LA VIDA SIMPLEMENTE

 

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La cárcel de Punta Arenas era fría, vieja, neblinosa, obscura y maloliente!

Se podía adivinar allí todas las miserias humanas.

Los presos reptaban como almas en pena, arrastrándose, tosiendo, frotándose

las manos contra el frío o tratándo de darse calor con el propio aliento,

cada mañana en el paseo matinal por el patio, tan grande como una cancha de tenis.

Allí nos tenía la dictadura fascista, a toditos nosotros agrupados: lanzas, rateros,

cuenteros, monreros, asaltantes, asesinos y a nosotros naturalmente, los presos de políticos.

Que algún fulano amaneciera muerto, no era ya noticia.

Ni siquiera para el funcionario encargado de las estadísticas, que terminó

ahorcandose por frustración un día cualquiera, sin pena ni gloria.

Los presos comunes eran, en general, como niños grandes y tontos. Con

locas pretensiones de una vida normal con amor, casa, familia e hijos.

Que locura! Como se atrevían? Enfin, como cualquier burgués.

Es decir una vida sometida a los jefes. Si señor. No señor. Tal vez señor.

Pero una vida mediocre, en sociedad, con relaciones, cultura, salud y acceso a los

bienes de consumo, como cualquier ser humano.

La vida, en cambio, o digamos mejos la sociedad, les había hecho una mala jugada: discriminación, malos tratos y falta de afecto en los primeros años.

Un pobre viejo ladrón y cojo, me confesó honradamente que su máxima

aspiración era aprender a leer, escribir, hacer las cuentas, salir en libertad,

instalarse con un kioskito para vender baratijas y encontrar una mujer que lo quisiera.

Es eso mucho pedir?

Si esto de mi dependiera, yo se lo daría sin pensarlo dos veces.

Él había hecho de todo en su vida: mozo de los manadados, campesino y minero

hasta que se vió forzado a robar para poder comer y se convirtió en cuatrero,

cuando robarse una gallina era pena aflictiva: tres años y un día sin apelación.

Siempre que me acuerdo de él, pienso  en lo mierda que es la sociedad.

Y tratando de cambiarla me hice socialista y lo digo con orgullo y además luché por ello, sin ser gallina de corral ni creyendome pavo real y pagando con años de mi vida al fracasar tal proyecto. Pero no facasó, por nosostros. No. No señor! Qué va…!

Lo hicieron fracasar que es muy distinto, porque íbamos por el buen camino.

Muchos presos comunes tenían un C.I. inferior a 100. Por eso estaban presos.

Y muchas veces manifestaban sus emociones cantando ingenuas cancioncillas aprendidas de memoria en la escuela básica o recitando alguna poesía infantil en honor de sus madres, hijas o novias.

Aun conservo el anillo que uno de ellos hizo para mí, antes de venirme a Holanda.

Yo había reparado en alguna ocasión un par de zapatos para su hermana colegiala,

sin cobrarle, cuando él no tenía dinero ni ella zapatos.

Es un anillo hecho con aquellos pesos antiguos de plata, con un águila, cuando el banco central aún tenía reservas en oro. Este preso común era colega de Manuel Hernández, Charly 57.

Yo era discípulo de San Crispín, el patrono de los zapateros.

Pero tambien hice algunos anillos, pues había sido joyero a los dieciseis.

Por aquel período, uno de mis compañeros de los presos políticos hizo una

estupidez: cerro de golpe la puerta de la sección menores, donde nos tenían

confinados, en la trompa de un guardia, motivo suficiente para castigarnos.

Y como este guardia era el hazmereír de sus colegas porque su mujer lo gorreba, había acumulado todo su resentimiento y odio junto a su complejo en contra de nosotros y con toda seguridad había aumentado los hechos ante el estado mayor de la

cárcel, para que se nos castigara.

 

Y yo era carta salidora, pues el alto mando de la peni la tenía contra mi.

Tal vez yo no era muy obsecuente ni andaba con reverencias a cada rato con

el teniente.

Si alguien  quería conseguir un favor especial de los guardias, debía someterse a un estricto protocolo, tácito, no escrito, pero riguroso como Los Vedas y transmitidos de generación en generación.

Uno debía acercarse cautelosamente a la guerdia y esperar allí, sin decir

palabra, hasta no ser abordado por el jefe de guardia con un:

"He-jem-he-jem! Tiene un cigarrito?"

Y uno debía responder: "Ud.! Mi Sargento! Sin cigarros! Eso no puede ser! Como es posible! No puede ser! Tome, aquí tiene dos paquetes!

 

"Je-je-je-je......! Que se le ofrece don Charly7?"

"Podría hacer una llamadita por teléfono, mi sargento?"

"Bueno, pero que sea rapidito, porque puede venir mi teniente!"

 

Mi problema era que yo nunca ofrecía cigarritos ni nada a cambio de

mezquinas entregas o dudosos favores.

Tal es así, que el mismo secretario regional de justicía, walter r., me

mando una vez castigado a mi casa.

Me había preguntado que como estaba y que se me ofrecía, a lo cual yo

respondí que gozaba de perfecta salud, aún sabiendo que me habían

díagnosticado un cáncer, y que estaba a pedir de boca en la cárcel y que no se

me ofrecía absolutamente nada. Y el me mando entonces castigado por cinco

horas a mi casa. Encadenado naturalmente y con un paco de vigilante.

 

Pero esta vez, a raíz del portazo, fuimos todos a proceso interno. Un nuevo

concejo de guerra pero en pequeño! Qué tal!

Y al ser interrogado, el tte. guajardo, me repitió la consabida pregunta:

"Quién cerró la puerta en la cara del cabo cornelio?"

"No sé!", respondí secamente.

"Y si yo lo mandara al chucho, tampoco lo diría.......?"

"Tampoco!", respondi yo tozudamente.

Y asi apañé mi segundo período de castigo: uno en isla Dawson, por tres

días y este sería mi segundo periodo de castigo en la cárcel, también por tres días.

Yo podría inventar y decir cinco, diez o veinte. Pero no! Lo que es correcto, es corecto.

Fueron tres días! Al final todo se sabe y no tiene sentido mentir!

Es cosa rara, pero sólo ahora me doy cuenta que los milicos y los pacos me

trataban siempre de Ud., cuando estabamos solos.

Cuando estabamos en grupo era otra cosa, claro, pero estando a solas,

siempre "don".

Me torturaron sí, cuatro veces con secuelas imborrables, pero insultos

verbales, creo que nunca los recibí.

 

Entre paréntesis, al tte. guajardo lo echaron del servicio penitenciario

por ladrón. Pero lo contrató la dina a continuación. Y me consta! Porque me acompaño en mi viaje desde Pta. Arenas a Stgo., antes de volar para Holanda. Antes de

entregarme a los pacos santiaguinos, se despidió de mano conmigo, me deseo

feliz estadía en europa y me acomapañó como un peluquero que no te deja

hasta que no le das una propina. Y lo que digo es verdad! Con nombre pelos

y señales.

 

Y así, en mi segundo castigo, fuí a dar a mi celda de castigo favorita, la Nr. 72, en el

segundo piso de la peni, ubicada en Waldo Seguel 622, si es que mal no me

acuerdo.

 

Y ese mismo día, cosa curiosa, metieron en mi celda un preso común: un

lustrabotas y soplón de los pacos, que gozaba de algunos priviligios. Me

confidenció que le había hecho una broma al cabo cifuentes y este, que no

andaba de buen genio, lo mando castigado.

Y yo soy weon u qué..?!

Ya me lo imaginaba! El tenientillo ladrón, se creía muy

listo y aplicaba la estrategia de Maigret para indagar la verdad del

portazo contra cornelio.

Ahora parece mentira, todo ese pequeño mundo de intrigas, torturas y seres

humanos abandonados por el sistema, como hojas de otoño en la tormenta.

Ahora puedo decir quien le cerró la puerta en la trompa al cornudo aquel,

aunque ya no tiene interes alguno.

Si lo hago es para librarme de pequeños rencores que es necesario olvidar

de una vez para siempre.

Fue el Mamanchi Mansilla, un comunista, quien no tuvo la valentía

suficiente de presentarse al otro día a la guardia para decir que él era el

del portazo con lo cual yo habría quedado tal vez libre.

Pere enfin, así son las gentes. Y asi es la vida simplemente.

Años mas tarde me encontré con su mujer en una reunión de chilenos.

Me contó, con un dejo de tristeza en la voz, que él estaba completamente cambiado.

Comía "le melon frappé", tenía un quiltro papillón que llamaba "fru-fru, vient ici",

se peinaba con cachirulos y la había dejado botada por una francesa toda pirula.

 

En la obscuridad de mi celda, le ofrecí mi pan y mi agua al soplón de los

gendarmes, aunque hacía un par de segundos antes había pensado en

retorcerle el pescuezo como a una gallina. Algo en mi interior me detuvo y

aproveché de decirle todo lo que pensaba de la situación, de los pacos y de

los soplones, con el encargo de que no se lo contara a nadie, para estar

seguro de que mi mensaje llegaría a buen destino. El soplón no se la pudo

conmigo. Lo había desarmado con mi pan y con mi agua.

Y yo comenzaba a comprender que la solidaridad y el afecto pueden mas que

el egoísmo y el rencor.

 

Despues de 3 días de castigo, me dejaron libre y supe finalmente que el

soplón estaba armado y tenía un cuchillo y había recibido órdenes de

acuchillarme, probablemente, como ya había ocurrido en otros penales donde

se impulsaba a los presos comunes contra los políticos.

Por qué el lumpen soplón de Punta Arenas, no cumplió su trabajito conmigo?

Es un misterio!

Quizás lo desarmó mi forma de hablar al contarle mis peripecias de niño

pobre o al descubrir que teníamos un origen común.

O mi respeto por él, buscando redimirlo antes que condenarlo. Al final

quién era yo para acusarlo? Acaso los ladrones protegidos por el sistema

no andan libres y ocupan altas posiciones en la sociedad civil y militar?

 

Enfin! El hecho de salvarme de los tajos, confirmó en mi el refrán de que

más moscas se cazan con miel que con vinagre, o sea, el amor vence todas

las barreras y es la única arma para desarmar a alguien, persona o pueblo.

Para decirlo de una vez, el amor es el camino mas corto hacia Dios.

 

Cuando salí, me tenían la sorpresa de que el kiosko que mi mujer mantenía en casa,

en Manatiales 1038,  para vender pan, frutas y verduras con que se ganaba el sustento de los hijos, había sido asaltado con fuerza en las cosas, destruído y robado. Y

nuevamente estaba en cero.

Yo no podía creerlo!

Pero recibí la visita de mi mujer que me confirmó todo.

Y una pena y una ira ciega me invadió de pies a cabeza. Y yo que nunca he

bajado los brazos, juré venganza a cualquier costo, aunque me fuera la vida

en ello.

Y puse en una lista todas mis frustraciones: el golpe de estado fascista contra nuestro gobierno, mis compañeros asesinados inpunemente, el lanzamiento a la calle de mi mujer y mis hijos después del golpe, estando yo preso y sin oportunidad de defenderles, mi expulsion de la Universidad donde fuera Profesor, las torturas físicas y psíquicas, el cáncer al estomago que recientemente me había diagnosticado con una sonrisa en los labios el matasanos de la marina y ahora, el robo a mi mujer y a mis hijos.

 

Ahhh….No! Esto se paga, si señores..! Y de todo ello echaba la culpa a quien

había robado el humilde kiosko de mi mujer! Y juré y rejuré venganza.

Y entonces enrostré a Dios! Le emplacé, le maldecí, le humillé, le renegué,

le desprecié y me burlé de Él, sin obtener respuesta alguna. Y volví a

maldecirle y a jurar y rejurar venganza!

 

Un par de semanas más tarde, en el noticiero de medía noche, llego vía el

telégrafo de los presos, la noticia de que quién había robado a mi familia,

había caído en cana.

El telégrafo de los presos era un sistema cartesiano simple, donde cada

letra del alfabeto tenía un valor sobre el eje X y un valor sobre el eje Y.

Por medio del golpe con una cuchara sobre la muralla de la celda contigua

se marcaba así una determinada letra. Y asi letra a letra,

palabra a palabra, iban surgiendo frases coherentes como "siete agua". Es

decir, en la celda del flaco Friedmann, se encontró agua al continuar cavando

un túnel hacia la libertad. Despues que lo descubrieron se dedicó a la economía!

Y todas las noches se escuchaban las noticias cuchara en mano. Era un

concierto para cuchara y muralla interpretado por puros solistas.

Nuestro sistema, a veces, estaba mas recargado que internet, pero nunca se quedaba

atascado. Y cuando sucedia aquello, era porque había allanamiento.

Claro que esto sucedía con los presos comunes, que al otro dia me contaban.

Los políticos teníamos que escuchar “Escucha Chile”.

Pero esa noche la noticia de fondo era: "cayo el Loco Juaco".

 

Al día siguiente, en el taller de la zapatería, Gavilán, cadena perpetua, mi maestro

zapatero, confidente y amigo, dijo resueltamente: "yo me echo al Juaco aquel" y un

escalofrio recorrió mi espalda.

Un par de años más o menos para él, una vida mas o menos, no era algo muy

interesante.

Gavilán tenía cadena perpetua y con buena o mala conducta, no saldría nunca

del penal.

Pero yo reaccioné como una fiera y clavando mi cuchillo de zapatero en la

mesa teatralmente, exclamé: "Nadie se mete en esto! Es mi problema!"

Y nadie dijo palabra. El asunto estaba decidido. Había demostrado lo macho que soy

o lo macho que puedo ser cuando las circunstancias me obligan.

 

Al día siguiente, el pedazo de riel que hacía las veces de campana, sono

hiriéndome los tímpanos, como de costumbre.

Era la hora de formar.

Después de la formación y del control de los reos, debíamos retirar

nuestros platos de sopa y un pedazo de pan.

El momento de mi confrotación con el Loco Juaco, había llegado.

Mantenía mi cuchillo de zapatero afilado en mi bolsillo.

Después de recibir mi ración, me dirigí hacia el rincón donde yacía como

animal, semisentado, el Loco Juaco, mi enemigo, el que había robado a mi

familia, la razón de todos mis males, para el consabido ajuste de cuentas.

No volaba una mosca en el penal y los guardias dieron vuelta la espalda,

como es costumbre en estos casos.

El Loco había sido golpeado durante toda la noche por los pacos, era cojo,

no podía pararse y poco le importaba la sopa o lo que le pudiera suceder.

Miraba permanentemente al vacío, hacia un horizonte imaginario e infinito,

como ajeno a todo el mundo.

Cuando me acerqué más a él, para cumplir la venganza prometida, la verguenza

me invadió hasta la médula de los huesos, hasta lo mas recóndito de mi alma y

me costó un esfuerzo sobrehumano para no caer de rodillas a su lado.

Yo ví por una fracción de sgundo, en el rostro del mendigo loco el suplicante rostro de Cristo! Lo juro! Lo juro por Marx y por Lenin!

Y aún lo veo patente, claro, ausente, con infinita pena, como

diciéndome.... “y por tan poco me vas a matar, camarada”? “Tú que dices y crees luchar por los pobres?”

Cristo me hablaba a través del mendigo loco que iba y venía.

O tal vez yo me estaba volviendo loco.

En el hospital psiquiátrico,  el psiquiatral gumucio, lo declaraba siempre sano.

En la peni, una vez cumplida la pena, lo dejaban en libertad. Y el mendigo loco debía robar para comer.

 

Y en ese momento sublime, al ver en él el rostro de Cristo, sin saber que hacer, le ofrecí mi sopa y mi pan y agradecí a Dios la oportunidad de ver su rostro y de poder hacerle una ofrenda a la revolución.