Yo pensaba que
Marco
Antonio Barticevic Sapunar

Yo pensaba que…
Cuando se publicó el Informe y vi mi nombre con el número consecutivo que me correspondía
en la lista de victimados, yo pensaba que la suerte me sonreiría, porque, según
los cabalistas, al sumar 2+8+4+2 dan 16 y 1+6 son siete, número que se sabe
tiene poderes mágicos, además de ser mi número favorito. Hasta nací en un día
siete.
Desde mucho antes yo pensaba que
los chilenos nunca nos hemos caracterizados por ser gente austera. No hay que darle
mucha vuelta al asunto y ponerse a pensar como celebramos los dieciochos y las
fiestas de fin de año, cuando después no tenemos ni para pagar la bencina para
el auto. Por eso, yo pensaba que podía darse crédito a los caldos de cabeza,
del tipo de esos que nos acompañan desde los tiempos de prisión y a los que nos
aferrábamos con fe digna de prisioneros, que hablaban de entregar por una sola
vez una UF o UTM por cada día de cautiverio.
Pero, después empezó a predominar
la idea de la pensión y yo comencé a pensar que a los que viven en regiones
climáticas extremas se les daría, adicionalmente, algo así como un bono de zona
para paliar los gastos suplementarios del mayor consumo de electricidad, gas,
abrigo, comida.
Giraban en torno a mí todos esos pensamientos,
cuando vino la noticia austera y simbólica final.
¡Ah, Marco, como pensador realmente te mueres de
hambre! Esa fue la exclamación interna de mi otro yo, ¿cómo se te puede ocurrir
tener esos pensamientos? Pensar en utilizar las cábalas numéricas para predecir
tu futuro, algo totalmente contrario al materialismo histórico del que haces
gala de conocer. Pensar en discriminar por días, semanas, meses o años de
represión y, aún más, de acuerdo al lugar donde vives en el país. Pero, Marco,
y dónde quedaron tus ideales socialistas de igualdad, de fraternidad entre los
hombres, de dar todo por el prójimo ¿Cómo se te pueden ocurrir ideas tan
alejadas de tus convicciones filosóficas, de tratar de lucrar a costa de tu
pobre país? Aún no está probado que alguien lo haya hecho en los últimos
treinta años y tú quieres aprovecharte de la situación.
-Parece que te estás renovando y
eso me preocupa. - Es que yo sólo pensaba, sólo pensaba. Tal vez en mi
subconsciente estaba aquella máxima de Descartes: pienso, luego existo. -Veo
que sigues con tu individualismo, no te preguntas por los que ya no existen,
por los que fueron fusilados, por aquellos a quienes hicieron desaparecer, y
que, por lo tanto, ni siquiera pueden formar parte de tu cabalística lista de
27.255, aquellos a los que les quitaron el derecho a pensar, luego a existir.
Tienes razón, pero en mi mente
siempre ha habido muchos pensamientos, enormes lagunas, lagos y aún mares de
ideas. -Te refieres a los mares en donde tiraban a los cuerpos amordazados y
atados desde los helicópteros militares. -No seas sarcástico. Lagos nunca más
deberé tener en mi mente. Ya no deberé pensar sobre esas cosas, aunque pierda
algo de mi existencia. Debo dejar de torturarme con aquel ¿cómo pudo acontecer
eso entre nosotros? Si ni los dignatarios más altos de mi país se lo explican,
como puedo yo, un simple... (quería decir ciudadano, pero me recuerdo que ni el
derecho a ser ciudadano tengo) un simple chileno pretender dar una respuesta.
-No, Marco, debes existir sin pensar. -Sí, tal vez debo olvidar, olvidarme de
los cientos de púas de calafate inseridas en mi cuerpo aquel 18 de septiembre
de 1973, de los dientes partidos comiendo esos platos asquerosos de lentejas
sucias llenas de piedras, de la bosta de vaca que me hicieron tragar, del agua
pestilente que me obligaban a beber de un caño oxidado, del arrastrarse a punta
y codo en pelotas por la cancha de tiro del regimiento a cero grados, de los
seis días que permanecí estítico por que nos hacían cagar de a seis presos
sobre un palo largo con el culo mirando al Estrecho. -Déjate de contar
niñerías, que tú no lo pasaste tan mal, trata de comparar. -Pero para mí no
fueron niñerías ni entonces, ni ahora. La vida está hecha de esas pequeñas
cosas que nos quitaron, del día a día. O dime ¿Quién va a reconocer como
tortura el ruido que hacía el portón corredizo del galpón en el Cochrane, que nos mantenía en un hilo durante días y días esperando ser nombrados para ir a
interrogatorio? A la cresta se fueron las ilusiones, la juventud, la familia,
los pololeos, las excursiones y mil seis diarios
etcéteras. Además me gasté un montón de dinero en arreglar mis dientes
quebrados y nunca más solucioné mis problemas intestinales. –Otra vez tu yo y
tu prisma material. Debes olvidar, hoy en día el olvido es el producto que más
se ofrece en el mercado. Ahora tendrás tu tarjeta PRAIS que solucionará todos
tus problemas de salud, veo que eso te preocupa mucho. -Si aguanto vivo hasta
llegar a la consulta o a la operación y, después, ¿con qué pagaré los medicamentos?
¿Y si mañana llega la derecha y termina de privatizar todo? -Lo ves todo negro,
ni que vinieses de África, deja de pensar en eso. -Bueno, pero si olvido,
¿existo? Y para qué existir si no pienso, si no tengo qué rememorar. Si olvido
no tengo ni en quien pensar y, menos aún, a quien perdonar. Ya no podré
perdonar ni a nuestros deudores, sin caer en la tentación del mal, de tratar de
hacer justicia por mi cuenta. -Marco, convéncete que tus ideas han prescrito,
no te queda otra cosa que decir: nunca más voy a pensar. Debes repetirlo como
si estuvieses con un rosario: debo olvidar, debo perdonar y debo dedicarme a
llevar una vida existencial con mi pensión, ser austero como lo era el Che, ser
el símbolo de lo olvidado a la fuerza. Y punto o amén.
Marco Barticevic Sapunar

Marzo del 2005