regimiento PUDETO

Gonzalo González Vargas

 

 

 

Del centro secreto de tortura (Palacio de la Risa) me transportan  al  gimnasio del Regimiento Pudeto que se convierte en mi segunda estación.  Mi transporte ocurre casi al amanecer del mismo  día en que llego a Punta Arenas de Santiago, fines de septiembre de 1973.

 

Me instalan en una  celda que era una pieza pequeña, y que funcionaba como calabozo. En la pieza habían dos personas que habían pasado ya por la primera estación. Estaban en condiciones pésimas y tenían secuelas de las horribles torturas que sufrieron.  Esos compañeros de prisión me informaron sobre el lugar en que estaba y de los compañeros que habían ahí detenidos. Ahí, me di cuenta que al  Regimiento Pudeto lo habían transformado en un centro de detención de prisioneros políticos de la dictadura de Pinochet.

 

Desde mi pieza-celda me pude dar cuenta que a unos metros más  había una gran cantidad de presos que estaban en el hall del gimnasio. No los podía ver, pero si escuchar sus voces. Estaba incomunicado del resto.  No podía ir a saludarlos. Cómo deseaba salir de ahí, de esa oscura pieza, e ir a juntarme con mis amigos y compañeros. Cómo envidiaba la libertad de esa gente que estaba en el  hall del gimnasio del regimiento.

 

Un día me levantan la incomunicación, y me trasladan al hall del gimnasio que estaba repleto de gente. Qué feliz me sentía  estar entre  los míos. Ahí pude estrechar abrazos con mis colegas de INDAP (Pedro Calixto, Claudio Mardónez, etc.). Pude abrazar a los dirigentes  políticos, sindicales,  campesinos, y  estudiantiles que conocía . Tuve la sensación de haber conseguido  mi libertad, porque estaba rodeado de mi gente. Era la misma gente que trabajó para hacer de Chile, un país más justo y más solidario. ¡ Por ese delito se nos había quitado la libertad y se nos estaba castigando!

 

A pesar de sentirme feliz al cambiar de ambiente (de la celda al gimnasio) y tener contacto social con el resto de la gente detenida, sin embargo, no pasó mucho tiempo, cuando yo mismo  caí en la monotonía  y la rutina que nos envolvía a todos. El ambiente cambiaba, cuando llegaban compañeros destrozados, después de haber sido sometidos  a brutales torturas. Eso lo veíamos todos y,  junto con demostrar nuestra solidaridad  y nuestro cuidado hacia el compañero herido que gritaba por el dolor, nos embargaba el temor de  volver a pasar por lo mismo.

 

Se nos tenía detenidos sin proceso, y sin la participación de algún abogado que nos defendiera. No podíamos recibir visitas. Las cartas eran censuradas. Las cartas de mi familia, a veces no las podía leer, por estar censuradas (con rayas).

 

¡ Qué violación descarada a los derechos humanos!

 

Un buen día veo entrar al Otto Trujillo,  junto a un grupo de agentes de inteligencia que venían a buscar a los prisioneros para interrogarlos. Estaban vestidos de civil, pero, se notaban que tenían mucho poder.    Los compañeros me cuentan del curriculum siniestro de mi colega Otto. Nunca me imaginé que era un espía y traidor. Este hombre traidor era el informante espía que había entregado información confidencial a los servicios de inteligencia sobre mi trabajo  y  mi familia.

 

         El Otto me viene a buscar. Tenía que ir al interrogatorio de nuevo. Tiemblo de pié a cabeza. ¡No había interrogatorio sin torturas!  El Otto no me saluda. Se hace como no me conoce. Andaba junto a unos jóvenes que se parecían a Patria y Libertad de Santiago. Cómo ya conocía el procedimiento, iba como un corderito manso que lo llevaban a su destino final. No protestaba, de nada valía. ¡No tenía otra elección que obedecer!

 

En la segunda sesión de interrogatorios, no se me tortura, como la primera vez. Usan más la tortura sicológica. Escuchaba gritos desgarradores de personas a quienes se las estaban torturando. Parece que mi caso lo tenían ya claro, y por lo tanto, no eran un preso tan importante para ellos, porque información no me podían sacar. Sin embargo, palos me dieron de todas maneras.

 

De vuelta al Pudeto me vuelven a incomunicar, y me llevaron a una pieza adyacente de gimnasio. Ahí ví al hijo del compañero Loguercio,  quien me vino a dejarme  la comida a mi celda. Al otro día, se me levanta la incomunicación y me dejan irme al gimnasio.

 

Mientras estaba en el Pudeto, se me avisa que mi prima me había venido a dejarme algo, y que gente de la iglesia local  preguntaba por mí. Cuánta fue mi alegría al saber que había gente afuera que sabía que estaba preso.

 

Una noche se nos da la orden de hacer las maletas y salir del regimiento. Se nos da un tiempo limitado. Nos dicen que nos iban a llevar a otro lugar. Dejan a un grupo de compañeros dirigentes en el Regimiento, y nos llevan caminando hasta el puerto. Allí nos esperaba un barco de la marina. Sentíamos gran angustia. No sabíamos adónde nos llevaban. Algunos creían que nos iban a lanzar al mar.

 

Después de algunas horas de navegación, llegamos a una isla, y en la isla había algunas barracas con torres de control.  Me parecía estar viviendo un campo de concentración nazi. A la llegada se me da un número, ya dejé de ser una persona, ahora, era un número.

 

¡Había llegado a DAWSON!

 

 

 

 

 

Dinamarca, Abril 2004

 

 

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