FABRICA DE CURADOS

Aristóteles España

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      En Punta Arenas, en calle Chiloé, entre Errázuriz y Balmaceda, existe un bar mítico al que concurren pescadores, profesores jubilados, militares en retiro, prostitutas, escritores, pintores, ex dirigentes sindicales. Se llama "Bar Río Seco" en alusión a una pequeña localidad ubicada a diez kilómetros de la ciudad, por el lado norte.

      Durante mi residencia en la austral ciudad, entre 1992 y 1995, solíamos reunirnos los viernes poetas como Hugo Vera Miranda de Puerto Natales; Christián Formoso con su libro "La lengua de las mareas", recién publicado; el joven novelista Alberto Aguilar, que tomaba nota en un cuaderno ajado y estrictamente vestido de negro; Pavel Oyarzún, autor de "La Jauría desquiciada" y "La luna no tiene voz propia". También asistía ocasionalmente Luis Alberto Barría, autor de "Despertando en otra luna", quien se desempeñaba por esos días como Secretario Regional Ministerial de Minería.

      Dirigíamos el Taller Literario de la Universidad de Magallanes y estaba emergiendo una nueva generación de autores patagónicos.

Al bar lo habíamos bautizado como La Fábrica de Curados, porque ningún parroquiano salía de allí caminando normalmente, incluyendo a los artistas. Se bebía Vino de la Casa, en grandes jarrones, y el humo de los cigarrillos y los gritos de los asistentes le daban una atmósfera fantasmagórica, irreal.

Ahí vienen los poetas, decían los pescadores, y nos enviaban de regalo un vino blanco, helado, que corría presuroso por nuestras gargantas. Nuestras amigas aceptaban compartir con nosotros, pero encuentro deplorable este lugar, me dijo un día Elizabeth, quien estaba ingresando al Taller Literario y, al aceptar nuestra invitación, pensó en un lugar más elegante. Igual compartió ese ambiente surreal ante la mirada de todos los clientes que querían devorarla en un santiamén. No tiene pinta de puta, comentó en el baño "El Corchito", un ex estibador totalmente derrotado por El Tres Tiritones, que pasaba todo el día sentado en una escala del recinto.

Es estudiante y escribe poesía, le dije. Rica mina, espetó, ojalá fuera puta, pierde el tiempo con ustedes. Un invierno, lleno de nieve y frío, quedamos tan ebrios todos los asistentes, que el dueño nos iba subiendo a los taxis y autos de amigos, y fuimos a rematar la jornada donde "La María Teresa", el prostíbulo más célebre de la ciudad, ubicado cerca del Estrecho de Magallanes. Bailamos, escribimos textos noctámbulos que poco a poco los autores han ido publicando. Cantos de amor y locura.

A la semana siguiente, al regresar al "Río Seco", el propietario nos tenía guardados los libros y escritos que habíamos extraviado para siempre.

Se los guardé, dijo, sé lo valioso que son para ustedes estos libros. A la Fábrica de Curados llegaba La Pocas Tetas, una triste mujer de senos gigantescos, viuda de un trabajador portuario, que ejercía el oficio más antiguo del planeta; treintona, de voz angelical, solía recitar después de una botella de pisco, el poema "Nada", de Carlos Pezoa Véliz: "…y tras la paletada, nadie dijo nada", susurraba, para después llorar como niñita. Era desgarrador escucharla. El poema se extendía como un cántico a la soledad y recorría las paredes y ventanas rotas de La Fábrica de Curados, esos viernes llenos de viento y magia.

El Corchito solía pedir cigarros a todos los parroquianos; El Cara de Guagua recordaba sus viejos tiempos como boxeador y sus jornadas de gloria en el Gimnasio de la Confederación Deportiva de Magallanes; El Pato Maldito , comentaba que había bebido un vaso de vino tinto con Pablo Neruda en la Sociedad de Empleados en la década del 60; La Gloria Super Pollo, una adolescente drogadicta, andaba buscando un hombre para convivir y que me saque de esta mierda, decía.

Nosotros hablábamos de política, de libros antiguos, nos gustaba ejercitar la memoria, recordando la vida de Pablo de Rocka y sus viajes por el país, de bardos olvidados como Héctor Barreto, asesinado por los fascistas en Santiago, hace décadas; de los gigantescos pechos de La Pocas Tetas, que nos inspiraron versos. A ustedes les gustaría chupármelos comentó una tarde, pero yo cobro, nada es gratis en la vida, amigo.

La Fábrica de Curados emergía a la vida alrededor de las 20 horas. Entraban y salían pordioseros, mojados por la lluvia, bebían de un tirón su caña y regresaban a la calle. En las mesas los rostros rojizos por los efectos del Vino de Casa, solían dejar estragos rápidamente.

La Mesa de los Escritores, como decía el dueño de casa se llenaba, entonces, de fantasmas, de futuros escritos, bautizábamos los libros nuevos rociándolos con alcohol y escribíamos allí dedicatorias, sueños de toda una generación de autores de la Patagonia que hoy publican, obtienen premios, y viajan de sur a norte de Chile.

Qué será de la Fábrica de Curados, pregunto. Seguirán los nuevos poetas asistiendo a sus rituales noctámbulos?; estará El Corchito, La Culo de Platillo, El Negro Piolín, El Maraco de la 18?. Si no están, por lo menos viven en los trabajos de los vates, como personajes inolvidables de un tiempo que fue, cuando el país recuperaba su institucionalidad quebrantada a comienzos de los 90, y estábamos recuperando el noble ejercicio de pensar en voz alta, de soñar con lo imposible, de construir en la diversidad los tejidos de nuestras historias.

 

 

 

 

 

 

 

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Calama-Chuquicamata , Abril de 2002

 

 

 

 

 

 

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