
LAIKA
Laika
era el nombre de mi perro, mejor dicho de mi perra, traída a casa
de una
familia perros salvajes de la estepa magallánica.
Estos
perros vivían bajo la tierra en túneles y cuevas cavados por ellos
mismos,
cerca del Estrecho e Magallanes, entre Bahía Catalina y la Población
Explotadora Tierra del Fuego, dónde yo vivía. O sea, cerquita de mi casa.
Había
despertado mi curiosidad el aullido de los "dingos" magallánicos que
por las
noches comunicaban sus penas a la Luna. Y estaba curioso de su vida social en
la jauría.
Estaban
organizados en familias, por lo menos durante el período de cruzamiento y de
parición de las nuevas camadas, siendo el macho que cuidaba del territorio y
buscaba el alimento. Pero había uno que era el jefe de todos y cazaban en
grupo. Liebres patagónicas y pájaros y probablemente alguna oveja perdida. El
origen de estos nobles animales, lo desconozco, pero eran una cruzamiento de
lobos y pastores siberianos. Eran fuertes, inteligentes y absolutamente
independientes de los humanos. Los observaba a menudo como jugaban sobre el
pasto o se escondían bajo tierra de los extraños para aparecer 100 mts. más lejos.
En una
ocasión Laika se alejó más de la cuenta de su manada y yo la tomé para llevarla
a mi casa, pero tuve que huir de su padre, el jefe, que me siguió desde cerca
por sus buenos 300 mts.
Finalmente,
llegué a casa con ella. Pero a pesar de los cuidados, nunca se acostumbró
totalmente con nosotros. Venía un par de horas por día y se perdía largos
períodos con su manada. Pero cuando permanecía en casa, era fiel y cariñosa más
que los humanos y permanecía fiel junto
al coche de mi hija Carolina, recién nacida, cuando asumió el Cro. Allende, o
sea, el cuatro de Noviembre de 1970. Ella protegía mi hija contra los insectos,
otros animales y otras gentes. Y presentía si la gente era buena o mala. Nunca
pudo aceptar, a un tal Pérez, secretario de Adonis Sepúlveda, ex-Tte. de
ejército y que después del
golpe
desapareció de Pta. Arenas, pero torturaron a la Cra. Gladys P. casi hasta la
muerte por su culpa.
Nadie,
fuera de la familia podía acercarse a mi hija y dormía con un ojo abierto bajo
su coche.
Un día
me visitó Ramón Arnulfo Pérez Esquivel (casi el mismo nombre del ciudadano
argentino que obtuvo el Premio Nóbel de la Paz, hace un par de años). Ramón
Arnulfo, no pudo acercarse a mi hija ante la presencia de Laika.
Pero con
su ancestro indígena, consiguió en corto tiempo trabar amistad con mi perra.
Laika
nunca había sentido miedo, pero ese día Martes 11 de Sept. de 1970 si lo tuvo;
y aún así, se mantuvo junto a mi segunda hija nacida en Enero del mismo año.
Pero
estaba aterrorizada con los tanques triunfantes que pasaban constantemente por
Avda. Bulnes.
Finalmente
huyó hacia la seguridad de su manada y a la paz de la estepa magallánica, lejos
de la civilización occidental y cristiana, conquistada a sangre y cañón, con
financiamiento extranjero.
Que pasó
después?, todos lo sabemos. Pero cada campo de concentración tenía su
especialidad y propio sistema de tratamiento de los "prisioneros de
guerra" y el de los infantes de marina del Rgto. Cochrane, era uno de los
peores.
Les dan
"tortugas"?, nos preguntó una comisión de la Cruz Roja Internacional.
Pero nadie podía quejarse, que va!, si estábamos presos y las
"tortugas" era el pan nuestro de cada día.
El
tratamiento consistía en correr totalmente desnudos por la estepa llena
de hoyos
y promontorios y arrastrarnos entre las matas de calafate llenas
de
espina, mientras los valientes "marines" disparaban sobre nuestras
cabezas.
Una vez que estábamos exhaustos nos hacían pasar a un segundo campo enrejado y
nos echaban una jauría de perros hambrientos a perseguirnos como a conejos.
Esta jauría de perros salvajes la mantenían también presa en el campo de
concentración junto al nuestro y los mantenían también hambrientos. Yo
escuchaba por las noche su angustiante ulular clamando por su libertad.
La
comisión de la Cruz Roja Internacional, que nos había preguntado, lo de las
"tortugas",
pidió que se clausurara el campo. Naturalmente que no lo
hicieron
sino hasta cuando fuimos trasladados a la cárcel pública dos años y medio mas
tarde.
Ramón
Arnulfo había sufrido profundas heridas por las mordeduras de los
perros
salvajes y yo pude ver las cicatrices cuando nos volvimos a encontrar en
Isla
Dawson, mucho tiempo después, pues nos habían llevado a campos de concentración
diferentes.
Él me
contó entonces, aún con lágrimas en los ojos, que en esa ocasión,
cansado
y sangriento fue rodeado por la jauría dispuesta al asalto final,
cuando
divisó entre los animales a Laika, mi perra,
que lo reconoció,
movió su
cola como disculpándose y se alejó a todo correr, seguida de los
otros
miembros de su manada.
Tiempo
después les corrieron metralla a todos los perros salvajes, pues
habían
atacado a un oficial borracho (no creo que haya sido el capitán Parra)
de la
armada que se aventuró por allí una noche para acortar camino.
Laika
también fue sacrificada.
(c) 1988
r.p. cáceres vidal
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