
FUSILAMIENTO
Rubén Moil, que ahora es obispo Mormón en EEUU,
lloraba arrodillado sobre la nieve: "mi chiquitita, mi chiquitita..."
Estábamos frente al pelotón de fusilamiento. Seríamos
fusilados,
cuando se diera la orden de fuego en cualquier momento.
Ya había escrito mi última carta a mi mujer, a mis
hijos y a mi
madre, conminado a hacerlo por un tenientillo, que
retiro mi venda,
desde atrás, sin dejarse ver.
Y todo esto ocurría el Jueves 13 de Sept. de 1973, más
o menos
a las 18:00, hrs., en el Regimiento de
Telecomunicaciones Nr. 5,
General R. Schneider, en Punta Arenas.
Pero ya le quitaron el nombre Gral. Schneider, general
que fuera
asesinado un 22 de Octubre de 1970, antes de que
asumiera Allende,
por un terrorista de derecha apellidado Bulnes, creo,
con sus segundones.
Yo estaba vendado, con una venda en mis ojos y con mis
manos amarradas
a mi espalda.
Como sabía entonces donde estaba, si estaba vendado?
No lo sé! Es para mí un misterio. Nunca había pisado
ese regimiento.
Tal vez en condiciones de vida o muerte recurrimos a
algún mecanismo
de concentración tan agudo que nos hace saber dónde
estamos o que sé yo qué.
Lo único que sé es que estaba en ese regimiento frente
al pelotón de
fusilamiento.
Pero no sentía nada. La situación era tan terrible que
era lo mismo que si
no estuviera en mi cuerpo. Pero mi intelecto estaba
completo y muy lúcido.
Ese mismo día, temprano, habían traído desde Pto.
Natales un nuevo
grupo de presos políticos entre los cuales se
encontraba un ex-profesor
mío, de la Esc. El Salto Nr. 138, quien había sido
salvajemente torturado
a tal punto que le habían desprendido las retinas de
sus ojos, según se
supo después.
Y que haces tú, si ves a tu ex-profesor ciego, en el
suelo tratado
como un animal?
Acaso no eres capaz de tenderle una mano, aunque te
cueste la vida?
Bueno, eso hice yo, aunque estaba terminantemente
prohibido. Es sólo
cuestión de ser consecuente con tus principios y de no
temer a nada.
Esa misma mañana nos había comunicado un oficial con
su histérico “je je
je”, que Allende se había suicidado. Es decir,
nuestros anhelos
de libertad, paz y justicia se habían ido a la misma
mierda.
Pero mi conciencia estaba tranquila.
Ese Jueves 13 nevaba en Punta Arenas. Y ya había
escrito mi última carta, a
mi compañera a mis hijos y a mi madre.
Carta, que fue tildada de subversiva e intelectual,
durante el Honorable
Consejo de Guerra en que fui condenado posteriormente,
por el fiscal Jorge Beitía.
Honorable? No! Para decir la verdad, no tenía nada de
honorable. Es lo más
horrendo que puede hacer un ejército a su pueblo.
Traicionarlo!
El Pdte. del tribunal de traidores, era una viejo
chico de bigotito, general de la V División de Ejército.
Estaba en traje de parada y vestía capa y espada como
un torero o como
Batman, pero no ganó ni rabo ni oreja en el mentado
consejo.
Venía de EEUU, dónde había sido agregado militar en
Washington.
Venía en reemplazo de Washington Carrasco, que duro
poco tiempo en el cargo
por díscolo al alto mando. Se había negado a firmar
las
sentencias de muerte en Lota de los compañeros del
carbón: de Isidoro Carrillo,
Vladimir Araneda, Danilo González, ..Cabrera, etc.
El resto del Honorable Consejo, seis chanchitos
rebosantes, llenos de entorchados y medallas militares que nunca se ganaron en
batalla alguna, me miraban por lo bajo, mientras se tiraban un yastá
disimuladamente entre ellos.
Venían sin duda de una noche de parranda en alguna
chingana.
Escribir la última carta a mi madre, no fue tarea
fácil.
Que le dices a tu madre, cuando sabes que te van a
fusilar?
Pero no era momento de llorar y aunque escribiera
acuciado por la muerte,
hice un esfuerzo y la entregué, frente en alto como
manda la dignidad del ser humano.
Nunca la obtuve de vuelta, pero era mas o menos como
sigue:
"Querida madre,
Dentro de unos segundos más me van a fusilar.
Soy inocente.
Nunca hice nada por lo que yo o cualquier otro tuviera
que avergonzarse.
Siempre luché por una sociedad mejor y más justa,
incluso para aquellos que dentro de poco me van a
fusilar.
Siempre luché por el derecho al trabajo y por la
dignidad
del ser humano, incluso los militares.
Me apena mucho causarte esta profundo dolor, pero no
puedo hacer nada.
Tal vez así sea mejor, antes que caer muerto asesinado
en
las torturas o en el fondo del Estrecho de Magallanes.
Siento pena por tus infinitos sacrificios y tus noches
en vela,
junto a mí, enfermizo y sin remedio.
Cuando siendo niño me dio la tos convulsiva o después
me falló el corazón,
sin vuelta.
O tus desvelos para que tuviera zapatos, ropa y
alimentos para llegar a la universidad.
Y lo que logré gracias a tus sacrificios.
Pero es mejor ser fusilado que ser arrojado en medio
del Estrecho de Magallanes
desde un helicóptero con un agujero en el estómago.
Tienes que ser valiente, como siempre lo fuiste. Es lo
mejor ahora.
Me llevo por siempre la alegría de los niños con su
medio litro de
leche diario y las risas de las humildes madres de
nuestro pueblo.
Tal vez, Alicia, mi mujer, tenía razón. No debería
haberme metido nunca
en política.
Pero arrepentido no estoy. Hice lo que debía hacer.
Luchar por los pobres.
Nosotros teníamos más de lo suficiente con lo que yo
ganaba.
Pero no se trataba sólo de nosotros. Se trataba de
millones de chilenos
que no tenían acceso a la alimentación, a la salud ni
a la cultura.
Guarda mis libros. Tal vez le sean útiles a Vladimir.
Tengo pena por Ruth, que en una semana más cumple ocho
meses.
Cuéntale cuando crezca, que siempre la quise mucho,
aunque nunca
estuve mucho tiempo con ella.
Sin embargo una cosa es segura. Nunca me voy a
arrodillar ante los
fascistas. También estoy seguro, que surgirán millones
de nuevos
compañeros que continuarán nuestra lucha y ciertamente
miles
de mujeres valientes como tu, dispuestas a continuar
adelante.
Les abrazo todos,
VENCEREMOS!
"Fuego!", y dispararon contra nosotros.
Nunca olvidaré los balazos disparados probablemente
contra sacos de arena.
Pero no caímos. Podían habernos fusilados de verdad,
pero no lo hicieron.
Rubén Moil, todavía lloraba. Y se quejaba de haber
sido engañado por los
marxistas, que él apenas sabía leer o escribir, que
tenía hijos pequeños,
etc., hasta que lo hicieron callarse de un culatazo en
la jeta.
Conmigo, no lo hicieron menos. Me llevaron a punta de
culatazos de vuelta
a una celda de castigo, para esperar la verdadera
ejecución que tendría
lugar dentro de poco.
Los traidores, tenían una lista de dirigentes que
tenían que liquidar y yo
pensaba encontrarme entre ellos.
En espera de mi segundo fusilamiento, comencé a
sentirme culpable por mi
mujer y por mis hijos. Y miles de locas ideas
afloraban al mismo tiempo, a
mi consciente como burbujas de aire en el agua
hirviendo.
Quería buscar algún culpable y confesarme inocente
cobardemente.
Pero inocente de qué..? era mi pregunta! Y sin
encontrar respuesta acertada,
algo me indicaba que no era más que un circo.
Recién entonces me acordé que cuando alguien me
llevaba vendado al paredón de
fusilamiento, me había soplado al oído: "no se
preocupe, compañero", y de que yo había considerado bastante estúpido del
comentario.
Pero no lo era!
Aplazaron mi ejecución un par de días......
advirtiéndome que no podía contar nada de lo ocurrido…. fuera quien fuera.
Cuando me devolvieron al Rgto. Pudeto, puede haber
sido a eso de media noche, miles de ojos me miraban.
Y yo hice le hice un signo a Guillermo S. de que todo
había salido bien.
Y todos pudimos dormir esa noche.
Claro que nunca conté nada de lo sucedido.
Todos tenían sus propias tribulaciones y ningún
consuelo le llevaría a los llorones
saber que podían pasar por algo similar.
Después de algunos años se puede aprender algo útil de
cualquier desastre...
Pero se necesita ser valiente para seguir en la lucha.
(c) 1998
r.p. cácerers vidal
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