La guerra que
nos detiene
Ana
Marlen Guerra Encina

En estos
extraños días, bajo la oscuridad que trata de aplacar nuestros sueños
un mensaje
desesperado a la conciencia de los hombres que decidieron marchar a la guerra y
a los que sin opción de ser escuchados,
clamamos por la
paz, la justicia y la libertad, para que dejen de ser una utopía...
Recuerdo perfectamente el
día en que comenzó la guerra entre Estados Unidos e Irak. En mi país era de
madrugada y los canales de televisión anunciaban el inicio de una noche que aún
no culmina.
Las primeras imágenes
-inverosímiles- mostraban un paisaje interrumpido por estallidos lejanos que se
perdían en una neblina atosigante. La guerra parecía eso: algo lejano; quizás
un trámite que no le llevaría demasiado tiempo al aparataje armado de Estados
Unidos. Mensajes decodificados y alucinantes emergían de diversos lugares,
envestidos en rostros de hombres y mujeres que intentaban explicar la
alineación –no he dejado de verlo así, como una locura de inicios de siglo-.
Dolor de humanidad, nadie llamaba a detenerse, todo era y será una especie de
serie televisiva en que cada día nos dormimos con la interrogante de qué pasará
mañana.
Poco a poco, las imágenes y
los discursos comenzaron a endurecerse, viniesen del país que viniesen y
–perdonen que lo vea con tanta falta de patriotismo o sentido de soberanía
nacional- nadie mostró abiertamente que esta situación le dolía, al punto de
inmovilizarse, salvo, los “locos pacifistas” tendidos sobre las calles
del mundo, manifestando su desaprobación desnuda en una plaza o las mujeres
familiares de detenidos desaparecidos expresando, una vez más, su rechazo a la
violación de los derechos humanos. Ninguno de los mandatarios elegidos por la
voluntad de sus pueblos osó tener el atrevimiento de declarar aquel día en luto
nacional. El nuestro, a pesar de su dolor expresado inicialmente, últimamente
se ha visto más preocupado de la continuidad y supervivencia del TLC1
y no escatimó en demostrar su molestia con el Embajador ante Ginebra, Juan
Enrique Vega.2
Todo ha continuado desde
aquel día, porque “la vida sigue”, señoras y señores. Continúan las alzas de
los precios, los problemas de contaminación, la extensión de virus y plagas,
los atochamientos de vehículos, la cesantía, los niños y niñas que inhalan
solventes, la pobreza con todas sus máscaras, los altísimos hombres de gobierno
que juegan sucio, el atropello y la brutalidad amparados en sistemas
completamente legales, la decadencia de nuestra salud mental, porque ese tipo de
salud parece que no existe; el SIDA implacable para quién no puede comprar las
drogas; la deshumanización de los sistemas financieros, las deudas; el comer
mal y el usufructo de la prostitución en todos los sentidos. A esta larga lista
de “normalidades” súmenles todas las alternativas posibles y hasta
inimaginables.
Todo ha continuado, pero no
puedo renunciar a la majadería constante de reparar en ciertos términos que se
retuercen en mis oídos disidentes. ¿Es necesario seguir escuchando y repitiendo
incongruencias como el avalado “daño colateral”? También recuerdo la primera
vez que atravesó mis sentidos. No fue hace tanto, terminaba de secar a mi hijo
tras la ducha y anunciaron ciertas imágenes fuertes en el noticiero de la
noche. La reacción de evitarle el daño fue más lenta que la posibilidad y de
pronto lo vi mirando, junto conmigo, la instantánea de un niño iraquí, herido
por una bomba y sin medicamentos para aplacar su dolor. “Daño colateral”
le llaman. Creo que esa imagen no desaparecerá de mi memoria por mucho tiempo,
así como tampoco el dolor de su madre al no poder curarle las heridas.
Me pregunto hasta cuándo
nos daremos “licencia de inmovilidad” ante la indiferencia. Hasta cuándo
continuaremos haciendo como que todo está bien, porque la guerra es un problema
que afecta al desconocido mundo del oriente. Detengámonos a analizar cada
mensaje, cada noticia de la guerra, para que no se nos permeabilice la
sensibilidad. A más de alguien, allá arriba, le conviene tenernos al margen de
las decisiones y de nuestra capacidad de movilización. Es precisamente allí
donde estamos siendo intervenidos, sin que medie ningún ataque a nuestra
integridad física. ¿Necesitamos más pruebas de la barbaridad? O puesto de otra
forma ¿Qué historia le contaremos a nuestros hijos antes de dormir en el
futuro?
No reconozco lo humano en
este viaje al dolor que nos describe un poema escrito hace poco en Bagdad, por
Alí Halach: “Quería ver el mundo / pero para eso no necesité pasaporte / vi
todo el mundo / reflejado / en una esquirla de la bomba / incrustada en la
pared / del hospital”. Creo que allí no reside, ni siquiera en parte lo que
nos diferencia del resto de las especies y convocando a sumarse a la
interpretación de Saramago que considera a “la opinión pública mundial en contra
de la guerra como una potencia con la cual el poder tiene que contar” me
declaro desde ya, empecinada en la tarea de buscar la paz necesaria para que mi
oriente pueda verse reflejado en mi occidente......puede que sea muy ambiciosa,
pero todavía creo en las reivindicaciones humanas, en que podemos mirarnos a
los ojos con respeto, resolviendo nuestros conflictos a través del diálogo y
sin intermediarios.
En definitiva, creo en el
hombre y su tremendo universo; en la subversión de las ideas que es capaz de
revertir realidades sí y sólo sí, a través del entendimiento. Creo en los
derechos humanos. Hubo hombres y mujeres con un enorme sentido de justicia, que
dejaron la vida en su defensa y obtuvieron grandes conquistas para la
humanidad. Creo y siento que la mayoría de los hombres y mujeres civilizados
del mundo están de acuerdo conmigo: la guerra dirigida por Bush no representa
el sentir de la nación estadounidense en mayor grado. Desafortunados ellos, al
ser los primeros afectados por la enfermedad de un mandatario que no escatima
en arriesgar la armonía de su pueblo, el honor de una nación. La guerra es un
estado limítrofe de la mente humana, una epidemia que debiéramos combatir con
todos los recursos técnicos, financieros y humanos. La guerra de hoy no debe
continuar y, en gran medida, eso también depende de nosotros.

Ana
Marlen Guerra3
Punta Arenas, Chile, Abril 2003
Notas editoriales:
1.
Tratado
de libre comercio entre Chile y Estados Unidos.
2.
Juan
Enrique Vega renunció, en marzo 2003,
como embajador en Ginebra por diferencias con la posición del
presidente chileno de no apoyar el llamado a una sesión especial de la Comisión
de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre la guerra en Irak.
3.
Ana
Marlen Guerra Encina es una
poeta y escritora magallánica. Colaboradora de Dawson2000.com.
Mi memoria es mi verdad: Testimonio
de la represión
Ana Marlen Guerra. Octubre 2002.
Por la paz y democracia en Irak: Las
guerras sean en Chile
o
en Irak violan los derechos del hombre.
Elie
Valencia.Marzo 2003.
¿Cual debe ser la posición chilena
ante la crisis de Irak?
Miguel Loguercio. Marzo 2003.
Una guerra por petróleo y hegemonía
` Esquemas para un análisis
estratégico del conflicto iraki.
Manuel
Luis Rodríguez. Marzo 2003.
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