, carrera que en el tiempo le ayudó muchísimo a entender cosas que de
otra forma jamás hubiese podido aceptar.
DECIDI ENTREGARME
La
historia de Gladys comienza el mismo 11 de septiembre de 1973 cuando se
iba al trabajo. Era parvularia en la Escuela El Ovejero, actual Pedro
Pablo Lemaitre. Por la radio escuchó lo que estaba ocurriendo, situación
que asoció a una película.
Como a las 11 de la mañana
llega una colega llorando a mi curso a decirme que habían matado a Allende. Fue
algo increíble que me costó mucho asimilar. Al poco rato llegaron los militares
a evacuar el colegio, y nos entregan un salvoconducto para regresar a la casa.
Consciente de su militancia
socialista y sabiendo que el conflicto era entre el gobierno militar y el
gobierno democrático, sabía que se acababan todas las posibilidades de salir
adelante por el clima de inestabilidad y de rechazo a los sectores de
izquierda. Decide regresar a la casa de sus padres. Al llegar, llorando la mamá
le comenta: “te vinieron a buscar”, situación que no podía entender ya
que hasta ese momento no ocupaba cargos dirigénciales, tampoco de gobierno ni
era extremista. No encajaba en ninguna de estas categorías.
El
17 de septiembre su vida sufre un vuelco tremendo. No saber por qué la
buscaban, sumado a la presión que empezó a sentir en su entorno, la llevan a
entregarse.
Como no había cometido
ningún crimen, desfalco o algún acto que pudiera ser penado por la ley, no le
encontraba sentido a esta situación, así que opté por entregarme a Carabineros.
LA PRIMERA GRAN DESILUSION
La
primera gran desilusión se la llevó al ingresar a la Primera Comisaría,
de calle Waldo Seguel.
En forma brutal me desnudaron por completo. No me lo esperaba y me
impresionó de tal manera que lloré mucho. Mi cuerpo temblaba y no podía estar
de pie ni sentada. Estaba estupefacta porque nadie reaccionaba frente a eso.
Después
de este primer vejamen recuerda la disputa que se produjo entre Carabineros y
el SIM (Servicio de Inteligencia Militar). Como la policía tenía
registrada su detención, para entregarla pedían un documento firmado que los
desligara de toda responsabilidad, cosa que obviamente los militares no
querían. Finalmente en la noche igual se la llevó el SIM. A partir de ahí
perdió la noción del tiempo y hasta hoy le resulta difícil hacer una relación
temporizada de los hechos que le tocarían vivir posteriormente. Todos ellos
marcados por violentos apremios, de los cuales prefiere no hablar.
No sabe dónde la llevaron,
“porque desde ese momento la historia no tiene ni tiempo ni lugar”, ya
que cada salida era con los ojos vendados, hasta que la regresaron incomunicada
a la cárcel (recinto que ayer visitó junto a otras personas que permanecieron
detenidas). Los interrogatorios eran dos o tres veces al día, esposada y con
una capucha. Pese a estar vendada, fue capaz de desarrollar el cálculo de
distancia de las personas.
Podía captar si las
personas estaban lejos o cerca. Cuántas eran, identificar las voces. Yo nunca
vi un lugar de ésos, pero si ahora me llevaran estoy segura de que los
reconocería.
Siempre escuchaba el canto de un gallo,
elemento que automáticamente la transportaba a un nuevo día.
PLAN Z
Todos
los interrogatorios giraban en torno al Plan Z. “Afortunadamente con los
años quedó al descubierto que nunca existió, y por el cual tanto sufrimos y se
me condenó a 25 años de cárcel”. En medio de infinidades de apremios, y de
tanto que le hablaban sobre este plan maquiavélico, dice que llegó a sentirse
traicionada porque al final hasta terminó creyendo en su existencia. Le dolía
ser vejada sin tener idea sobre este plan, una versión que los torturadores no
aceptaban y por ello intensificaban los apremios.
Los
sufrimientos vividos los divide en tres etapas: la detención, la condena (etapa
donde es llevada a la cárcel de Santiago y permanece hasta 1976) y su salida a
Francia.
Sus padres se fueron a vivir a Santiago para estar junto a ella. Además, Gladys
Pozo anhelaba ver a Cristián, el hijo que dejó en manos de sus
progenitores cuando tenía un año y medio de edad. Con el se fue a vivir a
París. Después de 30 años Gladys Pozo decidió regresar de visita a Punta
Arenas, una ciudad que dice querer mucho y de la cual no guarda rencores. Sobre
lo acontecido, reflexiona que “el dolor personal no es lo importante sino lo
que sucedió” y por lo cual espera que “los culpables sean juzgados”.
Punta
Arenas, Chile, Septiembre 2003
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