
CAIQUEN
El Caiquén es una especie de pato, característico de
la región antártica.
Y escribo CAIQUEN, con mayúsculas porque todos
tendríamos algo que aprender
de este noble animal.
Es una especie común en Isla Dawson, en medio del
estrecho de Magallanes.
Yo también estaba allí, en el campo de concentración,
con aproximadamente
otros 400 "prisioneros de guerra".
Un grupo de nosotros, de P. Arenas, ya llevábamos un
año en espera de
ser condenados, pero nada.
El burro Alvarez, fiscal militar, estaba haciendo
fortuna. Vendía la
libertad de los presos a un buen precio para él.
Aunque ahora muerto, no tengo remordimientos al decir
que era el amante de
la María Teresa, algo así, como La Carlina, en Punta
Arenas.
La María Teresa también murió. Pobrecita.
Por eso, nuestro proceso pasó a manos del fiscal
Veitía, un tenientillo de
la marina.
Walter R.,
también de la Marina, era Juez Militar.
Separado, alcohólico y homosexual, fué trasladado a
Valparaíso, después del
obscuro asesinato de los conscriptos del Rgto. Pudeto,
en las orgías sexuales de
estos campeones de la civilización occidental y
cristiana.
Pero en Isla Dawson fuimos tratados algún tiempo como
prisioneros de guerra
y teníamos derecho a escribir siete líneas por semana
a nuestras familias y a
recibir siete líneas en respuesta.
Naturalmente, todo era censurado. “En Chile no se
mueve ni una sola hoja sin
que yo lo sepa”. Uds. ya lo saben.
También teníamos derecho a recibir un paquete de 1 Kg.
Pero no siempre
llegaba un barco desde P. Arenas. Y éramos totalmente
dependientes de ese transporte.
Y ya estábamos tres meses sin barco, sin noticias y
sin alimentos. Nuestra
ración diaria tocaba a su fin y cada día el puñado de
lentejas cocidas se hacía más pequeño y la taza de té con menos azúcar.
Éramos una tropa de náufragos hambrientos.
Había constantemente frío, tormenta, nieve y viento.
Todos teníamos hambre.
Los milicos no.
Ellos estaban bien aprovisionados con la ayuda que
llegaba para nosostros, los presos, desde el exterior, desde la URSS, desde
café con leche condensada en lata hasta cigarrillos y frazadas.
La mayoría de nuestras provisiones iban a parar a
manos de los milicos.
Mis compañeros comían de todo: ratas almizcleras,
calafate y....Caiquén.
El Caiquén es muy fácil cazarlo. Están siempre en
pareja o en grupo con los
pequeños, levantando sus patas alternativamente por
causa del frío, dansando en su ritual interminable e infinito.
Cuando un miembro del grupo caía herido, el otro
permanecía solidario para
seguir el mismo destino.
Era terrible ver los pobres patos tontos aceptar su
destino sin chistar.
Yo los admiraba por su valentía y resiganación y nunca
pude comer de ellos.
Después de tres meses, llegó barco desde P. Arenas. Ya
lo sabíamos, porque
en el mástil flameaba una nueva bandera chilena. La
bandera de todos los días estaba hecha huilas por el viento de 100 a 120 Km.
por hora diariamente.
De la misma forma se iban acabando nuestras vidas,
llevadas y traídas por el viento
como una hoja de papel en medio de la tormenta.
Al llegar el transporte de la armada al muelle de la
Compañía de Ingenieros Militares (Compingim), había un camino de tierra de más
o menos veinte kilómetros
hasta el Campo de Concentración “Río Chico”, pero ya
lo habíamos visto pasar y la bandera chilena nuevecita, anunciaba la visita de
alguna autoridad.
Y así fuimos llamados a la guardia, para recibir
nuestras noticias.
El campo de concentración estaba en manos de la marina
que cuidaba de la
parte logística. El ejército cuidaba de la vigilancia.
Las noticias y los paquetes eran así distribuídos por
la marina.
El Cmdte. del campo era entonces un tal Tte. Mansilla,
del Rgto. Caupolicán de
Porvenir, en la Patagonia chilena.
No es raro que ahora ya sea un alto oficial.
Como la mayoría de estos psicópatas era y es
probablemente aún un cobarde.
Asesinó dos Cros. en Porvenir: Pedro Gonzáles
Bustamante y otro Cro. cuyo
nombre no recuerdo. Pero para decir la verdad, son
tantos nuestros muertos
que es imposible recordar todos los nombres y puede
que el Cro. que menciono
haya sido asesinado en el allanamiento a Lanera
Austral, mucho tiempo antes
del golpe militar.
El Tte. Mansilla, hacía correr los prisioneros y luego
los asesinaba por la espalda. Intento de fuga, era la explicación.
Sergio Miguel Loguercio, a la sazón de 16 años, fué
testigo.
Su padre, Sergio Loguercio, se asiló en Stgo. en la
Embajada de Dinamarca y
entonces agarraron a José Miguel, para obligar al
padre a entregarse.
José Miguel debía ser llevado por amigos de su padre
hacia la Argentina,
pero éstos, al parecer, lo dejaron botado en el
camino.
Sergio Miguel, fué obligado a correr, pero él se
resistía. Algo le decía que no lo podía hacer si quería conservar su vida.
Y por órden de Mansilla fué forzado a correr por un
antiguo sargento que le dijo:
"corre, corre, nomás, cabro!, correnomás! pero
cerquita de mí".
Y así, el viejo sargento, protegió con su cuerpo, a
Sergio Miguel Loguercio.
El cazador furtivo del Tte. Mansilla, no tuvo
oportunidad de hacer presa ese día.
Cuando fuímos llamados a la guardia, nadie había
pensado en parca, gorro,
guantes ni
ropa adecuada alguna para ir a recibir las noticias tan esperadas.
Después de tres meses sin noticias, nadie pensaba en
el frío.
Yo llegué primero a la guardia y según la costumbre
entré a buscar mis cosas que
entregaba la marina.
Pero una voz detrás de la puerta en la penumbra tras
de mí, ordenó autoritariamente:
"Ahí, nomás!". No era una voz militar como
"alto" o "firme".
Y yo, que nunca acepté de buenas ganas la autoridad,
seguí adelante, con su más o con su menos, hasta el escritorio del cabo de la
marina, según la costumbre.
"Alto ahí, hijo de puta, mugriento!",
escuché la voz frenética tras de mí.
Entonces me dí vuelta lentamente hacia el psicópata,
Tte. Mansilla y le
respondí: "Yo pensé que se refería a su
tropa!".
El Mansilla, perdió la razón.
Estaba blanco como papel, de pura celulosa y
desenfundó su pistola y la
dirigió contra mi pecho a dos metros de distancia.
Hasta aquí nomás llegaste Charly7, pensé entre mí.
Quería asesinarme, pero no podía aducir intento de
fuga, pues estábamos frente a frente y no podía dispararme por la espalda.
Todo el mundo miraba atentamente con la respiración en
suspenso.
Yo estaba tranquilo y lo miraba a los ojos.
El hombre comenzó a temblar y no pudo disparar. Reconozco
que tuve suerte.
Pero ahora tanpoco temblaría frente a él.
Después de un par de segundos dejó la pistola sobre un
escritorio y dándome
la espalda, dijo: "Chucho. Tres días".
En el camino a las celdas, me crucé con mi cumpa
Cocodrilo quien venía saliendo recién del castigo. Creo que lo habían castigado
por tener una hoja a de afeitar, lo que estaba prohibido terminantemente.
Y así me llevaron a las celdas de castigo, lejos de
las barracas, completamente aisladas. Me quitaron el cinturón y los cordones de
mis zapatos.
Yo me sentía impotente, apenado y sentía un frío
horrible.
La celda de castigo,
más parecia una letrina: de 90x60x200 cm., con una
puerta a 50 cm. del suelo y a 50 cm. del techo. Un
retrete. Y así fuí a
parar en medio de la tormenta en la celda número tres
de las ocho que
había, rodeadas por rejas y alambres de púas hasta una
altura de dos metros
ochenta.
Cuando en medio de la neblina escuché abrir el candado
del portón y luego pasos sobre las piedras, yo pensé, ahora si que te llegó
charly7. Ahora si que te vienen a buscar y adiós que te valla bien.
Pero no, era un marino.
A pesar del peligro que corrían, mis compañeros me
hicieron llegar por la
noche una manta de castilla de Máximo P. y un pedazo
de chocolate de
Lucho B. y cigarrillos y fósforos, que tuve la suerte
de poder esconder entre
una tabla y la plancha de zinc del techo.
Es inimaginable lo que la solidaridad humana puede
hacer. Claro que ello no habría sido posible sin la ayuda de los marinos, que
adivinaban la mentalidad enfermiza del Tte. Mansilla, quién no duró quince
días, pues lo cambiaron por los Infantes de Marina: “los págame diez”.
Así les conocíamos, pues por todo y por nada, había
que hacer diez flecciones de brazos o diez tiburones o lo que ellos pidieran,
pero eran siempre diez. A la órden de “págame diez”, cuerpo a tierra para
comenzar el castigo. Pero ello es otro cuento!
Esa noche en mi catigo, yo pensaba en mis
compañeros...Han comido tanto Caiquén, que ahora son como ellos. No pueden ser
de otra manera....
Por la noche el viento y la lluvia eran mi música que
la naturaleza leía en
las corridas de lambre de púas como en un pentagrama.
Las notas eran las gotas de agua que suspendidas como
diamantes brillaban a la luz del único farol.
Y todo esto me dió la sensación de ser fuerte, de no
estar nunca solo. Y
este sentimiento conquistó mi alma para siempre.
Un monumento a todos los Caiquenes del mundo sería más
justo que todos los
monumento a los presuntos libertadores de uniforme.
Aunque no todos los uniformados fueron traidores. Hay
muchos que pagaron con
su vida, con los campos de concentración y el exílio
su lealtad al gobierno
constitucional de Salvador Allende.
(c) 1998 r.p. cáceres vidal
atte.charly7
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