Nuestro pequeño Copérnico
Augusto Alvarado

Trabajaba en el observatorio astronómico de Cerro
Sombrero, en Tierra del Fuego. Sentía verdadera pasión por los misterios del
universo y la
investigación
espacial. Vino a parar al Pudeto junto a un grupo de enapinos,
todos
ellos fáciles de identificar porque vestían un saco largo de cuero
negro.
Era bajo de estatura, más bien pequeño, tenía una nariz ancha y
aplastada,
como de boxeador y ojos chiquitos y divertidos, como un simpático
simio.
Por eso le decíamos “el astro-mono”.
A diferencia de muchos de los presos, que trataban de
disimular sus ideas políticas (hasta llegar a negarlas, en algunos casos), Pedro
González Vera reafirmaba sus ideales cada vez que podía. Más de una vez me
lo encontré en los lavatorios del baño, a la hora de la higiene matinal.
Mientras la
mayoría
de nosotros sólo nos dábamos una manito de gato, un poco de agua por la cara
para despabilarnos, González Vera se desnudaba el torso completo.
Allí
eran visibles las huellas de los castigos recibidos: hematomas por
doquier,
quemaduras de cigarrillos en el vientre. Entonces me miraba, y
haciendo
girar su dedo índice sobre su abdomen para mostrar los golpes me
decía:
“Por esto soy comunista, compañero”.
Sin duda esta obcecada fidelidad ideológica le trajo
sus problemas, aún
estando
preso. Pero resultó beneficiosa para el conjunto de los detenidos.
Cuando
la primera delegación de la Cruz Roja Internacional visitó el
gimnasio
del Pudeto (entre otros lugares de detención de la región y del
país)
para corroborar lo que se estaba denunciando en todo el mundo, esto
es
que los presos políticos estaban siendo brutalmente torturados por los
militares,
González Vera solicitó una audiencia privada con los funcionarios
internacionales.
Y en los baños del gimnasio desnudó su torso como siempre
lo
hacía y mostró las huellas de las vejaciones sobre su cuerpo.
Desde que ingresó detenido al regimiento, y para
demostrarnos que no siempre vivía en la estratosfera, se propuso dos objetivos
inmediatos: dictar una conferencia sobre la carrera espacial al conjunto de los
detenidos y lograr
que
le trajeran al gimnasio un telescopio portátil de su propiedad para
mostrarnos,
por las noches, las maravillas del cielo magallánico, un verdadero regalo celestial
en las noches despejadas. Obcecado como era, consiguió ambos objetivos. La
charla resultó instructiva, entretenida e hilarante porque era evidente que
tenía que hablar de la Unión Soviética en términos elogiosos.
El
oficial a cargo, al conceder la autorización, le advirtió que no toleraría
ninguna mención de la dictadura comunista, que se las arreglara como pudiera,
que a la primera trasgresión del acuerdo se terminaba la charla. Y así
estuvimos, hora y media o dos, escuchando una conferencia pletórica de
analogías, metáforas, frases sobreentendidas, dichas por un conferenciante que
demostró un enorme ingenio para guardarse lo que seguramente hubiera querido
gritar a los cuatro vientos: el triunfo, en la carrera espacial, del mundo del
trabajo y el progreso comunista contra a decadencia capitalista.
La llegada del telescopio resultó ser otro acierto.
Todas las noches, antes de dormir, salían del gimnasio hacia el polígono de
tiro pequeños grupos de prisioneros detrás de Pedro González Vera. La belleza
del universo, que
siempre
estuvo ahí pero no veíamos, aparecía en todo su esplendor en las
lentes
del telescopio del astro-mono. El Cinturón de Orión, la Cruz del Sur,
Antares, Alfa y Beta
de Centauro, pasaron a formar parte de nuestras
conversaciones
diarias y las jornadas empezaron a ser más llevaderas
sabiendo
que alguna de esas noches tendríamos la suerte de acompañar a
González
Vera hasta el polígono de tiro.
Hubo quienes organizaban coros, partidas de naipes,
encuentros de fútbol o de básquet. Todos con la intención de aliviar la pesada
carga de días de temor, confusión y horror. González Vera aportó lo suyo con
simpatía y amor por la astronomía y la belleza del universo. Seguramente andará
por ahí,
todavía,
diciendo: “Por esto soy comunista, compañero”.
Un gran abrazo y un saludo fraterno para Pedro
González Vera, nuestro pequeño Copérnico.
Augusto
Alvarado
Buenos Aires,
Argentina. Junio 2003.
Portada Actualidades Editoriales Fotos PP Índice