Tortura:
¿Otra vuelta de LA tuerca?
Carlos Parker

Reproducido de El Mostrador
11 de Noviembre del 2004
Hoy se dieron a conocer al presidente Lagos las conclusiones del
Informe de la Comisión sobre Prisión Política y Tortura. De su contenido
específico por el momento poco o nada sabemos, salvo los antecedentes que han
trascendido en los medios por boca de sus autores y otras versiones de prensa,
todo lo cual nos da pie para imaginarlo como un grueso compendio de horribles y
escalofriantes relatos, salidos del más profundo escondrijo del alma y los
recuerdos de sus propios y hasta ahora ignorados protagonistas. Treinta y cinco
mil compatriotas, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales,
que nos vimos sometidos a la terrible e inolvidable experiencia de ser
torturados.
Suponemos que cuando el
Informe sea conocido en todos sus detalles la capacidad de asombro e
indignación moral de la sociedad chilena será sometida a una dura e inclemente
prueba. Y que no faltarán tampoco quienes trataran de relativizarlo, restarle
veracidad o insistir en la necesidad de contextualizar los hechos. Todo como un
vano intento para disminuir o difuminar las culpas de los responsables
políticos, intelectuales y directos del arrebato de locura institucionalizada
que hizo posible que esto ocurriera en nuestra patria. Justo frente a las
narices y al amparo de personajes como el ex ministro y actual senador Sergio
Fernández, que quiere aparecer no sólo como ignorante de estos hechos, sino
además, esgrimiendo papeles, pretende erguirse como ángel protector de la
integridad física y mental de los detenidos políticos de la dictadura, a la
cual sirvió entusiasta y lealmente.
Yo mismo fui uno de esos
miles de chilenos que concurrimos a brindar nuestro testimonio a la Comisión. Y
confieso que lo hice sin mucha convicción y con poca o ninguna esperanza. Mi
comparecencia fue, sin embargo, un acto muy meditado que necesitó de un valor
muy especial, tanto como para poder hacerme pensar que me seria posible lidiar
con mis propios fantasmas frente a un ser desconocido, y sin salir demasiado
magullado de esta nueva, impensada y tardía vuelta de la tuerca.
Enfrentado a la funcionaria que me atendió, que respetuosamente
escuchó lo que tenía que decir, y al final me acogió en mi tristeza y
desolación, comprendí de súbito y como nunca antes, y a propósito de mi propio
testimonio que escuché yo mismo como dictado por un extraño, que ni uno mismo
llega nunca a tener cabal conciencia y comprensión de las hondas cicatrices que
la tortura le dejó en el cuerpo y el alma. Especialmente cuando uno debe hacer
girar la cinta hacia atrás, casi treinta años justos, para volver a ser por un
momento el muchacho de tan solo 17 años que era entonces. Poco más de la edad
que hoy tiene mi hijo mayor, al que con justa razón considero un niño indefenso
e inocente que necesita ser protegido de ser masacrado, en primer lugar por su
propia familia y luego por las instituciones del Estado
No fue sencillo arrastrar
al presente esta experiencia feroz y sacar a la luz estos duros recuerdos desde
el lado más oscuro y lúgubre de la memoria. Mucho menos a relatarla en sus
escabrosos detalles. Cuando uno no ha hablado de estos dolores ni siquiera con
sus propios padres y hermanos, ni ha querido tampoco convertir estas historias
tristes y traumáticas en parte de la vida de pareja ni de la relación con los
hijos, no es sencillo intentar la narración de circunstancias que marcaron tan
profundamente y para siempre nuestra vida.
Creo que por más que uno se
esfuerce, es imposible describir en todos sus detalles y matices la experiencia
de haber sido torturado, al menos no de poder trasmitirla de modo que sea
asimilada por alguien distinto de uno mismo. Salvo, claro está, que tu
interlocutor sea alguien que pasó por similar experiencia y por lo mismo no
haga falta profundizar en las descripciones.
El dolor inmisericorde, el
miedo, la oscuridad inclemente de la capucha, tu propia desnudez, la sensación
de estar solo, indefenso e impotente ante tus verdugos, de sentir sus voces tronantes,
sus gritos destemplados y sus alientos fétidos sobre tu rostro, no es algo
sobre lo que uno pueda explayarse sin esfuerzo. Pero la funcionaria de la
Comisión, casi con su solo silencio, me ayudó a salir adelante y pude concluir
con mi testimonio en paz y sin salir huyendo despavorido de su oficina.
Recuerdo que al final le
dije “pero pude salir jugando”, tratando de representar que a pesar de todo
había podido terminar mi enseñanza secundaria, ir a la universidad, formar una
familia y criar hijos. Además de haber continuado con mi vida política activa,
la que como pequeña y personal revancha, retome con un miedo que apenas si pude
controlar, casi al mismo tiempo en que recuperé mi libertad.
Mañana seguramente la
prensa titulara en rojo y usara fuertes y rimbombantes adjetivos. Pocos se
acordarán de otros titulares que otrora hablaban de “presuntas torturas”. Lo
siento en el alma por los integrantes de la Comisión, a los que nuestros
testimonios podrían estar mandando al psicólogo. También por el presidente
Lagos, que tuvo la hidalguía y el coraje de atreverse a enfrentar este capitulo
postergado de la historia de la dictadura, la transición y la reconstrucción
democrática. Pero como muchos, no me hago demasiadas ilusiones de lo que vaya a
ocurrir.. En una columna anterior, escrita cuado recién despuntaba el trabajo
de la Comisión, y a propósito de las crípticas expresiones “simbólicas y
austeras”, me referí al escenario que se abrirá a partir del conocimiento del
Informe.
Pero más allá o acá de este
aspecto de la cuestión, y a propósito de que el documento sólo consignará
hechos, identificara victimas y recintos, pero no establecerá responsabilidades
ni las hará exigibles ni punibles, mucho me temo que algún día volverá a pasar
que me encuentre cara a cara con unos de mis torturadores en alguna oficina
pública. O que otro, quizá el peor de todos, vuelva a saludarme con amable y
segura voz de comandante desde la cabina de un avión de la línea aérea
nacional, para informarme con todo detalle del estado de la ruta y de la hora
de arribo a mi destino.
* Carlos Parker Almonacid
es cientista político. Permaneció detenido entre octubre de 1973 y marzo de
1975, entre otros lugares, en la isla Dawson.
Dawson2000.com
y Agrupación de DDHH Letelier. Noviembre 2004.
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