DAWSON CON OJOS DE NIÑO

Carlos Parker Almonacid*

                                                               

 

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Para los presos magallánicos ser trasladados a Dawson representó un alivio. Claro que al llegar no lo sabíamos, pero a poco andar nos dimos cuenta que el trato era  distinto al que habíamos recibido en los recintos militares en que habían estado antes prisioneros.

 

En mi caso, nada podía ser peor que lo que habíamos sufrido en la Base Aérea Bahía Catalina y el Estadio Fiscal. Los efectivos de la FACH nos habían dado un trato brutal e inhumano, con todo tipo de maltratos y crueles vejaciones que no daban respiro.

 

Pero lo peor de todo eran los interrogatorios. Aunque en la Base Aérea de Bahía Catalina se torturo con saña y la especialidad era la aplicación de corriente en los genitales, pocos libraron de recibir el tratamiento completo. El caso es que cada día muy temprano se aparecía un vehículo militar con unos tipos de aspecto patibulario, de anteojos oscuros y sonrisa burlona, quienes con un trozo de tela en una mano y una cuerda en la otra, procedían a vendarnos la vista y a atarnos las manos a la espalda para llevarnos a un sitio que los presos bautizamos como el Palacio de la Risa. Lo que venia después era el sufrimiento infinito. Por horas y horas, a veces por días enteros con sus noches, éramos torturados desnudos, con golpes de corriente, golpeados, quemados con cigarrillos, colgados de pies y manos y sometidos a todo tipo de vejaciones y humillaciones. Todo ello en medio de una atmósfera escalofriante de alaridos, llantos y una música estridente como telón de fondo.

 

Cuesta admitirlo, pero la verdad es que frente al terrible trance de ser llevado al martirio, en el fondo del alma uno deseaba que fuera el turno del prójimo, de cualquiera, incluso del mas amigo, del compañero mas querido y respetado, pero no el propio. Ojalá mi turno no hubiese llegado nunca. Pero llegó,  justo el día que cumplí 18 años.

 

Casi siempre se regresaba en vilo del suplicio. Eramos literalmente arrojados dentro del contenedor en que mal vivíamos hacinados,  40 o más presos amontonados en un pequeño espacio en que apenas se podía respirar, ni se podía llorar sin que todos se enteraran.

 

Muchas veces me he preguntado como pudimos resistir todo aquello sin enloquecer. Como se puede sobrellevar todo aquello sin morir, queriendo morir.

 

Era evidente que lo que ocurriera con nosotros como consecuencia de las torturas a nadie parecía importarle. La furia y saña con que se atormentaba no admitían miramientos ni cálculos, que no fueran los de evitar la perdida de conciencia de la víctima a la que se trataba de estrujar. Quizá nunca sabremos cuando detenidos  desaparecidos ni siquiera tuvieron la oportunidad de ser ejecutados, sino que murieron en manos de sus torturadores. ¿ Habrá manera más triste de perder la vida? ¿Existirá forma más cruel de quitar la vida a un ser humano?

 

A esto me refiero cuando digo que llegar  a Dawson fue un alivio, que solo era interrumpido cuando  nos llevaban a Punta Arenas para darnos lo que en la jerga se llamada “el tratamiento”. En Dawson estábamos sometidos a disciplina militar. En este sentido, no creo que el trato que se nos daba fuera muy distinto del que se dispensa a los soldados conscriptos. Con la salvedad, eso sí, que en este caso el rigor no era aplicado a individuos jóvenes y físicamente aptos, sino a un grupo de presos que incluía a personas incluso ancianas y enfermas.

 

Hubo un periodo, que debe haber durado hasta marzo de 1974, en que vivimos sin mayores sobresaltos y fuimos tratados correctamente. Incluso con cierta calculada cordialidad por los efectivos militares. Todo  cambió abruptamente cuando a alguien se le ocurrió inventar que planeábamos una fuga (algo absurdo e imposible) para lo cual esgrimió como pruebas las herramientas que utilizábamos para nuestro trabajo cotidiano. Esto ocurrió después de un aparatoso allanamiento realizado por efectivos de civil que llegaron repartiendo golpes y amenazas. En adelante el trato se endureció y el trabajo se hizo mas duro y extenuante.

 

Con los presos de Santiago estábamos separados. Ellos vivían en una barraca ubicada en un ángulo del campo, conocida como Isla. Al principio casi no hubo relación entre ambos grupos. De hecho, trabajábamos en obras distintas y comíamos en recintos separados. La primera vez que estuvimos todos juntos fue para la noche de año nuevo de 1973. Entonces nos congregaron en el comedor e hicimos un acto conjunto en que algunos presos cantaron, otros recitaron y todos lloramos por igual. Recuerdo que Orlando Letelier fue uno de los que cantó. Le oigo entonando una canción mexicana, con su voz profunda y afinada sobre el  improvisado escenario. También recuerdo la profunda emoción y tristeza que recorría el recinto y parecía envolver a presos y carceleros por igual. Un chispazo de humanidad y concordia entre un grupo de seres  dramáticamente divididos, tanto como era esperable  en esas circunstancias y a solo o tres meses del golpe militar.

 

Mas tarde alternaríamos un poco mas con “los de Santiago”. Pero nunca mucho. Los militares no perdían ocasión de decirnos que nosotros, los presos magallánicos, estábamos allí por culpa de ellos. Creo que imaginaban que nos creíamos el cuento y sentíamos algún tipo de rencor. Nada de eso era cierto. Los presos de la barraca Isla habían sido, no solo los máximos dirigentes del Gobierno de  la Unidad Popular, sino además, los lideres más sobresalientes de los partidos en los cuales los presos habían militado y seguían militando mayoritariamente. En Dawson los partidos no dejaron de existir. Incluidas las rencillas, los sectarismos y los prejuicios mutuos. Incluso hubo oportunidad para las luchas por la hegemonía y el poder, lastimosa y encarnizadamente orientadas a conquistar  un cupo en el grupo de panaderos o de los ayudantes de cocina.

 

Hay que imaginarse a un joven o viejo comunista viendo pasar a su lado a Luis Corvalan. O a un socialista compartiendo la mesa o la jornada de trabajo con Clodomiro Almeyda. Era un sentimiento difícil de describir, mezcla de orgullo e incredulidad . Mal que mal todas esas personas habían sido para nosotros, hasta muy poco, unos seres míticos e inalcanzables, a los que muchos de nosotros solo habíamos visto en los noticiarios de televisión. Ahora el destino había querido que modestos dirigentes políticos de base,  estuvieran compartiendo su duro e incierto destino con tamañas figuras de la política nacional.

 

Pienso que algo parecido les pasaba a los propios militares. Había en ellos una especie de respeto reverencial, de morbosa curiosidad frente a estas personas que hasta hace poco las habían oficiado de ministros, parlamentarios o altas autoridades del estado. Creo que ello explica el trato, distante pero casi siempre deferente, que normalmente los militares dispensaron a los presos santiaguinos.

 

No era raro que se dirigieran a ellos como “señor”, cuando lo normal era que se  nos trataran de “prisioneros” o “confinados”. Ellos por su parte se desenvolvían con gran dignidad considerando el medio al que habían sido súbitamente arrastrados. Diría que se conducían con una cierta calculada  altivez. De cualquier modo, muy conscientes de la necesidad de resguardar la dignidad y el honor a todo trance. Pienso en personas como Jorge Tapia, Aníbal Palma, Orlando Letelier, José Toha, Luis Corvalán, Alfredo Joignant y Cloro Almeyda. No sé si fue verdad o me lo imagino, pero juraría que presencie el cuadro surrealista de un preso transitar (podría ser Toha, tal vez Jirón o Bitar) erguido y con paso firme por el patio del campamento de prisioneros en ese lugar hermoso y remoto, bajo la lluvia, chapoteando en el barro y temblando de frío. Pero con la  irrenunciable corbata sobre la blanca camisa.    

 

La muerte de Pepe Toha fue un golpe demoledor para todos nosotros. Lo recuerdo poco antes de ser trasladado. Flaquísimo y circunspecto, siempre con la actitud distante y reservada que lo caracterizaba. Como alguien que observa los acontecimientos a su alrededor desde una alta y especial envergadura física y humana. Mas de una vez hablamos, no recuerdo sobre que. No seria de política, de eso estoy seguro. En verdad los presos políticos hablábamos poco de política. Normalmente charlábamos sobre el futuro, casi nunca del pasado. Ignorábamos  completamente todo lo que pasaba fuera de la Isla, se tratara de Chile o del mundo. Estar en Dawson todos ese tiempo fue como estar enterrado o suspendido en medio de la nada. Sin diarios, revistas, radio o televisión nuestro acceso a la información era completamente nulo. De hecho, nos enteramos de la muerte de Toha por boca del suboficial Escobar una tarde en que llovía a chuzos. El escuchó la noticia en una radio portátil que alguien tenia en la cocina y corrió a contarnos el terrible suceso con genuinas lagrimas en los ojos.

 

Al día siguiente José Toha recibió nuestro homenaje. Alguien hizo un  breve discurso y muchos lloramos calladamente.  El acto breve, atropellado y sorpresivo  en medio de la ceremonia de izamiento de la bandera no había sido autorizado. Pero nadie dijo nada y no hubo castigos ni sanciones. Cuestión de caballeros, supongo.

 

Los presos de Santiago se conmovían con los relatos de las penurias que los magallánicos habíamos vivido. En nuestros esporádicos diálogos ellos solían aconsejarnos, especialmente a los más jóvenes. Recuerdo a Orlando Letelier diciéndome que cuidara mi salud física y mental. Yo solía payasear un tanto y él me aconsejaba no exponerme a castigos. Decía  que solo los más jóvenes teníamos la oportunidad de salir libres algún día Ellos no se hacían ilusiones de que la dictadura duraría poco como muchos queríamos creer.

 

Había varios hijos que estaban presos con sus padres. Recuerdo a los Enríquez, a los Lara y los Lanfranco. Habían también hermanos, como los Cárdenas. Convivían estudiantes,  obreros, campesinos, profesionales, pequeños empresarios, empleados públicos y políticos profesionales. Una micromundo abigarrado de seres de distintas edades y experiencias, unido por el sentimiento de pertenencia a un imaginario político común y aprisionado.

 

Había presos muy jóvenes y otros muy ancianos. Al menos cuatro de nosotros teníamos 17 años al ser detenidos. Pero no fuimos los más jóvenes. Hubo un muchacho humilde, vendedor ambulante según recuerdo, que tuvo la mala ocurrencia de ir a la sede del PS el día del Golpe. Se llama o se llamaba Ernesto Peikovic, tenia solo 16 años y paso por todos los dolores de esta experiencia feroz. Y fue valiente y noble como el que más.

 

Yo fui detenido desde la sala de clases  en el  liceo en que cursaba cuarto año medio, en el mes de octubre de 1973. Ello ocurrió ante la mirada aterrorizada del rector que solo atino a desearme suerte. Pobre hombre, una vez lo odie por ello. Hoy pienso que no había nada que este señor, ni ningún otro,  hubiese podido hacer por mí en ese trance.

 

Tres años mas tarde me gradúe por fin. Egresé de cuarto medio de un liceo vespertino en el que gran parte  de mis compañeros de curso eran militares en servicio activo. Quiso el destino que compitiera por el premio al mejor alumno de la promoción  con un aplicado sargento del Ejercito, y lo derroté por dos décimas de punto. Antes se había corrido la voz de lo que pasaría en esa ceremonia de graduación y mucha agente de izquierda no quiso perderse ese acontecimiento, abarrotando el recinto. Cuando sentí los aplausos interminables, supe que toda esa gente trataba de darme el efecto que no se habían atrevido a darme antes, por el comprensible temor a aparecer vinculado a un ex preso político. A su manera me hicieron sentir, como lo comprobaría muchas veces en años venideros, que habían numerosos espacios, mas allá de la política, donde era posible y necesario derrotar a la dictadura.

  

En Dawson nos cambiaban la guardia cada 15 días. Con ello se quería evitar lo inevitable. Que llegáramos a establecer relaciones de empatía (confraternizar era él termino que usaban) con nuestros carceleros, especialmente con los jóvenes conscriptos. Ellos llegaban al campo llenos de temores frente a estos peligrosos individuos a los que debían custodiar.  Pero a poco andar caían en la cuenta que sus prisioneros no eran más que seres humanos normales y corrientes, que bien podrían ser sus padres o hermanos  y cuando ello ocurría se relajaban al punto de dejar sus armas en las barracas mientras descansaban.  Hasta que cambiaban la guardia y se renovaba el ciclo de desconfianza, recelo y temor mutuo.

 

De todos los efectivos militares que nos toco conocer, imposible dejar de recordar al suboficial  mayor de la Armada de apellido Escobar. Un hombre noble, bueno y justo que casi al final de su carrera, fue destinado a servir como encargado de logística en el campo de prisioneros políticos. Escobar no tuvo sino gestos de humanidad hacia nosotros. El fue y será la demostración viviente de que no era necesaria  la crueldad, la saña y el abuso. Que se podía cumplir con él deber militar sin faltar al deber de humanidad. 

 

Bien se sabe que los seres humanos no pierden la capacidad de divertirse ni en las circunstancias más duras y dramáticas, e Isla Dawson no fue la excepción. Un día del verano de 1974 a alguien se le ocurrió celebrar unos juegos olímpicos, los que fueron autorizados con igual sentido del humor por el comandante del campo de aquel entonces. Claro que la petición de incluir natación y remo entre las pruebas fue rechazada por razones obvias. Los juegos fueron inaugurados con sendos discursos y clausurados con la entrega de las medallas respectivas, las que habían sido cuidadosamente fabricadas con pedazos de latas de conserva.

 

Isla Dawson fue además una escuela de talentos. Muchos presos descubrieron habilidades artísticas o intelectuales  que hasta entonces ignoraban poseer. De allí salieron extraordinarios artesanos, cantantes y poetas. Los más nos graduamos de seres humanos.

 

Los presos muy jóvenes crecimos aprisa. Y no solo en el sentido que siempre se da a esta expresión. También lo hicimos físicamente. Tengo patente hasta hoy la extraña sensación que me invadió al abrazar a mi padre cuando llegue de vuelta a casa después de 16 meses de ausencia. Sentí a mi padre mas bajo de estatura de lo que lo recordaba. Tarde en darme cuenta que era yo el que había crecido.

 

Isla Dawson fue un campo de concentración con una notoriedad especial. Un lugar emblemático, en buena parte porque sirvió de prisión a los más importantes dirigentes de la Unidad Popular. No obstante, creo que para ser justos y veraces, no fue Isla Dawson el campo de prisioneros donde más se sufrió ni  donde más atrocidades se cometieron contra los presos. Sino que lo digan los que estuvieron en el Estadio Nacional, Villa Grimaldi, Cuatro Alamos, Pisagua o Chacabuco.

 

 

Carlos Parker Almonacid

 

 

 

 

                                              Santiago, Chile, Agosto 2003

 

 

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*       Carlos Parker es un ex prisionero político magallánico. Fue secuestrado y confinado a varios centros de detención en  Magallanes, incluyendo Bahía Catalina y el Estadio Fiscal (Fach) y el Campamento Río Chico en isla Dawson. Reside en Santiago, Chile.

Este articulo fue también publicado en La Tercera, 1 de Agosto, 2003.

 

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*     Propuesta de Reparación de Ex Prisioneros y Perseguidos Políticos de la Dictadura Militar en Dawson y en Magallanes.

        Dawson2000.com y Agrupación Cultural y de DDHH Orlando Letelier

          Julio 2003.

 

*      A 30 años de los campos de concentración de Dawson:

Pedimos reparación y justicia para los prisioneros

y perseguidos políticos magallánicos.

Comité editorial Dawson200.com. Mayo 2003

 

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