
PALMATORIA
Todo el mundo lo sabe. Los
árboles como toda alma viviente suelen guardar
miles de secretos, porque
ellos comprenden mejor que todos nosotros, el
lenguaje de la naturaleza y
reciben desde lejos las noticias traídas por el viento
con todos los murmullos y
comentarios, soplados al oído.
También están en contacto
directo con la lluvia, con los pájaros, con los insectos y con la gente que
busca protección bajo su sombra. Con sus ramas hacia el cielo claman por la
lluvia en tiempos de sequía o se dejan acariciar por la luz del Sol que ellos
adoran, pues la transforman en energía y alimentos para otros seres vivientes.
Protegen con sus hojas el suelo y lo retienen con las pequeñas plantitas que
crecen bajo su alero. Condensan la
neblina, entregándoles su calor aunque ellos se congelen, regulando el clima.
Como todo ser viviente son
un puente entre el micro y macrocosmos y junto con la luz, la tierra, los
rayos, la tormenta y la vida que fluye alrededor de ellos forman una unidad que
comprende en mejor forma lo que nosotros llamamos vida o muerte.
Pero yo quiero contarles de
un árbol que fue mi amigo.
El vivió por muchos años en
la Plaza San Alberto, Recoleta abajo, en un distrito suburbano perdido de una
ciudad del Tercer Mundo.
La última vez que lo
vi fue en 1987, cuando por primera vez
pude visitar mi país después del golpe de estado fascista.
Era un hermoso aromo de
treinta metros de altura que todas las primaveras se vestía de flores amarillas
y fue el primero en saludarme a la distancia en aquel Septiembre de 1987,
cuando volví feliz de poder visitar a mi país, por primera vez después de
muchos años viviendo en el exilio. Y no podía ser de otra forma. Para algo son
los amigos y su recuerdo muchas veces suavizó mi dolor en los campos de
concentración.
Mi amigo nació de una
pequeña estaca cuando era primavera en Chile.
Durante esa primavera
recibimos la visita de un circo pobre que proclamaba a los cuatro vientos
"Gran Circo Gran", pero tan pobre era que daba pena, con apenas 10 o
15 personas que hacían de todo. Nosotros los niños estábamos felices, por supuesto.
Para nosotros era un
acontecimiento muy especial y corríamos por las calles gritando: "el circo, el gran circo
viene". Y las gentes salían a las puertas de sus casas para comentar las
actuaciones de la temporada anterior.
El polvo de la calle había
sido regado con el agua del canal y este aroma sumado al de madreselvas en
flor, por la tarde, llenaba todos los rincones hasta el más pequeño resquicio
de nuestra conciencia. Que hermosa es la vida pensaba yo.
Las golondrinas volaban muy
alto y veloz en lo alto de un cielo azul cristalino,
como sulfato de cobre puro.
Un camión viejo
transportaba a los artistas llevando la noticia: "Gran Circo Gran"
del Tony Palmatoria y Botito. Allí viajaban Palmatoria con su chaqueta
amarilla, sus pantalones rojos, sus zapatos gigantes y su boca repintada y sin
dientes.
También hacía gracias su
hijo Bototito y una señora gorda que bailaba sobre un cuerda floja con un
paraguas. La orquesta constaba de un trombón asmático, una trompeta, un
clarinete, bombos y platillos. Había algo de tarde de toros en la
atmósfera.
El mismo día fuimos con
Care'lion a dar una vuelta a la Plaza San Alberto,
a ver como los artistas se
las arreglaban con la carpa del "Gran Circo Gran".
A los pocos minutos
estábamos ayudando también en aquellos menesteres, pero
en lugar de estacas de
metal, usábamos estacas de madera de un árbol recién cortadas. Cientos de
estacas para afirmar no sólo la gran carpa, sino también las carpas individuales
de los artistas.
Yo ayudé a una artista
boliviana a montar su carpa. Era campeona de tiro al blanco (pero parece que
también era campeona de tiro al tinto).
Y así nos hicimos amigos
del personal del circo y podíamos entrar gratis a
las funciones.
Palmatoria era un Payaso
fabuloso que nos hacía llorar de risa con sus chistes. Al final de su
actuación, invitaba a un grupo de nosotros a encender con una vela un pedazo de
papel de diario que a modo de cola afirmaba de la parte trasera de su pantalón.
Entonces el bailaba graciosamente al compás de la banda afónica mientras
nosotros tratábamos inútilmente de prender fuego a su cola. Era imposible
conseguirlo, con la poca llama de una vela.
Pero al final ya cansado,
dejaba que alguno de nosotros triunfara sobre él.
Y entonces él arrancaba
escandalosamente por la salida de artistas, ante las risas y
aplausos del respetable
público.
Una tarde, no había luz ni
alboroto antes de la función vespertina. Todo estaba obscuro y en silencio.
Entramos con Care'lion y en
medio de la pista estaba Palmatoria muerto.
Nadie hablaba. Todos
aportaban en silencio cualquier cosa para juntar dinero y pagar el entierro de
nuestro amigo. Salimos a la calle con Care'lion a vender nuestras bolitas por
lo que cayera, las bolitas de vidrio e incluso los tiritos. Hicimos 80 centavos
antiguos que entregamos al fondo común.
Nadie hizo preguntas, pero
algo raro se anudó en mi garganta, sin saber lo que era.
Y en aquel día una llovizna
fina cubrió la carpa del Gran Circo
Gran haciendo de ella un fantasma silencioso y solitario en medio de la PLaza
San Alberto.
Al año siguiente no volvió
el Gran Circo Gran, pero una de las estacas de madera había brotado y comenzaba
a transformarse en un pequeño árbol, un pequeño aromo. Yo pensaba que era mi
amigo Palmatoria que me sonreía con complicidad y me saludaba amistosamente.
En los años posteriores
creció y creció hasta hacerse visible a la distancia y siempre me acompañó, en
todas las circunstancias: cuando estudiaba, cuando me tocaban los exámenes,
cuando salí de la universidad, cuando fui a dar a los campos de concentración,
en fin, en las buenas y en las malas, hasta ese año de 1987 en que fue la
última vez en verlo. Después no sé como fue ni que pasó y nadie lo
recordaba ya. Pero lo cortaron
y ya nadie lo recuerda. Pero yo sí! No soy de los que olvida fácilmente a sus
amigos.
Y dónde quiera que esté, si
veo un árbol, recuerdo a mi amigo Palmatoria, pobre,
triste, sin dientes,
humilde y sin ambiciones.
Pero buena gente como la
sufrida gente de mi pueblo.
(c) 1988 r.p. cáceres vidal
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