La noche triste

Augusto Alvarado

 

 

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El 20 de diciembre (de 1973) no había sido un día más en el Regimiento Pudeto. Algún compañero que trabajaba en la panadería, o en la cocina, había escuchado en la radio una noticia que nos conmovería a todos. Se decía que la dictadura militar estudiaba la posibilidad de conceder “una amplia y generosa amnistía para los presos políticos, considerando la cercanía de la

Pascua (Navidad). Se agregaba que el Papa presionaba a los militares al

respecto. En los habituales paseos dentro del gimnasio, donde los presos

caminábamos para estirar las piernas y conversar, las opiniones estaban

divididas. Algunos, los más optimistas, le daban crédito a la información y

se imaginaban en sus casas compartiendo la cena familiar y esperando al

Viejito de Pascuas la noche del 24. Del otro lado, los más extremistas,

sostenían… nos van a liquidar a todos. Lo cierto es que para lo único que

servían esos debates era para matar el tiempo y no perder habilidad en el

arte de la dialéctica y de la polémica.

 

Porque el hermetismo informativo en los sitios de reclusión era absoluto. Durante un tiempo contamos con un televisor que había conseguido Goyco  Maslov, conocido por ser corredor de autos y que estaba preso por ser

dirigente del sindicato de camioneros que apoyaba al gobierno popular. Pero

sólo podíamos escuchar los noticieros de Televisión Nacional y un

informativo regional, que era lo mismo que no escuchar nada. Sólo calumnias

y mentiras sobre los hombres del gobierno depuesto y alabanzas para los

salvadores de la Patria. Carlos Zanzi, que había sido amigo personal de

Allende y presidente de la Corporación de Magallanes, era uno de los blancos

preferidos de los canallas. Con su esposa también prisionera y sin tener

noticias de sus hijos, Zanzi daría muestras de ejemplar fortaleza en tan

difíciles momentos.

 

Pero decía que ese 20 de diciembre había sido un día agitado. Estábamos expectantes y nerviosos, presentíamos que algo inesperado podía suceder. Nos  acostamos como siempre, a las diez de la noche, en las graderías o en la  cancha de básquet del gimnasio. Un par de horas después, en la madrugada del  21 de diciembre (solsticio de verano en el hemisferio austral) se encendieron las luces e ingresaron a la carrera numerosos soldados, metralletas en mano y gritando que teníamos algunos minutos para preparar nuestras cosas y salir del gimnasio. (Nuestras cosas: sacos de dormir y colchones inflables en algunos casos; colchones comunes de lana y frazadas en otros, algunos libros, cartas censuradas, ropa, barajas de naipes… alguna guitarra).

 

El desconcierto y el temor aumentaban, sobre todo cuando

descubrimos que afuera había una serie de contenedores y en cada uno de

ellos un jeep con sus focos encendidos iluminándolo y sobre el vehículo un

par de soldados con una ametralladora de punto fijo. Nos llevaban por grupos

a los containers (conmigo estaba el Pollo Radic,  conocido deportista,

que lloraba sin consuelo) y allí teníamos que mostrar detenidamente

nuestras cosas. ¿Cómo no pensar, en ese momento y en esas circunstancias,

que había llegado el fin? ¿Cómo no recordar la frase que habíamos escuchado durante el día: nos van a liquidar a todos?

 

Sin embargo, los jefes militares habían resuelto un traslado masivo de

prisioneros para desocupar el gimnasio del regimiento Pudeto. Allí quedaría

sólo un puñado de compañeros sometidos a proceso por la justicia militar.

Otros, muy pocos, saldrían en libertad en los días siguientes. La gran

mayoría fuimos embarcados en camiones y trasladados hasta el muelle fiscal

de Punta Arenas. Aunque el temor aumentaba no dejamos de sentir la emoción de recorrer “nuestras calles nuevamente”. En el muelle estaba apostado el  destructor Serrano de la Armada de Chile. Nos subieron, nos acomodaron y la nave partió proa al Sur. A bordo continuaban las especulaciones entre los  prisioneros: Nos van a fondear (echar al mar)”, decían algunos. Nos llevan a Pisagua, sostenían otros. A la Quiriquina, corregían lo de más allá.

 

Pocas horas después la nave se detenía un par de kilómetros al sur del

campamento Río Chico, establecimiento que originalmente estaba destinado a cobijar a un destacamento de la Infantería de Marina. Frente a nosotros, en

pleno estrecho de Magallanes, estaba Isla Dawson. El sol aparecía siempre

por el Este, pero en este caso en el Este estaba el mar. (¿No habíamos

aprendido, acaso, que Chile limita al Este con la cordillera de los Andes?).

Nos bajaron en lanchas de desembarco, pisamos tierra firme, otra vez los

camiones, e ingresamos al campo de prisioneros donde permaneceríamos hasta septiembre de 1974. En la puerta de una de las barracas el  Pibe Aníbal Palma nos saluda con la mano…

 

Allí comenzaría otra parte de la historia, cien kilómetros más lejos de

nuestras familias y de la civilización. De las barracas Alfa, Bravo,  Charlie,  Isla y Remo, de lo que allí sucedió, hablaremos en próximos relatos.

 

 

 

Augusto Alvarado

 

 

 

Buenos Aires, Argentina. Agosto 2003.

 

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