Como el ave solitaria, con el cantar se consuela
Augusto Alvarado

Era un mago del arpa. En los llanos de Colombia, no
había fiesta sin él.
Para
que la fiesta fuese fiesta, Mesé Figueredo tenía que estar allí, con
sus
dedos bailanderos que alegraban los aires y alborotaban las piernas.
Una
noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. Iba Mesé
Figueredo
camino de una boda, a lomo de mula, en una mula él, en la otra el
arpa,
cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes.
Al
día siguiente, alguien lo encontró. Estaba tirado en el camino, un trapo
sucio
de barro y sangre, más muerto que vivo. Y entonces aquella piltrafa
dijo,
con un resto de voz:
-Se llevaron las mulas.
Y dijo:
-Y se llevaron el arpa.
Y tomó aliento y se rió, echando baba y sangre se rió:
-Pero no se llevaron la música”.
EDUARDO GALEANO (inedito).
A nosotros también nos asaltaron los ladrones en
septiembre de 1973. Se llevaron las mulas, el arpa y nos molieron a golpes.
Pero no se llevaron la
música,
ni la solidaridad, ni la esperanza…
Ya he hablado de René Cárdenas y “La López Pereyra”,
en Puerto Natales. En el Regimiento de Infantería Pudeto del Ejército, en Punta
Arenas, había un dentista preso. No pude conservar su nombre pues estuvo poco
tiempo con nosotros, aunque siempre lo recordaré por su tenacidad y entusiasmo
por la música. Se propuso organizar un coro y andaba siempre por ahí, con su
oído atento para encontrar las voces que necesitaba. Y en esos primeros días en
el gimnasio, donde el miedo y la incertidumbre prevalecían sobre cualquier otro
estado de ánimo, podían escucharse los ensayos del coro del dentista:
Bajo de un botón, tón tón /
que encontró Martín, tín, tín / había un ratón,
tón,
tón / hay que chiquitín, tín, tín.
Canción simple y alegre que no sólo servía para
mezclar las voces sino que, por sobre todas las cosas, nos ayudaba a formar
parte de algo superior a nosotros y a nuestras pequeñas o grandes miserias y
temores. Cuando nos sacaban al polígono de tiro a tomar aire el coro nos dejaba
escuchar sus progresos:
Yo soy un pobre diablo / me siento muy cansado /
cansado caminando tanto…
O cuando algún compañero tenía la suerte de salir en
libertad el coro cantaba, con alegría y
tristeza:
Ya te vas / ve
muy feliz / por allá recuérdame….
También en el Pudeto era muy popular la canción Libre,
que por esos días se había hecho muy conocida entre los jóvenes. Era un tema
que cantaba el desaparecido Nino Bravo (Piensa que la alambrada sólo
es / un trozo de metal…). Se cantó en la Nochebuena de 1973 en Dawson, en
la velada artística donde recordamos con emoción, entre otras, las canciones de
Orlando Letelier y Aniceto
Rodríguez, ambos figuras destacadas del gobierno popular, ya fallecidos.
Y en isla Dawson los músicos de la esperanza aparecieron
en todo su
esplendor.
Uno de ellos era Augusto Vera, dirigente de la Juventud
Socialista
que oficiaba de ayudante en la panadería del campamento Río
Chico.
Augusto amaba las canciones mexicanas y sin duda su tema preferido
era
El Jinete, ese inolvidable tema de José Alfredo Jiménez:
Por la lejana montaña / va cabalgando un jinete /
vaga solito en el mundo / y va deseando la muerte. /
Lleva en el
pecho una herida, / va con su alma destrozada
/ quisiera
perder la vida / y reunirse con su amada.
Había una canción que siempre le pedíamos para hacer
enojar a Pedro Calisto, querido y entrañable compañero que ya no está
con nosotros. Pedro tenía unas gruesas cejas y se molestaba cuando Augusto
cantaba “La Malagueña” (de Pedro Galindo y Elpidio Ramírez):
Qué
bonitos ojos tienes / debajo de esas dos cejas,
debajo de esas dos cejas, / qué bonitos ojos tienes! /
Ellos me quieren mirar, /pero si tu no los dejas, /
pero si tu no
los dejas, / ni siquiera parpadear.
Curiosamente la llamada música comprometida,
pese a tener enorme vigencia en Chile en ese momento, no tuvo una presencia
notable durante nuestro cautiverio. De Violeta Parra recuerdo que se cantaba
uno de sus últimos temas, que compuso junto a Patricio Manns, La exiliada
del sur:
Un ojo dejé en Los Lagos / por un descuido casual, /
el otro quedó en Parral / en un boliche de tragos, /
recuerdo que mucho estrago / de niña vio el alma mía,
/
miserias y alevosías / anudan mis pensamientos, /
entre las
aguas y el viento / me pierdo en la lejanía.
De Víctor
Jara, pese a su variada y riquísima producción, recuerdo haber escuchado
varias veces, a tal punto que se grabó
a fuego en mi memoria, un clásico tema social caribeño de Rafael Hernández, que
Jara incluyó en su cancionero, Lamento borincano, también
conocido
como El jibarito:
Sale loco de contento / con su cargamento /
para la ciudad, sí, / para la ciudad. /
Lleva, en su pensamiento / todo un mundo /
lleno de felicidad, sí, / de felicidad. / Piensa
remediar la
situación / de su hogar que es toda su ilusión.
Y de Patricio Manns sin duda se cantó, y muchas
veces, El cautivo de Til-Til:
Dicen que es Manuel
su nombre /
y que se lo llevan camino a Til-Til / que el
gobernador no
quiere / ver por la cañada su porte gentil /
dicen que en la guerra fue / el mejor y en la ciudad /
le llaman el
Guerrillero de la Libertad.
Quienes con más calidad, dedicación y entusiasmo
entonaban estas canciones, y muchas otras, eran Fernando Lanfranco, Víctor
Salvo y Sergio Urrutia. Tras ellos, un grupo de admiradores coreaba las
canciones y copiaba las letras para repartirlas entre todos los prisioneros.
Pero la vertiente principal de la música que se
cantaba y escuchaba en
Dawson
provenía del Río de la Plata. Sería tal vez por la relación estructural e histórica de chilenos y
argentinos en la zona austral; o por la importancia que tuvo el último festival
folklórico de la patagonia, que se realizó en el invierno de 1973 con una gran
presencia de músicos argentinos, o simplemente por el valor intrínseco de las
canciones, lo cierto es que Alfonsina
y el mar, de Ariel Ramírez y Félix Luna:
Por la blanda arena que lame el mar /
tu pequeña huella no vuelve más / Un sendero solo
de pena y silencio / llegó hasta el agua profunda. /
Un sendero
solo de penas mudas / llegó hasta la espuma.
Balderrama,
de Leguizamón y Castilla:
A orillitas del canal / cuando llega la mañana / sale
cantando la
noche
/ desde lo de Balderrama. / Adentro puro temblor / el bombo / con las bagualas
/ y se alborotan quemando / déle chispear las guitarras”)
Canción por todos de César Isella
o Volver en vino, de Horacio Guaraní, entre muchas, muchísimas
otras, pasaron a formar parte desde entonces de nuestros recuerdos y momentos
más sentidos.
Y había más, mucho más: el regionalismo de los
porteños de Valparaíso (Rudecindo Valderrama, entre otros) que derramaba
sus lagrimones cuando se escuchaba “eres un arco iris de múltiples colores”;
o el de los magallánicos: “te ha rodeado el cielo de hermosura sin igual”;
o el de los yugoeslavos (perdón, me
cuesta decir “croatas”) o sus descendientes con “tamo daleko, daleko od krai
morá”; o el de los chilotes: “dicen que no caben dos en un canasto,
hagamos la prueba, con una de Castro”.
Y por ahí, por la barraca Alfa, andaba Carlos
González, querido Grasa, y su conjunto (¿Valderrama? ¿Pelao
España?) cantando:
Si usted piensa que cachaza es agua / cachaza no es
agua, no…
Y hasta nuestros carceleros, al observar nuestro
entusiasmo por la música, trataron de incorporar a nuestro repertorio cuanto
himno de regimiento o fuerza armada podíamos imaginar. Hasta Lili Marlen
y Los viejos estandartes. Pero la memoria fue sabia y archivó
esos sones marciales en zonas recónditas de la corteza cerebral en bien de la
salud general de
nuestro
organismo.
En fin, nos molieron a palos y nos robaron las mulas y
el arpa, pero no se llevaron la música, ni la esperanza, ni la solidaridad, ni
mucho menos, como
puede
apreciarse, la memoria.
Augusto
Alvarado
Buenos Aires,
Argentina. Julio 2003.
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