
EN
UN ZAPATO CHINO
Marco
Barticivic Sapunar
Desde
los no lejanos años de escuela secundaria lo llamábamos el Chino. Esta designación no se debía ni a sus
pómulos un tanto salientes, ni a que sus ojos un poco más rasgados, con propiedad
hacían recordar que el origen de los habitantes del continente americano bien
podía ser asiático.
Menos
aún se debía este apodo a alguna afición gastronómica, como ser comer arroz con
palitos o paladearse con un pato pequinés.
No, nada de eso. Se había ganado
el apodo por sus convicciones político-filosóficas. Militaba en una minúscula agrupación denominada Partido Comunista
Marxista-Leninista, que tenía como norte de su accionar, aunque sea paradójico,
el Este, las enseñanzas de los
comunistas chinos y a Mao Tse Tung (así, escrito con la ortografía de la época)
como su símbolo.
Debido
a estas ideas y a su trabajo político fue detenido días después del golpe
militar del 11 de septiembre de l973.
Recorrió junto a otros compañeros de infortunio campamentos de
prisioneros por cuarteles y regimientos hasta que una tarde, a finales del mes
de noviembre de l974, fue definitivamente trasladado a la Cárcel Pública.
Así,
tuvo el privilegio de pasar a ser morador de la "manzana" más
céntrica de la ciudad, a pocos pasos de la Plaza de Armas, en la calle que,
como ironía, lleva el nombre del primer
Juez de la ciudad de Punta Arenas.
Aunque
el calendario indicaba que la primavera ya estaba jugando su último mes, en
estas latitudes eso "no corre". El viento sur se hacia sentir en
éste, su mes favorito.
En
un camión militar, junto a otros 17 compañeros, el Chino es trasladado a la
cárcel. Ya está juzgado y condenado por
delitos que ni él ni nadie entiende, pero que es preciso aplicar y hacer
cumplir.
En
el patio central cubierto del presidio son alineados junto a sus
"pilchas", registrados por enésima vez y trasferidos de la autoridad
militar a la carcelaria, mediante una guía, al igual que en los repartos de
víveres a domicilio que acostumbran a realizar los grandes supermercados.
Como ya
es tarde y los demás reclusos "políticos" y "comunes" se
hallan a buen recaudo en sus respectivas celdas desde las l7 horas, sólo dan a
los recién llegados un tazón de té y un pan endurecido y los encierran hasta el
otro día, de a tres en cada celda.
Con los ajetreos de la llegada, la
revisión de reglamento y la efímera colación, nuestro amigo olvida hacer sus
necesidades y ya no hay posibilidades de salir "a la corta". Como recién llegado, no tiene ningún guardia
conocido que le haga la "paleteada" de llevarlo a "las
casitas". En la celda no hay
ninguna vasija apta para este efecto, todas sus cosas han quedado para una
mejor revisión en la llamada
"guardia interna".
¿Qué hacer? se pregunta el Chino en español.
¿Orinar en el piso? Imposible,
el suelo parece liso como una mesa de ping-pong. Una "necesidad" incontrolada anegaría el recinto de dos
por tres metros, donde están estirados los colchones con dos mantas por
cabeza. ¿Intentar hacerlo hacia afuera
de la celda por las rejillas de ventilación?
Difícil, están a dos metros de altura y tendría que subirse sobre los
hombros de sus dos acompañantes, pero ellos están roncando a "pata
suelta", son bajitos y están más débiles que el tallo de un tulipán.
Entonces, como iluminado por las
enseñanzas del Libro Rojo de Mao, se le ocurre la idea salvadora y que ha
servido de título a este relato: orinar en los zapatos de marca
"Morlan" que trae consigo.
¡Ahí está la solución! Como son
de media caña, con cierre alto, deduce que puede formar dos magníficos
recipientes con capacidad para medio litro.
No pierde tiempo. Cierra los botines, se hinca sobre el frío
pavimento de la celda y llena ambos zapatos chinos. Aliviado de este peso incómodo, pone los zapato-vasijas en un
rincón de la habitación y los tapa con un pedazo de diario.
Vuelve al colchón, se acurruca intentando
engañar al frío y al aire que se cuelan por las rendijas de la puerta y
rápidamente se queda dormido hasta que al día siguiente a las siete de la
mañana lo despierta el silbato del guardia de turno llamando a levantarse para
comenzar la primera de sus cientos de jornadas en su nueva pensión.
MAPUTO, en los
últimos días del siglo XX.
Marco Barticivic Sapunar
Fue preso político magallánico
entre 1973-1976, posteriormente exiliado. Estuvo detenido en el
Regimiento Cochrane, Isla Dawson (Bravo
86), el Estadio fiscal Fach y la Cárcel Publica de Punta Arenas. Reside en Mozambique.
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