Recordando a  Pablo Jeria en su partida

Cecilia Fanjul

 

 

PARA PABLO, SU FAMILIA Y LOS AMIGOS Y AMIGAS COMPARTIDOS

 

Tengo que decir con tristeza que me enteré de la partida de Pablo dos días después dado a que estaba fuera de Managua. Al leer la noticia que me llegó  a través de Miguel y Elie quede consternada. Pasaron por mi memoria imágenes de nuestra época de estudiantes donde impajaritablemente nuestro amigo, agarrado del dedo meñique de su intimo tugeder Carlos Parker, recorría la calle Colón rumbo al Liceo.

Lo recordé en la Cárcel Capuchino donde tuvo uno de sus tantos actos de solidaridad. En esta ocasión con mi amiga Danila quién, como el mismo dijo en una de sus memorias, sucumbió al dolor del desarraigo y la injusticia.

Nos encontramos una vez en Nueva York,  creo que fue en el año 94. Nuevamente fue a través de su inchi y pinche Carlos P.  Por esas  inexplicables coincidencias que  a veces se dan, me encontré con  Carlos  en un vuelo de American  de Santiago-Miami y  me facilitó el número de teléfono de nuestro común amigo Mosca.

Por razones de trabajo estuve por Nueva York en algunas ocasiones, pero sólo una vez pude visitarlo en su casa donde gocé y me reí de lo lindo. Bueno ahí me enteré de sus dolencias y padecimientos, su espera interminable en la lista para ser candidato a recibir una donación de riñón. Conocí a su compañera e hijo y me puso al día de cada uno de nuestros amigos comunes que estaban en el exterior con los que él tenia Text Box:  
     Pablo Jeria  2001
contacto. Se podrán imaginarlo,  con dramatización y todo, ahora que lo escribo, lo recuerdo y me río. Debo confesar que Pablo fue una de las pocas personas que no me molestaba de que fuera tan mal hablado, tenía gracia hasta para eso. Al despedirnos no me dejó ir hasta que le encontró un regalo para mi hijo Camilo que tiene la misma edad de Pablo, su hijo, y para mi hija Paula Javiera. Su hijo tuvo que despedirse de su bate que por la expresión de su cara era muy apreciado para él, tenia la firma de no se que jugador famoso de los Yanquis de New York.  Después de lamentarse que en su casa no había nada de niñas y revolver la despensa encontró una caja de cocadas de Israel y se las mando a mi hija.

Las otras veces solo pudimos hablar por teléfono manteniéndome al día de nuestros amigos haciendo promesas mutuas de que sin falta nos encontraríamos viniendo ellos a Nicaragua o yo llegando con mis hijos a New York.

Nueve años después nos encontramos nuevamente en el Teatro Municipal de Punta Arenas. Compartimos aquella incertidumbre del largo desencuentro obligatorio y el reencuentro voluntario y ansioso entre nosotros y nosotras. Nos encontramos con nuestros amigos comunes que por 30 años nos habíamos preguntado donde estarán, como estarán, finalmente casi todos juntos.

Quisiera detenerme para mencionar uno de los aspecto más importante que a mi juicio se expresó en ese apapache colectivo, como dirían los mexicanos. Esta fue la expresión definitiva y mágica de los afectos por los que ya no estaban con nosotros y nosotras y por todos y cada uno de los compañeros y compañeras que compartimos dichos momentos. Fue como que el tiempo se detuviera, como si los años, las vivencias, los dolores, los amores y desamores que nos hicieron madurar no hubiese acontecido en nuestra historia; y ahí estaba Pablo rodeado de afecto por sus hermanos y hermanas recordando anécdotas pasadas y de encuentros anteriores sobre la Mosca.

Nuestra fotógrafa ad honoren, esposa de Pablo me regaló varias fotos de diferentes momentos de nuestro encuentro y por esas coincidencias de la vida en mi escritorio tenía una de él. La traje de casa con el propósito de darle fortaleza a mi compañera de trabajo, Damaris, ya que  su marido esta padeciendo el mismo problema de Pablo. Al verla tan acongojada y desesperada le mostré y le hable de él, su lucha por tantos años  contra la enfermedad, su gran deseo de vivir y el tremendo apoyo y amor de su familia que lo acompaño sin condiciones en su camino por la vida. Creo que ese ejemplo apoyo a  Damaris.

Estoy convencida que nuestro querido Pablo nos ha dejado un gran regalo a cada uno de nosotros. Nos dejó en silencio y en blanco por lo menos al momento de conocer la noticia. Nos obligó, me atrevería a decir a todas y todos, a repensar sobre la vida, las realizaciones y metas alcanzadas o por alcanzar, sobre los afectos, los amigos y amigas, los amores, sobre las tristezas y carencias, sobre lo que no hemos hecho, sobre lo que no hemos dado, sobre lo que no hemos dicho, sobre lo que nos hace felices y completos, sobre la partida. Nos dejó para que pensemos, para que quizás todos o algunos rectifiquemos el rumbo si es necesario, vivamos, disfrutemos, compartamos, perdonemos, amemos  más plenamente cada minuto de nuestra vida.

Por último quiero decir que si bien es cierto el se fue, nos dejó sus grandes amores: sus hijos y su compañera, que son parte de nuestra historia. Afectos y familia, sólo quisiera recordarme y recordar que ese lazo debemos cultivarlo, animarlo y reavivarlo constantemente.

Con cariño.

 

Cecilia, Oveja o ambas.

 

 

Managua, Nicaragua,  octubre 2004

 

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