A PROPOSITO DE PADRES

 

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Ya no me acuerdo de las fechas exactamente.

Tal vez mi mente esté ya vieja o simplemente no quiera acordarme.

Porque no se trata aquí del conocido "jet-lack".

En aquellos tiempos nos trasladaban como animales en la sentina del transporte Aquiles de la armada chilena.

Y digo "de la armada chilena", y no del pueblo chileno, porque nunca los traidores de uniforme sirvieron a su pueblo, sino siempre sirvieron a sus rubios patrones del norte. Y para ellos trabajamos, la mayoría de los chilenos, porque de si trabajo se trata, no me van a decir que los uniformados traidores alguna vez produjeron algo.

Habíamos llegado desde Isla Dawson para el anunciado consejo de guerra. "Gran Circo Gran". Cinco mil metralletas rusas, morteros cubanos y un tenebroso plan "Z", que algún villano había inventado, para acabar con la tradición democrática chilena.

De nuestro recibimiento, en el muelle de Punta Arenas, dónde amarrados y vendados nos sacaron la cresta, hasta que se cansaron, ya escribí alguna vez y como no soy majadero ni hocicón ni me gusta repetirme y todo lo que cuento es siemplemente verdad, con nombres y apellidos, esto me lo paso por alto.

Pero nos sacaron la cresta, esta vez los valientes de la aviación, en una altura en la que a mí ya me importaba verga lo que me pasara.

Pero no se crea que no se respetaban las normas. No...! Por supuesto que se respetaban!

Como prisioneros de guerra, teníamos derecho a escribir cinco líneas por semana a nuestras madres, mujeres e hijos, de acuerdo a la Convención de Ginebra. Naturalmente eran censuradas y una vez que yo escribiera que estaba "fresco y lozano como membrillo de colegial", me volvieron a sacar la cresta porque lo estimaron subversivo.

Pero así es la vida hermano: el dolor es pa'que duela. Y ya veremos de que poto sale sangre.

A la semana de haber llegado al campo de concentración de la quinta brigada aérea con un tal verdichevsky como general a la cabeza, recibí visita de mi mujer con quien me encerraron por tres minuto en una celda pequeña para "podel conversal a voluntá", me había dicho un soldado.

Mi mujer me contó entre sollozos, que el fiscal militar, el burro alvarez, le pedía cuarenta mil escudos por mi libertad y que ella estaba haciendo todo lo posible por conseguirlos.

Demás está decir que un manto de furia me cubrió y le pedí a mi mujer por favor, que no transara por nada del mundo, que no se me rindiera, que no quería que me mandaran relegado o que me dejaran libre y luego me metieran preso de nuevo pero con ficha de maricón, ladrón o cogotero.

Así, por lo menos, le pasó al Chico Ulloa. Lo dejaron libre en la Peni de Santiago y a la vuelta de la esquina lo agarraron y lo metieron de nuevo con ficha de maricón. Finalmente quedó libre, es claro, pero se suicidó de regreso en Punta Arenas, apenas hace algunos años.

Y mi mujer, que le había quitado el pan de la boca a los hijos para juntar el dinero con que pagarle al burro alvarez, se sintió rechazada, frustrada y la invadió aquella amargura de novia que nunca consigue satisfacer a un amante idiota y exigente.

Y yo también me sentía como las pelotas.

Seguramente, la celdita en que nos habían encerrado con mi mujer, era estrechamente vigilada y tal vez conmovido por mi drama, me mandó a llamar Marmaduke Nuñez, el mismo de "mi sargento, mi sargento..." quién me ofreció una empanada añeja, restante de la bacanal que habían tenido los traidores fascistas celebrando el dieciocho de Septiembre de 1974, día de las mal llamadas glorias patrias, aniversario que coincidía con el aniversario del Grupo Tigre, que nos custodiaba.

Tal oferta, no podía ser rechazada y la llevé para compartirla con nuestro grupo de treinta y ocho presos.

Se me nubla la vista cuando me acuerdo de ellos, mis Cmdas. allá presos. Me acuerdo del Tula Mansilla, un muchacho chilote de la juventud socialista, de tan sólo diecisiete años en aquel entonces.

Él me contó su historia.

A la hora del descanso, en un interrogatorio, en que quedara el Tula solito, amarrado y vendado, por supuesto, con uno de los torturadores en el palacio de la risa, ubicado en calle Colón con Chiloé, si la memoria no me falla, el torturador de marras le soltó las manos, pero sin quitarle la venda de los ojos, y lo hizo boxear con su sombra. Y el Tula boxeaba y el otro combo que le metía.

Lindo entretenimiento!

Y así durante bastante tiempo, hasta que el torturador ya algo cansado, porque también éstos héroes son de carne y hueso, y aburrido ya de la entretención se descuidó un tanto y el Tula al verlo al trasluz de la ventana se le fue al chancho. Le pegó un tremendo combo en lo'hocico, pero un combo de verdad, que casi lo saca derecho por la ventana del tercer piso.

Y este Tula, no contento con ello, estaba sacando al torturador por la ventana, agarrado del pescuezo, pa'tiraralo desde el tercer piso, cuando llegó el equipo torturador a salvar al susodicho. Casi asesinaron al Tula entre los valientes.

El Tula había caído clandesta. Cosa de la juventud, pero adentro era mi amigo, mi hijo y camarada. Hoy está en Noruega y hace algunos años nos visitó en esto de Holanda.

Mi sargento Marmaduke, no contento con regalarme una empanada, me mandó a cavar una trinchera, al lado afuera del campo de concentración, tal vez pa’que toma aire, pues pasabamos hacinados en los camarines del Estadio Fiscal en un total de cuarenta, o sea, como para tres equipos de furbol al mismo tiempo, con entrenador masajistas y utileros.

Yo vivía a 500 mts. de allí y era rápido como una liebre magallánica para correr. La verdad es que hacía tanto tiempo nos tenían sin comer, que ya parecía un jamelgo como el melancólico Rosinante, pero correr si que podía y le ganaba a muchos jóvenes en hacerle el quite a las patadas y a los culatazos.

Cavaba una trinchera para proteger a los valientes por si llegaban los rusos a rescatarnos, porque estaban convencidos que los rusos vendrían con Boris Brezniev a la cabeza, cuando…., cuando un cortejo fúnebre venía marchando en mi dirección. Esta es la mía, pensé yo.

Te veo Tadeo......

Que estay pensando, gueón, me distrajo el cabo palomo con su dulce voz, como el cuatrero Jack Palance, de las películas :"cow-boy".

Pasó el cortejo fúnebre ante mí y nadie se atrevía a mirar al preso que cavaba una zanja, como esperando su cajón.

Al rato divisé a la distancia un par de viejos que caminaban titubeando.

Al aproximarse a mí, me trataron de "señor" y me preguntaron por una tal cabo barrientos.

Yo les pregunté que se les ofrecía y ellos respondieron que le traían un encarguito. Un pollito asado, que tanto le gustaba al niño, dijo la señora, con una risa nerviosa.

En aquel período, habían cambiado a los perros uniformados,  de una ciudad a otra y así nos tocaron algunos chilotes. Y estos pobres ancianos, vestidos aún con sus ponchos y sombrero a la usanza del antiguo Chiloé, buscaban a su hijo pródigo, el cabo barrientos, después de navegar cuatro días, noche y día para llegar a Punta Arenas.

Yo pedí permiso al cabo palomo que estaba en la guardia (para todo había que pedir permiso) para avisar al famoso cabo barrientos que sus padres estaban de visita.

Jack Palance, el cabo palomo, me dijo que fuera a buscar al cabo barrientos.

"Essste, permiso pa'hablar con Ud. mi cabo......." El fumaba en la guardia con las patas encima de la mesa y su metralleta a un costado.

"Qué queris, gueón mediocre..., fue su respuesta"

"Eeeeeeste, sus padres están de visitas, mi cabo, desde Chiloé y le traen un regalito...."

"Quéeeeee?" "Viejos gueones. Dile que se vallan a la mierda. Yo no tengo tiempo, de atenderlos hoy día".

Chilote cobarde no era capaz de recibir a sus padres y a mí se me hizo un nudo en la garganta.

Tuve que volver donde los pobres viejos y decirles que el cabo barrientos no estaba, que había salido. No me atreví a decirles que éste valiente no quería verlos y se avergonzaba de ellos.

Ambos viejos, comprendiendo la situación, bajaron la cabeza y me regalaron el paquetito con un pollo asado.

Antes de despedirse me dijo, la pobre anciana: "pero guárdele un pedacito más que sea...."

 

© rpcáceres vidal

(2000)

 

 

 

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